Dicen que el futuro no existe.

Dicen que el futuro no existe. Por eso hablo del pasado envestido de recuerdos.
Hay recuerdos que no son ideas, si no trocitos del tiempo escritos en un beso.
Sólo pueden leerse una vez.
Porque no dejan nunca ser olvidados… son como las sensaciones difíciles de conservar, comprendidas tan fácilmente que difícilmentes se aprenden.
Poemas, escritos con  enredaderas, que crecen sobre susurros alentados por los suspiros.
Trocitos del tiempo escritos en un beso, que aunque saben de los que dicen que el futuro no existe, vuelan hacia adelante, más allá de cualquier tiempo venido, y nos arrastran con ellos.

Para la rana que se tira tras los cabeceros y explora en las peligrosas macetas del salón.

Cuando te miro, antes de dormir, soy consciente de que no es más valiente quién más consigue día a día, si no quien se enfrenta a mayores retos. Siempre lo he sabido, pero tú me lo recuerdas. Cuando te miro ahí, atrapada tras un cabecero, lamentando tu mala suerte, me sonrío, porque sé que sólo necesitas tiempo para ver de nuevo la luz. Tal vez un listón de metal al que aferrarte y poder usar como apoyo para salir de ese sitio que te oprime. Y si ya, ese listón de metal tiene marcas regulares, numeradas, que te sirven para redimensionar todo lo que te rodea… entonces te armas de valor y con la única defensa de una jabalina de bambú te internas en la profundidad de la maceta del salón, simplemente porque necesitas un cambio de aires.
Eres muy valiente, ranita.
Mucho más que quienes con poco esfuerzo logran más. No eres lo que tienes; eres más que eso. No eres lo que haces en tus trabajos; eres más que eso. No eres lo que los demás dicen de ti; eres lo que los demás no han descubierto y puede que no descubran jamás. No eres una historia; eres un sueño por cumplir y las ilusiones que otros no se atreven ni a imaginar. Todo eso lo sé. Pero a veces se me olvida.. Hoy tu ausencia me lo ha recordado.
Voy a coger un palillo y a internarme en la maceta del salón, a ver si te encuentro para agradecértelo. Aunque creo que no te encontraré allí, hoy te toca explorar el desierto.
Gracias, ranita.
Para A.

Pastillotes para dejar de fumar… palabrotas para dejar de dudar…

Bueno, no son grandes momentos. La verdad es que se sufre un poquillo en cuanto se tiene la más ligera excusa para pasarlo mal.
Mi excusa es el haber dejado de fumar.
Bueno, mi excusa, a veces, es que algo no me va bien.
Bueno, mi excusa, a veces es que todo me va bien.
A lo que no me pienso acostumbrar es que mi excusa sea que es a ti a quien no le va la cosa bien.
Mira, para evitar la tentación… qué te parece si leemos juntos este poema de Kipling. Seguro que lo conoces.
 

“Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor

todos la pierden y te cubren de reproches;

Si puedes tener fe en ti mismo cuando duden de ti

los demás hombres y ser indulgente para su duda;

Si puedes esperar y no sentirte cansado con la espera;

Si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,

y si eres odiado, no devolver el odio, sin que te creas por eso,

ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo;

Si puedes soñar sin que los sueños, imperiosamente, te dominen;

Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único,

Si puedes encararte con el triunfo y el desastre,

y tratar de la misma manera a esos dos impostores;

Si puedes aguantar que la verdad por ti expuesta,

la veas retorcida por los pícaros, para convertirla en lazo por los tontos.

O contemplar que las cosas, por las que diste tu vida, se han desecho.

Agacharse y reconstruirlas, aunque sean con gastados instrumentos.

Si eres capaz de juntar en un sólo haz todos tus triunfos

y arriesgarlos a cara o cruz en una sola vuelta.

Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste,

y nunca mas exhalar una palabra sobre la pérdida sufrida;

Si puedes obligar, a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,

a que te obedezcan aun después de desfallecido y que así se mantengan,

hasta que en ti no haya otra cosa que la voluntad gritando:

"¡Adelante!".

Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,

o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;

Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos pueden causarte daño,

Si todos los hombres pueden contar contigo, pero ninguno demasiado,

Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,

con el valor de los sesenta segundos de la distancia final,

tuya será la tierra y cuanto ella contenga,

y, lo que vale más, serás un hombre, ¡hijo mío!.”

 

Vamos, vamos. No dramaticemos. Pero no me negarás que de todo lo que escribe aquí Kipling, en ti se da más que la mayor parte.

Ánimo. Definitivamente está en tu mano.

                                                                                                              No te equivoques.

 

Buena suerte, amigo.

