Elegía libre a nadie (hace ya un año).

 

 
Hay engaño en lo vivido. Puede que fueras él o ella, pero mío. Mio él o mia ella siempre. Para siempre. Incluso en la ausencia que me has regalado.
Vivo en negro por no estar. Por no poder contarte cuentos inventados de versos apincelados sobre maderas duras y eternas. Esas a las que el héroe o la heroína se aferran hasta llegar al mundo que cambian, conquistan y del que solo queda destilada para la historia la identidad del náufrago.
No sé, no sé si fueras él o ella. Cada cosa vivida me ha recordado lo que te has perdido. Qué engaño hay en lo vivido.
Engaño porque no es lo que no has visto, ni hecho… es lo que la vida se ha quedado por cambiar por no tenerte. Te hubiera enseñado a no ser impaciente, como yo soy. A esperar el momento de la lucha y de lo imposibe.
Te hubiera deseado que fueras suficientemente inteligente como para convertir tu valentía en paciencia. Te hubiera deseado que supieras ser rebelde ante estos que piensan que el tiempo hace de justicia, poniendo a todo el mundo en su lugar, aquél en que le colocaron sus padres. Yo te hubiera puesto en el lugar en el que todo es posible, más que en el lugar en el que gracias a la nada, nada cambia.
Te hubiera enseñado a reir y a distinguir el amor del humor, la lealtad de la fidelidad, la carga de la posibilidad.
Te hubiera enseñado a amarme, odiarme, verme y tenerme hasta perderme en los olvidos de mí mismo, como mi padre. Te hubiera enseñado a desdeñar lo material y amar a posibilidad de alcanzarlo para luego regalarlo.
Te hubiera enseñado la belleza y la locura en una llama. Te hubiera mostrado el camino para ser tú, y solo tú, y no otros u otras que ellos quieren que seamos, cuyo camino no conduce a nadie, salvo a perdernos en los otros y no encontrarnos jamás. No sé por qué siento ira todavía.
Quizá no sea por lo que te has perdido, sino por lo que yo me perdí sin ti. Por eso me sorprende tanto el que no te tenga cambiándome los días. No es vacío hasta no haberlo llenado y hacerlo luego nada.
No has dejado el vacío en mí, yo te lo he regalado. Al menos somos dos en esto de añorarte. Allá donde estés o hayas ido, sigues siendo mío, o mía.
O mejor, sigo siendo tuyo. Siento la ira de tu ausencia mientras otros no te tienen. Ni que te tuvieran calmaría el desprecio que siento por quienes sacrifican sus recuerdos en la letanía de lo que debería ser.
Yo fui esto, nací aquello y de aquél. Yo hago esto y quiero aquello. Yo soy, además, lo que compro, porque yo me vendo.
Todo ello, repugnante retahíla contra la que te hubiera predicho y prevenido. Al final hay engaño tanto en lo vivido, que me ha quitado el no vivirte, como en lo no vivido, que me hace pensarte yo más allá de mí.
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Soledad y ausencia

Es llegar tarde a la no cita.
No es soledad por donde entras,
es por la ausencia,
por la que me escapan los latidos.
Es tardar en llegar tarde.
De la sombra aprendo a qué se atiene uno
en el estar iluminado.
De la penumbra añorar la sombra duele,
en la luz más absoluta y meridiana.
Es llegar tarde a la tardanza.
No hay. No fue.
No está. No volverá.
De la esperanza a la certeza.
Del silencio hueco, al eco muerto.
No es la soledad por donde entras,
es por la ausencia,
por donde en ti, estando, no me encuentro.
Prefiero la certeza de la soledad a la incertidumbre de la ausencia.

Arena

Incertidumbre, ritual,

me abrigo con una duda

¿cómo será entonces?

Veré ancianos por las calles,

sentiré la vida dentro… Canto.

Silencios, hablaré, para vosotros,

de latidos, ecos como enjambres,

recogidos en afectos que os impregnan,

polen, miel, pétalos y soles.

Danza en libar la vida.

Cantarán, zumbando, himnos, canciones,

palabras bellas y huecas, con olores, recodos,

tacto y paños de vivos colores,

que resuenen en tu pregunta.

