¿Me conformo o me deleito?

Me hubiera gustado acercar mi vida a la tuya, sin más intenciones que las ilusiones de encontrar alguien nuevo en quien confiar y con quien construir. Pero la vida me puso en un punto del mundo y a ti en el otro. No me ha dado muchas oportunidades.

Pero tampoco he de engañarme, no me ha quitado posibilidades.

Me voy a buscarte. ¿Qué mejor lugar para vivir que justo el extremo opuesto del mundo? El mismísimo Ahab envidiaría, no mi destino, pero sí mi viaje.

Espero que sea un viaje lleno de inocencia y de ilusión. Nada de prejuicios y nada de lamentos.

Hoy estoy aquí. Dentro de unos meses llegaré al otro extremo del mundo y te encontraré… siempre que no hayas emprendido tú el viaje en mi búsqueda.

Pura Energía: Carlos Parrondo, El Papi.

 
"El gran Locagoi (comandante de batallón) se acercó al joven poeta. Éste empuñaba una espada y miraba asustado al pasado, temiendo ajustar cuentas con él… Le habló:
– Llegan momentos duros, amigo. Momentos en los que tienes que ser práctico y valiente… y ya sabes que no hay nada menos práctico que ser valiente. Tú todavía eres muy joven y uno ya está viejo y cascado por todas partes. ¿Qué nos queda? Ser prácticos y valientes. Recordarás este tiempo con dolor. Ahora tienes que elegir si quieres o no recordarlo, además, como un tiempo de equivocaciones o de fortalecimiento. Yo no tuve la suerte de disfrutar de mi padre. Murió cuando yo todavía era muy niño. Pero si hubiera podido elegir, yo me imagino a mi padre y sería como tú…
El joven poeta estaba desconcertado ya anteriormente, pero estas palabras acabaron por arrancarle de su pasado y posar firmemente sus pies en el frágil terreno de la confusión presente. Esa confusión, poco a poco, se transformó en miedo a lo que tiene que llegar, y éste, a su vez, fue trocándose en el sentido práctico de quien asume que ha de afrontar lo irremediable. "
Cuando conocí a Parrondo dar un paso adelante me parecía una taréa titánica, correr me parecía labor de unos cuantos elegidos y terminar una carrera una tarea llena de sacrificios y sufrimientos. Con el tiempo descubrí que el sobrenombre de "El papi" tenía que ver con el ejemplo que suponía, el cuidado que prestaba y la atención que regalaba a todo el mundo, especialmente a los novatos o menos dotados para esto de tragar millas. El desánimo no cabía junto a Carlos. Era como un general griego, de vuelta ya de mucha batalla inútil, pero necesaria en la vida, que trata de compartir con los más jóvenes algo de cordura y de fortaleza de ánimo. Era un líder, sin duda, de esos que pasan inadvertidos para los que se creen líderes y de los que son indispensables para los que, sin serlo, sueñan con ser lo que sueñan.
Era un gran deportista. Una persona que me enseñó que el éxito no sólo está en tener más capacidades que los demás. El triunfo no estaba exclusivamente en el pódium, ni siquiera en mejorar la marca personal. El éxito esta en no rendirse a la ira cuando las cosas no salen y en ayudar a otros cuando las cosas salen tan bien que corremos el riesgo de olvidarnos de los demás. El triunfo, la victoria, el éxito, la esencia del deporte y la competición la encontraba en el disfrute de los pequeños detalles. Capaz de hacer reír en las situaciones más comprometidas. Capaz de hacerte sentir especial y especialmente cuidado. El Papi era el Papi por algo. Supongo que porque sabía lo importante de tener quien te apoye, quien te exija y quien te enseñe. Siempre pendiente de los demás sin renunciar a su espacio y sin robar el espacio de nadie.
Ayer mucha energía quedó libre.
Con el corazón partido de Carlos muchos quedamos algo huérfanos. Desde los que estamos aprendiendo a vivir la vida como si fuera algo más que una Batalla Perdida a punto de comenzar, hasta los que están aprendiendo a llorar desde que son conscientes de lo mucho que pierde quien ama y no arriesga.
El gran comandante se encontró con Hades y decidió acompañarle, sin rendirse, por supuesto; no al menos en mi imaginación. En el Erebo, en las primeras cuestas, dejó atrás a Hades y entró sólo y destacado en los Campos Elíseos, aventajándole notablemente y lanzando besos a puñados hacia los espectadores. Hermes y Caronte apretaban el paso para no parecer descolgados o faltos de protagonismo, pero en el fondo sabían que tenían poco que hacer hasta que el Papi decidiera parar. Por supuesto, en el camino por el Estigia, Carlitos pagaba el óbolo de los despistados que llegaban allí con los bolsillos vacíos…
Fue la última carrera, el último paseo de libertad, acompañado de amigos, para el dorsal 164.
 