 
Encaramándose con las patitas al alfeizar de la ventana pega el hocico húmedo al cristal.
– ¡Eh, tú! Dime algo. Mírame. Que tengo algo que decirte.
Y nada. Él, día tras día, sale del portal y se aleja por la esquina de la derecha, encaminándose al metro sin darse la vuelta. Sordo. Dejando atrás los gritos.
– ¡Oye! ¡Que tengo que decirte algo! ¿Quieres hacerme caso un momento?
A veces, por la intensidad que le pone, pierde el equilibrio y se escurre, cayendo desde su sillón al comedero. Sube rápidamente de nuevo hasta el respaldo del sofá, y apoyándose en sus traseras, vuelve a arrimar el hocico al frío cristal. "Mira que si justo en este momento se ha dado la vuelta y no me ha visto…"
Y allí se queda, con la duda, viéndole desaparecer con sus gafas de montura azul y la coronilla cada vez más despoblada.
Esta mañana ha sido diferente.
Pasearon juntos. Ella, el gritón y él. Los tres juntitos. Un paseo largo y agradable tras el desayuno. Luego subieron, se liberaron de ataduras y se despidieron en el pasillo. Esto como siempre. Pero esta vez, cuando de nuevo se encaramó con sus patitas delanteras al alfeizar de la ventana, con las traseras bien asentadas en el respaldo del sofá, con el hocico húmedo pegado al frío cristal, y mientras él, tras salir del portal, se alejaba por la acera camino al metro, le susurró rutinariamente con algo de cansancio:
– Eh, tú… Mírame. Que tengo algo que decirte. Dime algo.
Y él se paró en seco, en medio de la acera. Como quien olvida algo y, de repente, clava sus pies en el suelo para hacer como un compás que gira. Se dió la vuelta y poniéndose el índice en la oreja, como haciendo de ella un embudo que recoge sonidos perdidos, dirigió la mirada a la ventana susurrando:
– Dime, bonita. ¿Qué quieres?
Muy tranquilamente, lo mas cerca que pudo del cristal, le miró a la cara y le dijo:
– Buena suerte, amigo.
Y perezosamente, antes de volver a verle desaparecer caminando de espaldas por la acera, bajó del respaldo, se acomodó en el asiento del sofá y cerró los ojos sonriente, para disfrutar, como todos los días, de un merecido baño de sol plácidamente dormida.
 
 
 
Post Scriptum:
y tras la siesta, la muy Perra, sóla o en compañía del otro Gritón, tuvieron a bien despedazar dos tupper en la cocina (y de los buenos)
… 

El ciego corriendo entre girasoles.

Siento las piernas cansadas. Como siempre. Piernas ajenas al paso siguiente, al gran paso.
Me recuerdo corriendo, atravesando el campo de girasoles, las patadas a los tallos. El tras, tras, tras. La segada en línea hacia el exterior. Mis pies golpeando la falta de agua en una planta quebrada. Y otra. Y otra.
Tras. Tras. Tras.
Recuerdo los tobillos dolorídos de pisar surco tras surco, casi sin hundirse en la tierra.
Recuerdo el olor seco. Las semillas enganchadas en los calcetines. Las heridas en las piernas.
Recuerdo todo como si lo hubiera vuelto a soñar ayer.
Tengo la necesidad de correr entre los girasoles.
Tengo la necesidad de dar el gran paso.
Quiero volver a dejar crecer mi pelo para que se enganche en las ramas secas del camino.
Quiero volver a verlo todo oscuro por un momento.
Tengo la necesidad de verte en negro.
Hasta en la oscuridad estoy seguro de verte. Hasta en negro tienes el recuerdo del color profundo la ilustración de un cuento.
Siento las piernas cansadas. Como siempre. Piernas ajenas al paso ya dado, qué pequeño paso.
 

Caricias

Después de no recibir más caricias que las bofetadas de la ventisca, Uru dejó de caminar. Se sentó en la nieve. Pensó en el pasado. Simplemente se quitó el abrigo y decidió dormir. Da igual si se te echa de menos o no. Da igual si tienes mucho por contar o por escuchar. Cuando te sientas relajado y esperas que llegue el sueño en una llanura helada ya todo da igual. Hubiera dado lo que fuera por estar solo en esos momentos. Las caras y los nombres. Los sonidos y los olores. Estaba en todos los sitios por los que había pasado menos allí mismo. Y el sueño no llegaba. La soledad no llegaba.
Al cabo de un rato bien largo seguía conservando el calor como si estuviera dentro de un iglú. Se puso en pie. Volvió a abrigarse y se encaminó de nuevo hacia su choza.
Simplemente pensó: "Ya dormiré mañana".

Ayer te eché de menos más que nunca…

Ayer te eché de menos… más que nunca. ¿Desde hace cuánto ya? No lo sé, pero ayer fue inevitable. Simplemente ocurrió.
Te eché de menos al ver nevar a través de la ventana. Poder darte la sorpresa yo, en vez de darte cuenta tú, alejándote de mí. Poder pasear con "sindro" sobre la nieve, viéndole correr y saltar mientras "la gorda" refunfuña porque el suelo está frío. Eché de menos pegarte un bolazo de nieve. Eché de menos tu mano en mi mano. Eché de menos poder contarle a la gente que ayer, por mucho caos que reinara en Madrid, nos deslizamos por una sábana gruesa tejida de sueño y agua… siempre el agua.
Eché de menos tus caricias y tus miradas entre ritmos para todos los gustos.
Eché de menos que me despertaras en el sofá, o despertarme en el sofá y encontrarte durmiendo.
Ayer eché tantas cosas de menos…