¿Quién fue? ¿Cuándo me conoció? ¿Cómo lo sabe?

Tendré apremio por tus ojos…

nada de leer en ellos tus desasosiegos o emociones.

No quizá, marea plena al pensarlo,

al no verte, en resaca.

No ver tus recuerdos, piel, piensa, labios en un beso.

Como del adolescente, más forzado que robado.

Como del inocente, menos complaciente que deseado.

Las palabras. Mi tarjeta de visita.

Quedarán en el hallarse atado,

epitafio, por recuerdos a la forma

de hinchar por versos mis costillas.

Por versos, no por aire…

¿Cómo será?

¿Cómo me recordarás?

Será un ritual: El miedo de nuevo en la pena.

Penar por temer al miedo.

El olvido es la mejor manera de morir abrazado por la paz de los cobardes.

Me recordarás.

¿Cómo será cuando haya muerto?

No me recuerdes, yo sólo quiero inspirarte.

No me busques, no me halages.

Solo trata de libarme.

No me ames, no me espíes.

Mírame a los ojos, vive… no trates de seguir mis pasos.

Busca caminos más duros, busca,

sí, estaré muerto.

Estaré en en tus palabras, las mudas,

las nacidas al mirarme.

SIEMPRE GANA LA BANCA. (continuación de una historia anterior: “La lectura activa”)

Dedicada a Elvis Xavier, chico malo y futuro Calimero.

Mayo 2012 by Álvaro Hernando Freile (Madrid, 1971- )

 

Ahí estaba, de nuevo, a las seis de la mañana. Trabajando. Tan cansado que no recordaba ni el día que era. Era un día de mayo, ya acercándose el verano. Muy caluroso.

La liga había terminado ya y el aeropuerto estaba lleno de seguidores del Málaga. El alborozo, los cánticos y el griterío, a veces, se le hacía insoportable. Le molestaba tanto el ruido como la alegría desmedida de los aficionados al fútbol. A él no le gustaba el fútbol. No demasiado. No, al menos, desde veinte años atrás, cuando era estudiante y el Madrid y el Barça se jugaban la liga entre ellos, con algún invitado casual según el año y la inversión que tuviera algún tercero.

Desde que el Málaga comenzara a ganar ligas, competiciones, y se convirtiera sin discusión en el mejor equipo del mundo, el fútbol había dejado de interesarle.

A lo lejos vio cómo los aficionados jaleaban y acompañaban a los jugadores. Habían arrasado la noche anterior al Real Madrid. Le habían endosado ocho goles en el campo de Vallecas. El Real Madrid volvía a segunda división. Le resultó irónico darse cuenta de que la última liga que había visto ganar al Real Madrid lo hiciera allá por el año dos mil quince, siendo delantero centro y estrella el que ahora era el entrenador del Málaga: Cristiano “el Gordo” Ronaldo. Un gilipollas que pensaba que se había hecho a sí mismo, cuando en realidad no era más que un tipo que pegaba patadas a una pelota con más habilidad que los demás. Eso era lo que pensaba Xavier, pero más por sentirse frustrado que por conocer personalmente al que veinte años antes se consideraba uno de los mejores jugadores del mundo. Lo que sí es cierto es que hoy, el veinte de mayo de dos mil treintaicinco, muchas cosas habían cambiado. Ronaldo era un tipo gordísimo y más arrogante. El Málaga ganaba su décimo campeonato de liga consecutivo. El Real Madrid había tenido que vender el estadio Santiago Bernabéu y jugaba sus partidos alquilando el campo del Rayo Vallecano. El Rayo era ahora el mejor equipo de Madrid, ganando alguna Copa de la República de vez en cuando. Recordó cómo el Atlético de Madrid, aquél gran club que ocupó el espacio del Real Madrid en su declive, desapareció al morir todas sus plantillas, desde la primera a la de los más pequeños, al comer ensaladilla rusa en mal estado el día de celebración del Santo Patrón Protector de Euromadrid Las Vegas, San Alberto Gallardón. Él mismo era un adulto que había sufrido cambios y había pasado por muertes. Había dejado atrás la adolescencia, la vida fácil y, por desgracia, los rizos. No es que estuviera completamente calvo, pero su coronilla brillaba por el sudor y el reflejo de los focos de la T4. Sus rizos juveniles habían muerto. Morir. Morir para nacer. Nacer para crecer. Todo era un ciclo que acababa exclusivamente con la única muerte real. La muerte final. La que te lleva al hoyo.