 
 
Un orgullo y un honor haber compartido contigo una parte del viaje. Hasta siempre.
Carlos Parrondo, Papi, gracias. Lamento tu ausencia.
 
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El abogado de oficio

Recuerdo que, hace 20 años, cuando trabajaba como abogado en un famoso despacho de Madrid, fui requerido para prestar servicios como abogado de oficio.
Cuando conocí a mi cliente me quedé estupefacto. Se trataba de un gnomo, no más alto que mi bastón de hueso de ballena. El hecho que se le imputaba era el de imprudencia temeraria, asociado a un supuesto intento de provocación de incendio.
Según me contó, la noche de autos se vio ante una desvalida llama llamada Yema. Eso es lo que yo entendí, al menos. Y bueno, la desvalida llama Yema necesitaba ayuda para volver a la hoguera de la que había salido despedida por culpa de una brasa que le había dado demasiado al botijo y, claro, ya se sabe, que el agua con el fuego acaba por discutir y estallar la cuestión… con onda expansiva incluida.
Total, que según había salido de su cueva adosada, en calzoncillos y con la ayuda de una linterna de petroleo, condujo de nuevo a la llama Yema hasta la hoguera. Con tan mala suerte que nada más dejarla en el hogar, fue divisado por un jovenzuelo, lo cual provocó su rápida huída, yendo a chocar con un fornido acompañante, leñador en su tiempo libre, y guardia civil en la reserva. Total, que le despertó. Y acabó dando explicaciones de por qué iba con una lámpara ardiente por mitad del bosque, en calzoncillos, un cacetín de colores en la cabeza y tanta prisa.
Como tuvo que ocultar, por miedo, su mágica condición de gnomo (que de todos es conocida la marcada tendencia del humano a destripar lo que no entiende …y a quien es diferente), dio una serie de explicaciones muy vagas y confusas, llegando incluso a silbar con disimulo ante las inquisitivas miradas del agente de autoridad. El guarcia civil que llevaba dentro el fornido leñador terminó por engrilletarle y ponerle en manos de las autoridades competentes acusado de pirómano, de uso indebido de derechos de autor y exibicionismo impúdico.
Por supuesto, ganamos el caso, salvo la parte que tocó pagarle a la SGAE…
Moraleja: sé creativo, sobre todo si eres pequeñito, diferente y te encuentras semidesnudo en mitad de un bosque a la guardia civil.
(dedicado Al Jéeeesu, carpintero de almas)

