Envidia.

Me das envidia.
Ojalá pudiera sacarte de mi vida cuando lo necesitara.
Ojalá pudiera segar lo que te une a mi tierra, incompletamente estéril por lo que se ve.
Ojalá supiera cómo arrancarte, como esa muela que duele. Ojalá pudiera hacer que dejaras de existir en mi vida hasta que todo se sosegara, volviera a mí la cordura, la paciencia y la razón, para contener la sangre que escurre por mi ira.
Ojalá pudiera hacerlo como lo haces tú.
Ojalá pudiera, además, cuando todo se sosegara y volviera a mí la cordura y la paciencia, volver a unir tu tallo a tus raices, abrazadas a mi tierra.
Ojalá pudiera volver a implantar la muela en su justo lugar, que ya no duele. Ojalá pudiera volverte a hacer existir en mi vida como la primera vez que te vi.
Lo malo es que no conozco aún de guadañas que desieguen, muelas que sin dolor crecen en su antiguo hueco.
Tampoco conozco personas que dejan de existir en la vida de unos, existiendo, a la vez, en sus vidas aquéllos.
Ésos son fantasmas.
Tampoco conozco los que existen en mi vida sin existir yo en la de ellos.
Ésos son muertos.
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Duhkha

Estimado pequeño saltamontes. Pequeño hipócrita que has medrado en mis tristezas. Te explicaré: Dhukha.
No tienes nada que demostrarle a nadie, eso es cierto, pero estás siendo torpe, y he de decírtelo. Piénsalo. Medita. ¿Es tu estado mental idéntico al suyo? No, no lo es. No finjas no saberlo y creerte inteligente al repartir tu amor indiscriminadamente por el mundo. El amor, como un roce que erice los cabellos, puede agredir o abrazar, mimar o rasgar la vestidura del alma, permitiendo que por una rendija escape la energía que, creyéndose libre, lo único que hace es buscar un escondrijo para recomponerse.
Te contaré una historia. De esas que te gustan, amigo místico.
Es la historia de tres personas, un falso mendigo y una calle concurrida hasta convertir en anónimo a cualquiera.
La primera persona va caminando. El falso mendigo, situándose unos pasos por delante deja caer una moneda, como por accidente, y se hace el distraído. La primera persona ve la moneda. Brilla. Es muy valiosa. Y no la coge por miedo a la policía, por miedo a que le llamen ladrón. Pero la calle es concurrida y sólo los ojos del mendigo se están fijando en él. Nadie más le mira.
El mendigo recoge la moneda.
La segunda persona va caminado. El falso mendigo repite la acción. Deja caer la moneda. La segunda persona tiene la tentación de apropiársela. Reconoce el sentimiento y lo controla. Lo domina. Pasa por encima de la moneda, mirándola fijamente, pero con determinación. Sólo por un instante, no le presta atención a nadie más en la calle, y no importa, porque la calle es concurrida y sólo los ojos del mendigo se están fijando en él. Nadie más le mira.
El mendigo recoge la moneda.
La tercera persona va caminando. El falso mendigo repite la acción. Misma calle, mismo punto, misma moneda. Otra persona, la tercera, no le presta mayor atención a la moneda de la que prestaría a un paso o un color. No sentía deseo de tomarla porque ese tipo de deseos ya no existían en su corazón.
El mendigo tampoco recogió la moneda.
Esa era mi historia. ¿Por qué te la cuento? Está claro que ninguno de los dos somos un mendigo, y dudo que seamos como la tercera persona. Pero no es cuestión de compararnos entre tú y yo. Te planteo, ya que eres un místico de pacotilla y tomas la moneda, de manera chusca, desatinada o engañada, pienses al menos que la policía no es tonta.
Al loro, si eres trapecista, y saltas sin red… Lo único que estás dejando tras de ti es dolor y la demostración de tu ignorancia.
La tercera persona va caminando. Recuerda lo más básico. Ya te he permitido hacer. Karman.
Uno de los dos es coherente y el otro parece budista. Mmmmmmm… Qué tristeza me da reconocer lo que ahora siento por ti, porque siempre quise serlo y no puedo:
Yo no soy ni mendigo, ni budista…  No he de respetar, por precepto, amor, piedad (…) y menos por alguien como tú;  he de conformarme con rozar de vez en cuando el Samādhi:
Samskara.
 