No dejaba de pensar. No dejaba de recordar. Seguía llevando carritos, apartándolos del centro de la sala. Su trabajo consistía en mantener despejado el espacio de este tipo de cosas. A veces consistía en recoger carritos, a veces consistía en cargar el equipaje en los transportes para los aviones. A veces, al revés, descargar los vehículos que traían de los aviones las maletas y colocarlas en las cintas transportadoras que devolvían a los viajeros sus pertenencias.

Sentía un aburrimiento brutal. Se sentía vencido y rendido. Se conformaba con aquella vida, por miedo a tener una diferente. Ni siquiera le importaba la posibilidad de vivir mejor o peor. Estaba enfadado, estaba cansado de sí mismo.

Empujando los carritos hasta su lugar, en el exterior de la terminal del aeropuerto, junto a las paradas del autobús, se topó con la responsable de la empresa. Era una mujer más joven que él. Tenía un pelo rubio y algo de acento extranjero. Hablaba muy bien español, pero su voz le recordaba a aquella mujer que trabajaba en el centro de menores en el que estuvo encerrado durante los últimos años de su niñez.

La mujer le pidió que se presentara en la sección de equipajes perdidos cuando acabara con aquellos carritos. Así lo haría. Continuó con su trabajo, colocando la hilera de carros, encajados unos dentro de otros, como si de un ciempiés mecánico y torpe se tratara. De nuevo su mente recurrió al recuerdo.

Se recordó en aquél centro, en aquella cárcel para niños. El Laurel. Años antes lo recordaba con cierto asco. No quería ni oír hablar de aquél centro ni de la gente que trabajaba en él. Culpaba a aquella gente de haberle puteado en su adolescencia. Inmediatamente recordó el motivo por el que le encerraron y un sentimiento de vergüenza le invadió. Su mente, como si se tratara de un estafador experimentado, hizo lo necesario para apartar la imagen de sus malos actos y centró su atención en otras cosas de aquella época. No se podía engañar a sí mismo, pero sí podía ignorar ciertas cosas, como si nunca hubieran ocurrido. Prefirió recordarse en la cama de aquél lugar, despertando. Recordó lo agradable que era el lugar porque tenía lo más importante. Estaba limpio y ordenado, siempre que él lo mantuviera en ese estado. Tenía su propia cama y su propio espacio para guardar sus cosas. Sí, las normas eran estrictas, pero también había siempre algo que hacer. Le permitía tener tiempo para leer, tiempo para pensar, tiempo para perder. Incluso, si hubiera querido, le permitía tener tiempo para estudiar.

“Oh, dios. Cómo pude dejar pasar esa oportunidad.”- de nuevo se dijo algo a sí mismo que le hizo sentir una inmensa vergüenza interna. Era como si en aquella época hubiera dejado escapar una tras otra grandes oportunidades.

Estuvo en aquél centro un par de años. En realidad no había hecho nada tan grave como para estar dos años, pero como era impulsivo y estúpido, como no pensaba realmente las cosas y actuaba más por deseos egoístas que con el sosiego necesario, acababa por enfadar a todo el mundo, incumpliendo alguna de las muchas reglas que regían su condena y volvía a revisarse su situación una y otra vez. Ahora no era así. Ahora, simplemente, estaba apagado y triste. Apretó los dientes muy fuertemente, cerrando los ojos y sintiendo la pulsión de su corazón golpeándole el pecho, se sintió equivocado. Arrepentido.

