Vae victis (antropoalvaro: uno de los blogs de Alvaro Hernando)

Llevo un tiempo acostumbrando mis oídos al vacío. La sospecha y el lamento se comportaban como un ave de rapiña, anidando entre mis recuerdos, escondidos tras las agujas del reloj y rondándome como a la presa moribunda. A la mínima revoloteaban en círculo, planeando sobre mis debilidades, tanteando, apareciendo como el eco que son de un ruido original del que no queda ni la voz ni el mensaje inéditos. Quedaba el eco, no aquel ruido, aquel crujido que me hizo doblar las rodillas.
Llevo un tiempo con la mosca detrás de la oreja.
¿Qué habrá ocurrido para no sentir ya ese estrépito sordo?
Supongo que algo o alguien, que ha permanecido siempre a mi lado desde entonces, ha hecho desistir a estos bichos de cobrarse una presa sencilla.
El silencio ha vuelto a mi cabeza. Es un silencio sosegado y a la vez es un grito lleno de rabia que…

Ver la entrada original 41 palabras más

Anuncios

Indulto

Desde muy pequeño recuerdo haber oído la palabra “indulto”. Es más, recuerdo haberla oído en su participio más histórico. Indultado. Se puede saber mucho del significado de una palabra leyendo en lo ojos de su lector. Para el hijo de alguien que ha sido torero era la palabra en que podías leer, en los ojos de su padre, respeto, justicia, redención, perdón y compensación. Y muchas otras cosas, que seguro hay que leer entre líneas, líneas del iris.

Respeto. Respeto, por alguien que ha sufrido los avatares de la vida, enfrentándose a ella con nobleza, sin eludir una confrontación que, en cualquier caso, es inevitable y va a tener como resultado un final, una derrota, una muerte segura.

Justicia. Justicia, para quien sin lugar a dudas y a ojos de todos los que observan, al margen de su propia intención, merece el reconocimiento de sus acciones. Son acciones admirables, valientes, nobles, duras y estoicas. Justicia para quien demuestra fuerza, quien se diferencia de lo que otros como él hicieron antes. Reconocimiento de que su rectitud en la arena ha de ser respetada.

Redención. Redención para el verdugo. Para el asesino y para el torturador. No hay brillo más intenso en los ojos de un torero que el que ilumina el lavado de tanta sangre de sus manos al estar presente en el perdón de un astado. Es mucho el peso de la sangre en las manos de quien también es capaz de amar y perdonar. Necesita redimirse a través del perdón para una bestia. Aunque sea una, y muy de vez en cuando.

Compensación. Compensación del dolor causado. Lo que peor se lleva es el sufrimiento del animal. Ese sufrimiento quedará enterrado a nuestros ojos en una apacible dehesa. Trauma por libertad. Dolor por descanso. Castigo por lujo. Se cambia todo el ropaje del condenado y se le cuida y mima hasta el fin de sus días. Que los días malos den paso a los buenos, los que harán que, cristianamente, todo el sufrimiento pasado tenga sentido y justificación.

Mi padre fue torero. Aborrezco el espectáculo, la tortura y la impostura cultural que supone.

Pero comprendo que no tuvo más remedio. Es, fue, un hombre de su tiempo. Esto significa que no supo, quiso, o no pudo tomar el timón de su vida y virar contra la corriente. No al menos hasta ser algo más mayor.

Yo siempre esperaba, por respeto a la humanidad, redención de mis cobardías, justicia como motor de rebelión y compensación de todo el sufrimiento infligido a quien ni lo merecía ni lo buscaba, esperba, como cuento, el indulto. Indulto para otro. Para el toro. Para todos.

Recuerdo que había un señor muy poderoso, sentado en un sitio prominente, que otorgaba premios, castigos y perdones. Otorgaba el indulto, como autoridad máxima. El indulto siempre se presentaba como la salvación última e inesperada. No todos los que lo merecían eran indultados, pero todos los indultados lo merecían.

Ahora leo, veo, vivo rodeado de indultos.

La justicia de los hombres se hizo papel. Las justicias, las administradas por leyes, han sabido integrar en nuestra democracia el respeto, la justicia, la redención y la compensación. 

Respeto. El respeto por el bien común, la felicidad, prosperidad y seguridad de todos.

Justicia. La justicia contenida en la coherencia y adecuación con las propias decisiones y acciones que cada ciudadano, en el uso de su libre albedrío, ejecuta afectando a aquellos con quienes convive.

Redención. La redención de quien cometió un error, terrible e irreversible o ligero y corregible. Redención de quien no ha dejado nunca de ser humano y alguien que puede y debe volver a integrarse en la comunidad sin suponer una amenaza. Sin ser un caso perdido. La capacidad de volver a ser alguien de provecho y con plenos derechos, con la cuenta pendiente a cero.

Compensación. La compensación a las víctimas. A todo tipo de víctimas. A las víctimas de los delincuentes y a las víctimas del sistema. A las víctimas que sufrieron la injusticia, la falta de respeto, el dolor, el castigo injusto.

Todo ello es lo que leo en la palabra “indulto”.