Espíritu Libre

Espíritu Libre. Me gusta escribir esto con mayúsculas al inicio: Espíritu Libre.
Siempre me he imaginado libre de todo y nunca lo he sido. Me gustaría saber cómo se puede hacer. Sé que hay gente, porque he conocido personas así, que son Espíritus Libres. Personas llenas de buenas cosas y con ninguna atadura al sinsentido tradicional. Me gusta soñarme como un Espíritu Libre. Hay veces en las que me siento tan lleno de energía, tan pletórico, que me atrevo en mis sueños a estirar mis brazos todo lo que puedo, intentando prolongar con los dedos tiesos mi intención de alcanzar algo y asirlo de tal manera que sólo podrían arrancármelo abriéndome el corazón. En mis sueños, justo cuando estoy a punto de conseguirlo, noto cómo la angustia, la tristeza y la nostalgia me encogen. Y entonces, toda esa energía con la que contaba para ser libre, se emplea cruelmente y de forma incontestable en estrujarme las entrañas como si así pudiera también comprimir mi alma. Supongo que, por el momento, la clave está en seguir deseando ser un Espíritu Libre. Esa es mi pelea. Y es de resistencia. Ya habrá momento de no tener que demostrarme que también soy fuerte y libre. Mi carcelero es tenaz y vigilante. No hay mejor carcelero que la sombra del pasado. No hay mayor libertador que un Espíritu libre. Gracias por haberme dejado conocerte, abrazarte y besarte. Me quedé encerrado en la celda y alguien tiró la llave. La llave la encontró mi sombra y se la tragó. Y sólo tú supiste encontrar un hueco por el que me enseñaste a asomar la cabeza para reconocer otro mundo. Gracias, de veras, aunque ahora tenga que echarte tan terriblemente de menos y me tenga que conformar con usar los barrotes negros de mi jaula, forjados con metal del pasado, como guías sobre las que colgar cortinas de bonitos colores.
Seguiré intentándolo. Quiero ser un Espíritu Libre, como tú.

La eternidad en un instante.

 

Errático en los afectos se propuso alcanzar una meta inalcanzable para otros.

No quiso elegir: felicidad o eternidad.

Eligió la felicidad y comprendió que la eternidad quedaba regalada en los momentos. Los instantes finitos poco a poco le ayudaban a comprender que todo cambia.

Una mirada. Un deseo. Un roce. Un comienzo. Un final. Una vida. Un paso. Una distancia. Un beso. Una pelea. Un ladrido. Un gesto. Una palabra. Un latido. Una música. Una gota.

No hay más que eso.

Otra mirada. Otro roce. Otro comienzo. Otro final. Otra vida. Otro paso. Otra distancia. Otro beso. Otra pelea. Otro ladrido. Otro gesto. Otra palabra. Otro latido. Otra música. Otra gota.

Sólo es un momento de lucidez. Un momento de comprender súbitamente una de esas grandes verdades que de no ser descubiertas te dejan sumido en la duda, o en la pregunta.

Deseo ser feliz

Hola mundo.
Hoy he vuelto a tener sueños extraños. En ellos se mezclan imágenes inconexas y, sobre todo, sensaciones que me dicen que algo importante ha ocurrido. Este ha sido un fin de semana duro, pero hermoso. Ha sido un fin de semana de despedidas, de encuentros, de serenidad y de recuerdos. Algunas lágrimas, más risas, un buen amigo cerca y un gran futuro al alcance de la mano.
Sé que seré feliz. ¿Os apuntáis?