Si tan solo hubiera aprovechado una de las oportunidades que le fueron dadas. Recordaba cómo se levantaba, se lavaba y peinaba. Cogía sus cosas y realizaba el trayecto hasta el taller de Pili, en el que pasaba las horas tratando de aprender a ser un tipo responsable. Asistía a una especie de instituto. Un colegio raro en el que los profesores parecían conocerle bien y trataban de regalarle más fuerza y más conocimientos para lo que se le vendría encima. Se llamaba ACE Tetuán. No recordaba lo que significaban las letras “ACE”, pero sí recordaba cómo estropeaba aquella oportunidad marchándose del centro educativo sin permiso o llegando tarde al Laurel, su cárcel, su casa. A veces llegaba puesto. Llegaba borracho o fumado. Y ni siquiera recordaba por qué había bebido o fumado. Suponía que lo hacía porque era joven y no pensaba que hubiera nada mejor que hacer en aquél momento. Debía ser aquello por el año dos mil once o dos mil doce.

El último gran lío en el que se había metido le había apartado totalmente del resto del grupo de chavales encerrados en la pequeña cárcel. El Laurel, realmente, no era una cárcel como la de los adultos. Recordaba a la mayoría de los chavales como él como gente muy asustada, y recordaba más a los educadores y personal del equipo educativo que a los guardas de seguridad. Realmente era como un colegio con normas extremadamente estrictas y castigos duros e irreversibles. Si la cagabas, pagabas. Punto.

Si te pillaban, claro.

Y a él le pillaron. Le pillaron el día en que llegó borracho a El Laurel. Iba con otro chico del centro y, desde el autobús a la puerta del centro, en aquél paseo por Valdelatas, el otro chico aprovechó la borrachera de Xavier para meterle un pequeño paquete en el bolsillo trasero de sus bermudas. En el registro nadie le preguntó de quién eran esas pastillas. Él mismo llegó a la conclusión de que había sido utilizado por el otro chaval días después, cuando recibió una paliza en el patio. Los que le golpeaban le pedían el material, el tema, las pastillas. Desde el suelo, con tremendos dolores, mucho más miedo y un hilo de sangre atravesando sus ojos, vio como otros dos chavales sujetaban a aquél chico del autobús, con la cara destrozada por los golpes. Era evidente que en medio de la paliza que le habían dado le acusó a él de malograr el envío.

De aquella tarde le había quedado un profundo miedo a recibir más golpes, la nariz doblada sobre la cara, como si hubiera sido boxeador, y una ampliación de la medida judicial por haberse metido en temas de tráfico de drogas dentro del centro.

A lo largo del año siguiente las cosas no habían ido mejor. Las cosas, simplemente, habían mejorado levemente. Pasó del ACE Tetuán a un taller profesional en el que le enseñaron algo de mecánica, pero como estaba en Parla, decidió usarlo como excusa para dejar de asistir. Decía que estaba muy lejos, pero no era cierto. Simplemente, no ir a clase, era un capricho más, como las borracheras o las escapadas del año anterior.

No se le daba nada mal la mecánica. A pesar de entrar sin idea alguna había descubierto que le gustaba estudiar. Pero de nuevo su carácter caprichoso e impulsivo. Había conocido a una chica y pensaba que su prioridad en la vida era estar con ella. Otro error. Ella, tras unos meses, le dejó por otro chico. En el camino no había quedado solo su novia, también quedó su matrícula, sus estudios y su última oportunidad de poder estudiar sin pagar. Desde los dieciocho años hasta entonces, su vida había sido un cúmulo de esfuerzos excesivos por tener un trabajo. Siempre eran trabajos mal pagados en los que se aprovechaban de su falta de preparación y de su necesidad de ingresar dinero.

Se había planteado volver a meterse en líos para sacar dinero. Pero el reflejo de su cara en el espejo, con la nariz tronchada y aplastada contra la cara, le recordaba que los robos salen bien solo en las películas. Si la haces te atrapan y si te atrapan acabas en un lugar lleno de gente como la que le hizo eso en la cara.

Su adolescencia. Sus años de niño. Su madre. ¿Dónde estaría? ¿Cómo pudo dejarlo escapar? La juventud la vivió como un momento intenso y eterno. Pero el tiempo le había demostrado que la vida es como la arena que un niño pequeño aprieta con fuerza con el puño. Se escapa entre los dedos sin posibilidad de ser retenida. Sólo la arena húmeda es más fácil de retener. Pero a él le faltaba eso que mantiene la arena húmeda y compacta. Le faltaba ilusión y le sobraba arrepentimiento.

