Matemágicas…

Al final quedan las matemáticas. Desde hace siglos los sabios (y las sabias) buscan describir la realidad con la mayor fidelidad posible. Tratan de decirnos cómo medir el mundo con triángulos equiláteros, tratan de explicarnos en qué consiste la vida describiéndo los complicados mecanismos que equilibran lo que queda entre nacer y morir. A veces nos encontramos con lo mejor de todo, que nos cuentan cuál es la base de la felicidad: saber aplicar y disfrutar la propiedad conmutativa. Con tanto hacer números se me olvidaba ya lo bonito que es descubrir por ensayo y error. Bonnet-Lagrange se empeñaron en contarnos que hay siempre puntos en común entre dos vidas y que siempre hay paralelismo entre éstas en otros puntos. 
Con los teoremas sobre límites nos describieron tendiendo a cero o a infinito, según con qué potencia nos combináramos.
Cauchy, L´Hôpital, Pitágoras, Gauss, Godel, Arquímedes, DeMoivre, Pascal, Euler, Taylor, Newton, Euclides, Descartes… Qué grandes mentes. Qué poco entiendo de todos ellos.
Pero de otro matemático, Edmond de Rostand, de ese sí que aprendí cosas.
No sabría explicaros cómo es la realidad seccionada en triángulos, ni qué hace que cuando nos enamoremos reguemos con energía a quienes nos rodean. Pero sí sé explicaros que a la hora de recibir y dar… uffff… la propiedad conmutativa rige el destino.
El orden de los factores no altera el producto.
El orden de los sumandos no altera el resultado.
Querer y que te quieran produce más y más felicidad, más ilusión, más ganas de vivir…
Ahí no se sabe si el límite tiende a infinito. ¿Importa el límite?
 

Grietas

19Stoneseries[1]
 
Si el alma tiene grietas es difícil no palparse las hendiduras con los dedos, como buscando por dónde se escapa la luz.
Sobre todo por las noches. En la oscuridad de la noche me gusta tener una vela encendida. El ir y venir de la llama me deja margen para el autoengaño, pensar que esos reflejos que me veo al mirarme hacia adentro son los parpadeos de flama, y no lo que son realmente: las luces que dejara encendidas en su momento para que otros no perdieran el rumbo o supieran siempre dónde hay una referencia sobre la que corregir el rumbo. Cada faro en lo más alto de un acantilado. Pero visto desde arriba, desde lo más alto de las pequeñas torres, los acantilados no son más que esas grietas, esas fisuras entre el mar y la roca. Si hay algo seguro cuando te asomas desde lo más alto es que siempre permanecerá la grieta, no ya el mar ni la roca, que cambiarán de forma a capricho. Pero la grieta, la caída, el lugar en el que brilla la luz, siempre estará ahí.
Miro la sustancia que me compone. A primera vista es un conglomerado más duro que el diamante. Oscuro, jaspeado y pardo. Con plena luz se me ve imperativamente fuerte. En la penumbra prima la forma, dureza, estabilidad… todo externo. Porque en total oscuridad se me puede ver entre destellos de a poquitos. Perdiendo luz. Y palpándome con los dedos las quiebras, las incisiones que llaman mi espantada atención sobre la fuga incandescente de mi espíritu.
No siempre es fácil verse morir. Menos fácil es verse vivo, persiguiendo eternamente una utopía.
En lo sucesivo, tendré más cuidado. Taparé con barro los resquicios. Intentaré no encajar mis dedos en los huecos. Y, sobre todo, si me encuentro de nuevo ante ese tipo de fuga, me despediré de mi alma: ella se lo pierde, la vida está aquí, no en su resguardada madriguera.
 
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