Pero lo que leería alguien en mis ojos, mientras leo esa palabra, es vergüenza, miedo, injustica, desamor, opresión. Indultan a personas que roban, que roban mucho. Indultan a personas que pegan, golpean, torturan, desde detrás de la barrera, escudados en el uniforme de policía. Indultan o ni siquiera juzgan, porque prescriben sus delitos, aunque sean públicos y notorios sus comportamientos públicos criminales.

Los jueces, en lugares nada prominentes, protestan porque desde el consejo de ministros se gestiona la justicia como quien perdona la vida de un toro en la arena.

Sin ningún rubor.

Me produce vergüenza.

Tierra y piel

 

 
Luz tamizada, grises filtrados en poso quedan en los restos del olvido. Bosque pequeño que adoro resurgiendo entre columnas. Luz que te lava, me hace ser limpio en ti resonando cuando tengo tu tiempo. Vacuo haz de luz dorada que sustenta tus silencios, en tu eco, no de vacío, de vida pleno. Sí de escucharte, sí de sentirme ser a tu llegada, henchido de fe el desafío. En tu eco, no de vacío, de futuro pleno. No doblegarnos nunca, no ceder al retumbe de lo muerto. Sí de vivirte, sí de olerme en tu regazo, fruido el verbo en ti vivo. Cuando pasen tus oscuros, cuando tu luz regrese, ver de esa dulce espera, luz fresca y sentida. Sí de tenerte, siembra, aferrarme a tus olores, bruñido el hueso por polvo y una hozada volando al golpe, que también jabra la tierra. Cuando acaben tus silencios, cuando vuelva tu energía, comprenderás que no buscaba tu palabra, ni agotar tu vida. Sólo quería oír y ver, juntos. Cuando se acaben los días que nos encuentren llenos de vida, o vacíos de muerte. Pero juntos.

Desierto.

 

 
El sol atraviesa el desierto y sobrevive, hasta que la noche, turbia, sedienta de polvo congela el instante. La soledad se viste de espera. Un desierto nos atraviesa. No quiere que le sobrevivamos. El desierto no es la muerte. Es la carencia de ti. Que el silencio del desierto te abra el oído. Que la oscuridad del desierto te abra los ojos. Que la soledad del desierto te abra el alma. Solo el sordo, ciego o el muerto, atraviesa lego las arenas.

Bien muerto el año del antiguo pirata.

 

 
Fui un sanguinario pirata. Lo dudo. Es malo, o bueno, no lo sé. Pero soy el que ha permanecido en la sombra, durante ese último viaje. Necesito que termine el año. Que lo que empezó a morir muera del todo. Que deje paso a nueva vida. Necesito más fortaleza, menos preocupación y más sonrisa. Necesito menos mentira y falsa dignidad y más humildad y cercanía. Necesito mapas de islas desiertas en las que la gente encuentra gente cuando no quiere estar con nadie. O, al menos, cuando no quiere estar conmigo. Los mapas no hacen magia ni hacen que te encuentres. Como mucho te hacen ver todos aquellos lugares en los que no encontrarte a ti mismo. Los lugares en los que “somos” no necesitan de mapas y no suelen estar en islas desiertas repletas de caricias ajenas. La soledad no se mata a palabras. La confianza se mata en pares, no a solas. Creo que confío. Confío en que el paisaje sea de verdad, no patéticas imitaciones de lienzos idílicos en los que no viven los sueños. Los sueños se visten sus vaqueros y van paseando por la calle, buscando quien los sueñe. Los vaqueros rítmicamente me alejan lo que no quiero ser. Necesito que termine un año en el que los espejos nos han devuelto el peor reflejo de los otros. Necesito volver a verme a mí, y no a ti. Aunque sea sólo para peinarme mientras pienso “Hoy va a ser un gran día”…, sin playas a las que huir, sin correos que requieran más que palabras. Las miradas, ay, las miradas. Necesito que termine el año y que el pirata que te lleva la delantera, con su parche en el ojo y la pata de palo, vuelva a ser capitán y timonel… porque no me gustó nada el mar en el que me vi envuelto. Necesito que termine el año. No por las tormentas, que me estimulan y me ponen a prueba. Sigo siendo bueno al timón. No por el botín, que tampoco fue rácano para el riesgo asumido en el abordaje. Pero necesito que termine ya el que se me rebele la tripulación, sumida en una ceguera estúpida que les hace pensar que yo traiciono y ellos se vengan, cuando ellos se traicionan a sí mismos por no haber confiado. Por no saber confiar ni queres ver que son ellos los que no tienen lo que desean, ni conmigo suficiente. Que me dejen. Libero de cualquier trato la lealtad que me deban (yo no debo, soy pirata). Necesito que termine el año, de petardos estruendosos que celebran nada. Necesito que las cosas queden en su sitio, por categorías, por que sí. Necesito que aparezcan, rápidamente, trescientas sesenta y cinco razones para ser mejor, ser feliz. Sólo o con tripulación, pero yo al timón de mi propio barco pirata, mi propia vida. He conocido durante toda esta temporada los más feroces enemigos, he escuchado palabras amigas en lengua extraña y palabras que abrasan en lenguan cercana. No me importa. He sobrevivido a los rojos y negros que se piensan para ensalzar la belleza y no fueron pensados para mi. Por la culpa llegaron a mis manos. Esos abismos, del mismo negro que un encaje. Mejor no acercarse demasiado. Valgo más que el tiempo desperdiciado en una caída. Después de dejar el timón en manos ajenas, creo que es momento de retomarlo. Que sea el rumbo, cualquiera, que no me elija nadie. Tengo trescientas sesenta y cinco oportunidades de mejorar mi empresa. Espero llegar menos solo o no tan mal acompañado. Al menos que los fantasmas que no me pertenecen y los pecados que me otorgan se entierren con sus dueños, cuya enferma mirada del mundo hace que sea tan difícil sobrevivir como mirar. Ven a mí, tempestad, mil veces te prefiero de cara, sabiéndote mi poderosa muerte y no mi enemiga. Ven a mí, estoy preparado. Siempre lo estuve. Para sobrevivirte o para llevarte lo que de mi vida arranques. Sé que algo te llevarás. Pero no volveré a dejarme llevar a la aburrida deriva de quien deja el barco para buscar sus propias acompañadas soledades. Las ausencias no ocupan menos que las soledades. No al menos en mi nave. Empujan por la borda todo aquello que recorre, sin ganarme, mi vida en discreta compañía. Seamos honestos, no han sido tiempos para recrearse. Matémoslos, enterrémoslos. De nuevo cuenta a cero. Al menos yo sí siempre supe a qué a tenerme. Me sonrío en la batalla. La mitad de mis rivales mueren ciegos de culpa. La otra mitad espero que sobrevivan, parte vive dentro de mí y la otra parte… qué aburrida la marea sin enemigo ni amante. Espero no más cadenas. Ni para mí, ni para nadie. Necesito que termine el año, y que vuelva el mismo pirata que odio y pasión levante. Es en eso el estar vivo, la fé y la belleza. No está la paz en la piel de un tigre, ni aunque se la reciba con negro y rojo encaje.