Al pensar en su madre tenía ese sentimiento de ternura y de vergüenza. Ternura porque la quería y vergüenza, no podía ser de otra manera, por no poder devolverle todo lo que le había dado. Si pudiera haberlo cambiado en ese mismo momento, sin duda, hubiera hecho las cosas de manera diferente.

Xavier había llegado, envuelto en sus pensamientos y remordimientos, a la sala de equipajes extraviados. Había seis o siete grandes montones de maletas. Algunas abiertas por la cremallera o rotas durante el transporte. Todas estaban allí porque o bien habían perdido la etiqueta que las identificaba y era imposible saber a qué destino remitirlas, bien porque los dueños no las habían recogido. También había maletas que llegaban allí, simplemente, por error. Algunas etiquetas decían que su destino no era Madrid, si no Tokio, Nueva York o Bilbao. Su trabajo era clasificarlas y transportarlas hasta los embarques de los aviones cuyos destinos coincidieran.

Al entrar en la sala saludó en voz muy baja, acostumbrado a no recibir respuesta. Para su sorpresa escuchó un nítido “¿Qué tal estás, Xavier?”. Era una voz masculina. Se giró y vio a un tipo vestido de traje. Elegante. Era grande, moreno y su traje azul le daba un aspecto muy formal. Se quitó las gafas de sol.

–  ¿No me recuerdas, verdad? – continuó el desconocido – Soy Álvaro. Álvaro, tu compañero del ACE Tetuán.

Xavier estaba muy sorprendido. Estaba realmente impresionado por aquella aparición. A duras penas le venía una vaga imagen de un chico grande y más corpulento, más gordito que aquél tipo atlético que ahora tenía delante.

No te recuerdo – contestó Xavier, más por verse de aquella guisa delante de un tipo que estudió con él y, en cambio, parecía que era rico o con éxito. De nuevo sentía vergüenza.

–  No te preocupes. Sé que me recuerdas. ¿Sabes? Llevo años haciendo cosas que no puedes ni imaginar por otras personas. Digamos que, sin entrar en demasiadas explicaciones, sé que no te va bien y que puedo ayudarte.

Xavier no entendía nada.

–  ¿Qué te hace suponer que necesito ayuda de nadie y menos de ti? Si ni siquiera sé quién eres. Si no te importa, tengo que trabajar. Yo no soy banquero, como tú. No tengo tiempo para tonterías.

–  ¿Banquero?– Álvaro rió de forma muy aparatosa- Realmente me hace gracia que pienses que soy banquero. No lo soy. Pero mi historia empezó en un banco y realmente me dedico a dar créditos. Más o menos. La diferencia está en que un banco te pide que le devuelvas el crédito y yo no pido nada a cambio. Gano simplemente con hacer lo que hago.

Álvaro se acercó a Xavier y le puso la mano en el hombro, girándole para poder mirarle a la cara. Así, cara a cara y mirándole a los ojos le dijo:

–  Mira, Xavier. No tienes demasiado tiempo. Hazte a la idea de que estoy aquí para hacerte un favor, darte un crédito o concederte un deseo. Si no quieres nada me iré y no te molestaré, pero me parece que tu situación no es precisamente feliz. No te puedo explicar por qué, pero sé que me recuerdas y que me crees. Piénsalo bien, Xavier. Si ahora mismo te parece demasiado precipitado o no tienes claro en qué quieres que te ayude, volveré más tarde. O mañana. O cuando quieras.

Xavier callaba.

–  Piensa en todo esto. Espero que estés bien. Te veré la semana que viene. Si vengo y no te encuentro, o sigues sin hablarme, entenderé que no necesitas nada de mí. Si, por el contrario deseas algo de mí, dímelo entonces.

Álvaro sonrió, le hizo una suave caricia en el brazo y se separó de él. Se dio la vuelta y con un andar pausado desapareció más allá del mostrador de aquella sala, perdiéndose entre los viajeros que iban y venían en el aeropuerto.