Y tuvo que aparecer D. Gregorio Marañón

Recuerdo la época en la que me encontré leyendo a un médico que escribía como quien busca a cambio de una frase una moneda y se encuentra, a cambio de unas palabras, con un caldero lleno de oro. Todo lo que leía de él me parecía digno de un espíritu superior. Una y otra vez leía sus célebres frases cortas dejándome inspirar, guiar… incluso dejándome comprender.
Últimamente pasan cosas a mi alrededor que me recuerdan mi distanciamiento de Don Gregorio.
Me encuentro ante gente que con su velocidad me despeina las ideas y, a veces, los sentimientos.
Y entonces recuerdo a D. Gregorio: "La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa."
En seguida me pongo alerta y trato de capturar la estela de los que no quieren ser alcanzados. Corro todo lo que puedo para ponerme a su altura y gritar todo lo alto que pueda "¿Pero por qué vas tan rápido? ¿No ves que alteras todo mi mundo?" Siempre me han contestado cosas extremadamente racionales e intensas. Cosas que me han hecho sentir, a veces, inferior a ellos. Cosas que, a veces, me han hecho sentirme tan diferente… incluso tan limitado.
Siempre han relacionado la libertad con la caída libre, con el sentimiento desesperado de vida, con el apego desmedido la búsqueda y con la rápida satisfacción del ego. Siempre me han contestado que el que es libre lo es porque está sólo; que el que está vivo lo está porque hace lo que desea y el deseo es la brújula que a uno nunca le falla; que quien siente desesperadamente la vida sólo tiene una manera de hacerlo: temiendo a la muerte y espantándola, con colores tan brillantes que no todo el mundo está preparado para distinguirlos. Siempre deceleran, para contestar… se dejan alcanzar por un lentorro que no exprime la vida como es debido. Bueno, deceleran por eso y porque no están acostumbrados a verse interpelados en su magia con la magia más persistente: la ingenuidad. Lanzar un "¿por qué?" a tiempo es más eficaz que atizar a Voldemort (o como coño se llame) con una varita mágica del tamaño de un extintor en todo el colodrillo. A lo que iba, que me pierdo en mi propia fantasía. La cuestión es que los seres inalcanzables que saben verdaderamente lo que es la autenticidad en la vida, los intocables de corazón y los sagaces locos tapa grietas, acaban por poner por un instante los pies en la tierra y recostar la cabeza en mi hombro para contarme las maravillas que me estoy perdiendo. Lógicamente, en ese comportamiento ambiguo, me descoloco más. ¿Quizá por haberme tocado soy yo merecedor de alcanzar la misma libertad y felicidad que Ellos? No. Lo desecho. Ahí está Gregorio, para recordarme que no siempre he estado de acuerdo con vivir deprisa. La verdad es que, con la parte de engendrar vicios, tengo yo más reticiencias. Pero no, desecho la idea de la rápida recompensa y del movimiento constante. La bipartición es una buena manera de crecer y desarrollarse, extenderse y parirse… pero prefiero que mi parto sea lento.
Una vez intenté seguir a alguien que volaba, y creí volar incluso. Miraba el suelo bajo mis pies y cada vez lo veía más borroso y alejado. Oía el batir de alas de mi compinche de viaje y me sentía tan afortunado de haberme contagiado de su magia… Se movía más rápido, con más habilidad y más ágilmente que yo. Yo era un mero aprendiz. Desaparecía entre las nubes y aparecía cuando quería, sin posarse en el suelo para nada. Yo, mientras tanto, y tras disfrutar intensamente de unas sensaciones plenas de autonomía, libertad y autenticidad, pasé a sentirme obligado a seguirle e impedido a alcanzarle. Es más, cuando renunciaba a caídas en picado con doble tirabuzón, o a un batir de alas continuo, porque me cantaba el alerón y buscaba una reparadora lucha, mi compinche venía y me abroncaba. Qué común, simplón y poco interesaba le resultaba en los momentos en los que no seguía la estela de su culo. No podía bajar la guardia ni por un instante, ni siquiera para leer y mucho menos para escribir. ¡Por poco me deprimo profundamente entre tanto abatares y aleteos! El vuelo… la inmortalidad… la libertad… Como siempre, apareció Gregorio. Y en mi cabeza retumbaba una de aquellas, sus frases lapidarias. "Sólo el que sabe es libre y más libre el que más sabe. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas."
La verdad es que hay gente que no tolera a su lado a quienes vuelan sin soportar la carga común de lo que consideran que es la forma adecuada de vida. Es curioso, se empeñó en hacer volar a los de su alrededor, pero sólo entre el mar y el cielo. En fin. Mi época de acompañar a Dédalo no ha terminado, aunque preferiría que no cayera a sus pies tánto Ícaro.
Vaya por dios… otra vez que me voy por la tangente. Yo, realmente, de quien quería escribir, es de D. Gregorio Marañón. Bueno, más bien de mi rebeldía frente a él.
De Marañón me enamoró una frase especialmente. Más bien contribuyó a la confusa etapa en la que me enamoré del amor. ¿Cómo era? Mmmm… ah, sí: "No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy." Creo que de esto no he sido consciente hasta hace aproximadamente un año. No sé, a estas alturas de mi vida, si esta frase es una declaración de intenciones, un verso amable o, por contra, es una hostia a mano abierta en la cara de alguien que pasara por la vida de D. Gregorio, dejando más escozor que sabiduría.