Elegía libre a nadie (hace ya un año).

 

 
Hay engaño en lo vivido. Puede que fueras él o ella, pero mío. Mio él o mia ella siempre. Para siempre. Incluso en la ausencia que me has regalado.
Vivo en negro por no estar. Por no poder contarte cuentos inventados de versos apincelados sobre maderas duras y eternas. Esas a las que el héroe o la heroína se aferran hasta llegar al mundo que cambian, conquistan y del que solo queda destilada para la historia la identidad del náufrago.
No sé, no sé si fueras él o ella. Cada cosa vivida me ha recordado lo que te has perdido. Qué engaño hay en lo vivido.
Engaño porque no es lo que no has visto, ni hecho… es lo que la vida se ha quedado por cambiar por no tenerte. Te hubiera enseñado a no ser impaciente, como yo soy. A esperar el momento de la lucha y de lo imposibe.
Te hubiera deseado que fueras suficientemente inteligente como para convertir tu valentía en paciencia. Te hubiera deseado que supieras ser rebelde ante estos que piensan que el tiempo hace de justicia, poniendo a todo el mundo en su lugar, aquél en que le colocaron sus padres. Yo te hubiera puesto en el lugar en el que todo es posible, más que en el lugar en el que gracias a la nada, nada cambia.
Te hubiera enseñado a reir y a distinguir el amor del humor, la lealtad de la fidelidad, la carga de la posibilidad.
Te hubiera enseñado a amarme, odiarme, verme y tenerme hasta perderme en los olvidos de mí mismo, como mi padre. Te hubiera enseñado a desdeñar lo material y amar a posibilidad de alcanzarlo para luego regalarlo.
Te hubiera enseñado la belleza y la locura en una llama. Te hubiera mostrado el camino para ser tú, y solo tú, y no otros u otras que ellos quieren que seamos, cuyo camino no conduce a nadie, salvo a perdernos en los otros y no encontrarnos jamás. No sé por qué siento ira todavía.
Quizá no sea por lo que te has perdido, sino por lo que yo me perdí sin ti. Por eso me sorprende tanto el que no te tenga cambiándome los días. No es vacío hasta no haberlo llenado y hacerlo luego nada.
No has dejado el vacío en mí, yo te lo he regalado. Al menos somos dos en esto de añorarte. Allá donde estés o hayas ido, sigues siendo mío, o mía.
O mejor, sigo siendo tuyo. Siento la ira de tu ausencia mientras otros no te tienen. Ni que te tuvieran calmaría el desprecio que siento por quienes sacrifican sus recuerdos en la letanía de lo que debería ser.
Yo fui esto, nací aquello y de aquél. Yo hago esto y quiero aquello. Yo soy, además, lo que compro, porque yo me vendo.
Todo ello, repugnante retahíla contra la que te hubiera predicho y prevenido. Al final hay engaño tanto en lo vivido, que me ha quitado el no vivirte, como en lo no vivido, que me hace pensarte yo más allá de mí.