Xavier estaba muy confuso. Estaba enfadado, por la intromisión de aquél tipo; avergonzado, por aquél encuentro en su espacio de trabajo, con su mono y su sudor, frente al hombre elegante y distinguido; conmovido, por haberse encontrado con su antiguo compañero. Era casualidad. Pensar en su vida pasada era normal, cada día lo hacía. Pero era casualidad encontrarle allí. ¿Casualidad? Imposible. Álvaro estaba allí buscándole. Sabía quién era y dónde trabajaba. ¿Por qué? ¿Por qué había aparecido allí?

Su enfado iba a más. ¿Quién se pensaba que era aquél ricachón? Él no necesitaba caridad ni limosna. De nadie. Él trabajaba. Nadie podía comprarle. ¿Y qué era eso de aparecer después de veinte años como si nada? Eso no era normal. Pensó que Álvaro estaba perturbado. Se andaría con cuidado. Ningún banquero iba a comprarle ni a decirle que su vida iba mal. Era su vida y punto.

Los días y las noches siguientes fueron extraños. Durante el día no dejaba de recordar sus años adolescentes. Cada vez con más claridad. Aquellas situaciones en las que se sentía controlado en el centro El Laurel, sí, pero también protegido y orientado. Las clases en el ACE Tetuán y los viajes largos, agradables, en el tren hasta Parla, hasta la UFIL San Ramón. Recordaba incluso las risas en clase con los compañeros. También los líos y las peleas. Por las noches los sueños eran tan reales que no sabía si eran recuerdos o realmente estaba despierto veinte años antes.

El tedio en el trabajo fue sustituyendo su sensación de fracaso y enfado por una de ternura y aceptación. Sin darse cuenta la semana fue consumiéndose. Pasó la semana.

El comienzo del día fue como los anteriores. Aburrido y monótono. Su trabajo por la mañana igual de mecánico. Recoger carritos abandonados, hacer una gran hilera y conducir el gusano de carritos hasta el exterior. Recoger maletas y ponerlas en cintas. Recoger maletas de cintas y colocarlas en vehículos. Lo de siempre. La comida: un sándwich que se había preparado en la pensión a las cinco de la mañana. De beber, agua. No tenía hambre y se había acostumbrado a comer poco.

Por la tarde, más de lo mismo.

La jornada acabó. En el vestuario se lavó las axilas para quitarse el mal olor del sudor y se puso su ropa de calle. Se encaminó al metro. Entró al vagón y, en su interior, lamentó no haber visto, pasada esa semana, a Álvaro. Aunque sentía que había sido prepotente con él, Álvaro siempre le cayó bien y, para un banquero, suponía, no era raro recordar a sus antiguos compañeros y buscarlos para ver qué había sido de ellos. Él lo pensaba a menudo con su madre, pero no tenía ni tiempo, ni medios, ni dinero para hacerlo. Además, ¿qué le podría ofrecer a su madre si la encontraba?

Con este pensamiento se sentó en el banco del andén. Ya había llegado. Las piernas le pesaban. Le dolían. Estaba cansado.

–  Has tardado lo tuyo en llegar hasta aquí.- Le dijo la persona que tenía sentada a su lado. Era Álvaro. Se sorprendió mucho, pero, esta vez, sonrió. No iba a ser desconsiderado. Realmente se alegraba de verle y aquél encuentro de hacía una semana le había servido para colocar algunos sentimientos en su sitio.

–  Hola, Álvaro,- dijo Xavier – pensaba que no te vería. ¿Qué ha sido de tu traje?

Álvaro vestía unos vaqueros y una camiseta. Seguía llevando las gafas de sol, pero esta vez las llevaba colgadas del cuello de la camiseta. Llevaba una especie de bolsa o macuto con forma de bandolera. Parecía un poco más joven que la semana anterior, probablemente por llevar ropa más informal.

–  Xavier, me alegro de encontrarte, de veras. ¿Has pensado en lo que te dije? ¿Qué quieres? Puedo ayudarte en lo que quieras. Si no quieres nada, desapareceré sin más.

Xavier le miró y trató de ser educado.