Claro, en su momento, esto contribuyó notablemente a enraizar en mi ser la idea de que siempre hay un mañana en el que poder disfrutar de lo que hoy no se es en el amor. Sólo el que haya luchado por un amor imposible o por un sentimiento muerto al nacer sabe a lo que me refiero. La cuestión es que me atrapó esta idea, idea que ahora veo como algo "infanto-pueril". A veces, inventarse palabras es más que necesario.
Tras una pequeña crisis con D. Gregorio, y teniendo yo uno 16 añitos, me encontré con un reconciliador mensaje: "Casi siempre que un matrimonio se lleva bien, es porque uno de los esposos manda y el otro obedece." No es que sea un pensamiento muy profundo, pero oye, siendo yo un poco caradura, sirvió para ir formándose los sólidos cimientos del inmenso edicio que tumbé a soplidos meses más tarde. De aquello quedó en poso en mi sentido crítico acerca de que a D. Gregorio le faltaba un hervor. Al menos en lo que se refería a la moralidad.

La lucha interna en mí se saldó con una victoria (o derrota) pírrica, en la que perecieron mis afectos por los aforismos del galeno. Otra cita tuvo la culpa: "La verdadera sexualidad no es el simple acercamiento de los sexos, sino el trabajo creador del hombre y la maternidad de la mujer."  Cierto tufillo represor me revolvía las tripas. Bueno, la culpa no sólo la tuvo esta cita… también el incipiente y progresivo desarrollo de mis habilidades masturbatorias. No podía todo estar relacionado con el trabajo creador y la maternidad. A la tercera o cuarta pajilla ya sabía yo que no tenía por qué asumir autoría alguna en trabajo creativo alguno, y menos en relación a la capacidad maternoproductiva femenina. Deseché todas las citas de Marañón. Bueno, miento, todas no. Todas menos una. Una que es una verdad del calibre de un rayo de sol, de un beso o de un hielo recorriendo la espalda: "Nadie más muerto que el olvidado."

Y fue entonces cuando apareció Brno, con su "Vae Victis", y me hizo dueño de mis juegos y responsable de mis derrotas y cicatrices. Y fue entonces cuando apareció  el romanticismo francés, con su "el tiempo no perdona lo que tratamos de hacer sin contar con él". Es entonces cuando aparece la clara idea de que hay momentos para volar solo, otros acompañado, y que no son nada sin los momentos a compartir con los pies en la tierra. Llegó el convencimiento de que los pequeños placeres no se encuentran exclusivamente en las grandes gestas. Llegó el convencimiento de que hago las cosas porque puedo, debo y deseo… cambiando el porcentaje de los tres componentes según para qué fin sea la pócima.

Me cansé. Me cansé de los que vuelan alto a solas, cargando con sus miserias las alas de los que están aprendiendo a soñar.

Y desde entonces no tengo piedad con ellos.

VAE VICTIS.

