Vae Victis. Continuamos.

Los Reemplazados.
Los reemplazados no esperan poder acabar su tarea. Fueron. No son. Expresan con
sabiduría mucho de lo que hacían porque el perder la capacidad de continuar su
campaña ha hecho de ellos unos expertos en lo que podría haber sido y no
fue.
La sangre joven que corre por sus venas se acumula en el órgano que
alimenta la producción de melancolía. Con lo cual la sensación pesarosa de
anhelo va cargada de energía. Pero los reemplazados, al menos, tienen los pies
ligeros. Saben que no tienen que defender un puesto, no tienen que guarecerse en
una trinchera, ni conquistar una colina. Eso es cosa de los que quedan en el
campo de batalla.
Nos negamos a presenciar las bajas de una batalla de la que
nos han decidido extirpar.
Los reemplazados nos recogemos con nuestras
palabras a un rinconcito en el que escribimos poemas de amor.
Los
reemplazados nos acogemos al derecho de ser mañana lo que nos dé la real
gana.
Si te sientes reemplazado, me comprenderás. No luches donde no hay
enemigo. El campo de batalla no está bajo tus pies ni al alcance de tus manos.
Aprende.
Hay un problema mayor que ser un luchador reemplazado.
¿Te
sientes de reemplazo?
Todo el valor del que hiciste gala empléalo en brincar
por tu futuro.

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5 pensamientos en “Vae Victis. Continuamos.

  1. Vademécum del alma. Tratado práctico. Trato de practicarlo.
    Hoy, desorientado como nunca, y la pena perdida en la incertidumbre del silencio, busco en el vademécum del alma la manera de amar en un día sin sol. Siento el apetito voraz que siempre he sentido, pero no encuentro la espalda y el cuello que me dice he de buscar. Tras una noche en vela en la que busqué acurrucarme en un dulce oasis que se llama “ayer, hoy y mañana”, me encontré nadando en la arena de una duna que me dice exactamente que mi lugar está por debajo de la perfecta medida del perfecto “you are perfect”. Cien veces leeré, y mil, si es necesario, a Jorge Luis Borges, mientras domino mi mal genio y mi impaciencia cuando algo es y no veo lo que es, pero sé que amo con defectos… y amo sus defectos. Hoy el ancla, ese que me caza solo en sus silencios, me lastra a lo más oscuro del desesperado océano. Las escamas metálicas me rasgan por dentro, se mueven como vivas, consumiendo un oxígeno que emplean en enmohecer su esqueleto. Me faltan los veintes de enero y los veinticincos de septiembre. Dejé el paquete para el Ratón Pérez, con la tristeza bien envuelta, deseando encontrar en el trato un dulce libre de miedos, pero me encuentro que aún sin escribir el remitente me han devuelto la herida de un colmillo que rasga la inocencia. Con miedo he dejado pasar el día de sol, con la esperanza de que mañana no sea necesario mirar esta receta como último recurso. Ojalá me amen, me sueñen, me escriban cuentos… me sigan a besos… sembrándome. En marea alta de ansiedad fui a urgencias y no sólo no había poetólogo de guardia, sino que me han cobrado dos versos por dejarme salir sabiendo que sigo vivo. Aún así, Hierro, Gamoneda, Neruda, unidos, han traído noticias de ti, dándome esperanza de nuevo. Y de repente, cuando estoy peor, me encuentro con que ante la duda, me sobran los motivos, porque me lo ha dicho quien mejor me conoce, para seguir respirando a dos voces, ahorrarnos ficciones, reproches y nada, pintar de presente los sueños dormidos, hacer la sonrisa risa fuerte, retomar la fuerza con Vim Mertens de nuestro mundo inquebrantable… pero juntos. Por fin algo concreto, en esta moderna ancestral medicina, qué hacer al sentir dos mundos, uno lejos del otro. Debo dejarme llevar al pensamiento en ti, bañándome la cara con el viento que me calme. Es casi de día. O esperar, buscar la luna y entablar con ella el mismo dulce debate. Buscar allí besos visuales. Hoy, que dudo, te busco a mi lado. Pero siempre por prescripción médica: o vida o nada.

  2. Tu verso
    Cuando me guardo una palabra, se mata el verso.
    Versos muertos y enterrados, entre matas de espina y cieno.
    Cuando el verso se mata, me muere un sueño.
    Sueños ahogados en luz, entre sed y lamentos.
    Cuando el sueño muere, nace un deseo.
    Desafuero y querencia de tu intima porción de cielo.
    Cuando el deseo nace, crece el ahhelo.
    Devoción por mí mismo y mi consuelo.
    Cuando el anhelo crece, siento en ti el beso.
    Mal trato. Falso el sello de un acuerdo.
    Cuando el beso siento, desbocado aliento.
    No es muerte acechando, es malpasar tu tiempo.
    Cuando el aliento desboca, la palabra pierdo.
    Recojo mis pedazos de ti, envueltos en tu velo.
    Y vuelta a empezar. El carrusel febril del anhelo.
    Cuando me guardo una palabra, me mata ese verso.
    Publicado por Vae Victis en 15:40 Sin comentarios: Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir con TwitterCompartir con Facebook

  3. Erosión
    Mi pecho, un viejo relieve. Ya sin despuntar en lo alto del cielo. El agua, el viento, el hielo, todo mella. Todo roe, rae y roba. No quedan casi aristas que corten la vida al respirar. No quedan atropellados cambios de horizonte. No quedan, porque no caben.
    Las grietas en la roca son las cicatrices de la supervivencia. Son cicatrices de la herida ajena. La del agua, la del viento, la del hielo. Lo roído, lo raído, lo robado.
    ¿Qué nueva cicatriz dejará esta herida ajena? Busca bien, no queda mucho más por roer, raer o robar.
    Seguro, con el tiempo, dejará de dolerme ver escapar el agua, ver enredarse en bucles alejados el viento, o notar desaparecerse el hielo en nada.
    No creo que los roídos, raídos y robos sean lo que colman las existencias. No creo que, siquiera sobrevivir a ellos, sea vida. No es tiempo tampoco de arrepentirse. Estoy donde estuve. Sin más.
    Permanezco.

    • Estoy donde estoy.
      Conseguí arrancarme de donde anduve.
      Mis huellas se borran a cada paso que doy.
      No veo apenas a dónde voy…

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