Hoy me encontré a un amigo…

– Déjame decirte que no hay nada como notar la resistencia de tu piel ante mi aliento. Descubrir una caricia del aire cálido que tu dulce cuerpo me devuelve justo en el momento eterno anterior a besarte. Ahí no hay secretos. Me encuentro ante mí misma y ante el mayor reto que nunca he abordado. Déjame decirte que sólo entonces comienza a contar el tiempo. Tu tiempo es mi tiempo.
– No te dejo.
– Déjame decirte que creo en ti y en todo lo que eres capaz de dejar de hacer cuando me quieres.
– No te dejo.
– Déjame decirte entonces que eres inmenso, que tus ojos me miran cuando no estoy contigo y me haces sentir abrazada por tu mirada.
– No te dejo.
– ¿Por qué?
– Porque no quiero sentir a mi lado el vacío cuando me falten tus palabras, y tú estás atada a un pasado ajeno y a un presente secreto para mí. Porque tus ojos dejaron de verme como a un niño. Porque nunca pensaste que yo fuera a ser capaz de ser sin ti. Es tiempo de valientes.

Solos

Todos estamos solos.
Todos nacemos y morimos solos.
Esa es la única certeza. Respiramos solos. Digerimos solos. Amamos solos. Odiamos solos.
No hay que engañarse, vivimos roleados de gente que nace, rie, vive y besa sola.
Y, curiosamente, repartimos nuestra soledad rodeados de personas. Y yo me pregunto ¿qué es estar solo?
La única manera de estar solo realmente es sentirse sólo una posibilidad, no una realidad.
Moriré solo. ¿Y?
La cuestión es que no me siento sólo una posibilidad. Soy la realidad que vive en el corazón de alguien.
 

Llega el momento

Llega el momento. De nuevo siento que vuelve. Vuelve la valentía que antes dormitaba en lo más profundo de los recuerdos de hace tan poco tiempo que ya han pasado siglos. Reconozco las sensaciones de nuevo: fortaleza, espíritu, fe, templanza, ilusión y energía.
¿Te has sentido alguna vez un mercenario sin soldada? 
Buscar un asesino que no se atreve a matar y tener que pagar por ello es delicadamente perverso.
Aceptar unas monedas por matar a quien un cobarde nunca se atrevería es mezquino.
Ahí está la metáfora, no la confesión. Hay quien decide pagar al asesino de sus pesadillas, por no reunir el valor necesario para enfrentarse a ellas. Hay quien se vende por unas monedas y mata las pesadillas de otros, pero también en el camino quedan sus sueños.
No importa, el trabajo queda hecho. Con esas monedas pagará sus propias ilusiones. ¿Son ilusiones de otro?.
He decidido no alquilarme a más cobardes. Ahora no sólo no he de matar para ganarme la vida, sino que ahora decido enfrentarme a mis propias pesadillas para no acabar por matar los propios sueños. No más estrellas oscurecidas en el firmamento.
He decidido dejarme sentir. He decidido beber directamente de aquellas fuentes, de nuevo, de las que sólo los audaces se atreven a beber.
 
Para ti, AB.