Bueno, al final me fui completamente del tema. Ya escribiré sobre el racionalismo cristiano  (se me perdone la incogruencia) de D. Gregorio Marañón.

Confidencias

Hay que reconocer que nunca se le dio bien eso de guardar un secreto.
No era de esas personas que iban y venían cantando lo que escuchaban o contando las notas de las melodías que llegaban a sus oídos. Más bien era de este tipo ingenuo que considera que quién más cerca se tiene, más profundo acoge y con más celo guarda y cuida una confesión.
Describía detalladamente sus historias, sus sentimientos, sus miedos o sus arrepentimientos. Lo hacía tan cuidadosamente que llegaba a aburrir a su sombra.
Eso sí, no era de esos que repetía dos veces la misma historia.
Mientras se secaba, iba recogiendo el baño, encanjando los enseres y los recuerdos no confesados. Solo que unos iban al armarito de madera oscura y otros a los informes huecos del alma.
El champú encajaba aquí. Aquél reproche allá. La maquinilla de afeitar en su cajón. El beso no dado entre la culpa y el arrepentimiento, en el hueco sin nombre para estos casos.
Cuando todo estuvo en su sitio se preparó un café en la cocina. Mientras esperaba oler su aroma cálido se recordó arrodillado junto a la lavadora. Sacando la ropa mojada. Su ropa interior, sus camisetas entalladas, sus pantalones… todo a la secadora. Ella no tenía tiempo de hacerlo y él sabía que necesitaría de su ayuda para tener la maleta preparada a la hora oportuna.
Aún no entendía cómo ella prefería marchar al sur, queriendo a otro, mientras él continuaba lavándole la ropa, tendiéndola a secar. Habían hablado hacía poco de  todo, menos de esto.
Se recordó lloriqueando. Lleno de tristeza y desorientación.
Se recordó como nunca en su vida sabía que volvería a sentirse.
Y entonces se dió cuenta de que eso, justo eso que recordaba, era el mayor de sus secretos. Nunca lo había compartido con nadie.
¿Para qué?
¿Para que la gente supiera lo bajo que podía caer por no perderla?
Y justo ahora, dándose cuenta de que no necesitaba que nadie le tratara así, abrió la ventana de la cocina y gritó hacia el nutrido grupo de gente que se apiñaba en la acera contraria:
– ¡YO FUI UN CALZONAZOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOS…!
Eso sí, también comprendió que, seguramente, aquella no era la mejor forma de compartir un secreto con el mundo.

Sin un grito (Álvaro Hernando, 1971- )

Sigo enfadado.
Sigo enfadado con los que se despiden entre injusticias sin un grito.
Sin un grito, al menos, que refleje ira, decepción o, por lo menos, sirva para desahogarse.
Sigo enfadado con los que se han tumbado rendidos a los pies del que oprime.
Sigo enfadado.
Espero que los que no gritan no desaparezcan, y si lo hacen, que lo hagan recordándonos lo injusto de su ausencia. Deseo con tanta fuerza que no desaparezcan, como con tanta fuerza deseo que desparezcan los que gritan por sistema, quienes no están ni oprimidos, ni en peligro, ni siquiera alegres como para alzar la voz y compartir su dicha. Espero que no nos aturdan los gritos vacíos y podamos escuchar los de quienes levantan la voz sordamente.
Pero sigo enfadado.
 

Llamando

Me recuerdo apretando las teclas de memoria. Los nueve números, uno tras otro. Recuerdo el buzón de voz invitándome a decir lo que no podía contar en directo. Me recuerdo dando explicaciones y justificando mi decisión. Me recuerdo borrando el mensaje. Me recuerdo llorando al colgar.
La naturaleza imita al arte. El arte imita a la naturaleza. Warhol o Gaudí. ¿Qué más da?
Es tiempo de héroes.
¿Por qué no lo ves por ti mismo? http://www.youtube.com/watch?v=37GuDMTQr1U