–  Mira, me alegro mucho de verte y me alegraré más de que no te vayas y tomes un café conmigo. Hoy o cuando quieras y cuantas veces quieras. Pero ¿sabes? Lo que yo deseo no lo puede resolver el dinero. Aunque tengas todo el dinero del mundo no podrías ayudarme.

–  ¿Estás seguro? – contestó Álvaro. Xavier asintió con la cabeza, confirmando que estaba convencido y en paz. – Acepto tu café. Y lamento que pienses que no puedo ayudarte. Solo por curiosidad. Si yo fuera un genio, dime, qué pedirías.

Xavier guardó un momento de silencio. Dudó. Pero sintió que había estado demasiado tiempo sólo. Pensando solo. Hablando sólo. Sintiendo sólo. Pensó un momento y acercó un poco la cabeza hacia Álvaro. Comenzó a hablar, y Álvaro escuchaba. El metro entraba en ese momento en la estación y el ruido hizo que sólo Álvaro pudiera oírle. El tren paró. Xavier se levantó del banco, le ofreció la mano a Álvaro y éste la tomó. Apretó con fuerza.

–  Nos veremos, Xavier. Nos veremos – dijo Álvaro mientras le daba una tarjeta de visita a su antiguo compañero de clase.

Xavier se metió en el vagón y miró a través del cristal de la ventana. Levantó la mano y saludó a Álvaro, que continuaba sentado en el banco del andén. El metro se puso en marcha. Xavier miró la tarjeta mientras se sentaba. La guardó en el bolsillo de la camisa y reclinó su cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el cristal. Cerró los ojos.

En el andén continuaba Álvaro. Se había quedado a solas. Permanecía pensativo.

Pasaban los minutos y Xavier estaba alejándose, estación tras estación. Álvaro veía pasar la gente, los vagones, los trenes, unos tras otros. Permanecía pensando.

Al tiempo, miró a un lado y a otro del andén. Se aseguró de que no había nadie más cerca. Abrió su bandolera y sacó un libro. Lo abrió por la mitad. Las páginas estaban en blanco.

Comenzó a leer en voz alta:

–  “Y entonces Xavier se levantó. Estaba en su cama, en el centro El Laurel. El despertador había sonado y una educadora tocaba a su puerta apurándole para hacer la habitación y desayunar. Xavier estaba paralizado. Estaba sorprendido. Pero sabía que aquello era real. Se levantó muy emocionado y conectó la radio de su pequeño aparato de música. Se puso los auriculares y escuchó un rato. Sonrió y las lágrimas recorrieron sus mejillas. Era de nuevo mayo del año dos mil doce. La banca siempre gana cuando el capital no es el dinero, sino la ilusión. Tenía una segunda oportunidad para ser libre y repetir, o no, sus errores. Estaba realmente confuso y emocionado. Sus estudios, su vida, sus clases. Su madre. Su madre. Lo único que tenía claro es que le debía un café a su compañero Álvaro”.

Álvaro cerró el libro y serenamente y sonriendo, se encaminó a la salida del metro.

El cuello en un beso.

¿Es la seda o es la piel?

Cómo puede saber a mar el carmín que rodea esa sonrisa.

Ese carmín invisible,

ese cuello fino y largo,

solo marcado por una flecha de pelo,

mechón apuntado en la nuca.

Una sonrisa eterna que es nueva,

que ilumina y trae infancia a la decepción de la experiencia.

Cuando las cosas alrededor son frías,

confío mis cálidos miedos a esa piel,

llena de vida en un irrompible, largo y fino cuello.

A veces un atril,

que separa el corazón pausado

de los calambres que bailan por ser ideas.

Son, cada latido, como hermanos de otro tal pensamiento,

como sólidos pies sobre los que saltan notas bailarinas de una sinfonía vivaz…

se apoyan, impulsan y hacen volar deseos.

Es el lugar de mis besos.

Los que no puedo dar.

Los que buscar lejos,

porque no les vuela mi vehemente deseo,

los escalofríos que te adornarían en lugar de ese pañuelo.

La seda, su seda, es mal compañera comparada con mi aliento.

¡Cómo puede hacer tanto frío lejos de ahí!