Un amigo es un amigo…

Maldito atasco de dos horas. La carretera colapsada. Las 8 de la mañana. Estás aburrido y, de repente, se te vienen preguntas evocadoras a la cabeza. ¿Dónde andará esta persona o aquella otra? ¿Qué será de ésta o aquélla? ¿Cómo será ahora su vida? Te preguntas muchas cosas cuya respuesta crees saber, porque crees conocer tan bien, o sientes tan cercana a la persona en cuestión…
"Tengo que llamarle y ver qué tal le va…" – te dices.
Y luego, el atasco en el que estás metido se despeja y te olvidas.
Llegas a tu casa, enciendes el ordenador y "voilà": un mensaje de aquél a quien recordaste hace nada.
Y en él te cuenta cómo le va la vida, y que se siente mal, pero vivo; que la vida es dura, pero hermosa; que todo está escrito, pero que siempre se puede hacer más y escribir en los márgenes; que está desubicado, pero que tú eres una luz encendida y su lugar en el mundo cuando todo lo demás está borroso; que te necesita; que está triste; que gracias por ser su amigo; que gracias por quererle… Y que te quiere.
Claro, te emocionas.
Es bonito saber que alguien confía en ti y en tu cariño como para contar contigo cuando las fuerzas flaquean. Es un ejercicio de arriesgada confianza, de lealtad, de honestidad y de igualdad. Es una catarsis tras la cual nos reconocemos como parte vital en alguien. Es un momento mágico.
En ese instante se renueva el nacimiento de lo que ya lleva vivo un tiempo. Es un episodio muy especial, parecido al que viven dos mariposas que salen a la vez de una misma crisálida (cosa que creo que no es posible, por cierto). Sabes que son dos mariposas diferentes porque las ves revolotear delante de tus narices. Una blanca, la otra negra. Y no te preguntas dónde quedó la oruga anterior. A veces, el cambio es tan fuerte, la metamorfósis tan acusada, que donde antes había una oruga te encuentras ahora un pájaro. Y, misteriosamente, no te preguntas dónde quedó aquella mariposa que nunca llegó a salir del capullo, o qué hizo posible ese cambio tan radical. Sólo sientes que la cosa ha evolucionado. Algo es diferente.
Entonces, para que todo cuadre y la magia tenga lógica, se te viene a la cabeza la más sencilla de las explicaciones: un amigo es un amigo.
 

NADA QUE VER CON LA REALIDAD. Una historia mística… inventada, claro.

Un joven discípulo en busca de la iluminación (así son los protagonistas de todas las historias profundas), y acogido en la casa de un mecenas, tuvo un desengaño con una bella cortesana.  Contrariado y confundido por sentir junto a ella amor y dolor, decidió abandonar la comodidad en la que vivía para buscar la Verdad sobre el Amor y así poder sentir y hacer sentir, con la hermosa mujer, todo lo que había imaginado que era vivir felizmente con alguien.

El motivo fundamental por el que el aventajado discípulo (siempre son aventajados los discípulos de estas historias trascendentales) vivía entre aquellas paredes era que su mecenas contaba con una enorme e impresionante biblioteca. A cambio de poder estudiar todas aquellas letras, él ordenaba y clasificaba pacientemente todos los libros.

Se reunió con su protector y le explicó que la única razón por la que abandonaba los libros, y su agradable cuidado, consistía en buscar respuestas a las preguntas que le quemaban el corazón.

Ante la firmeza del joven, el potentado le sugirió que buscara en determinado poblado a un maestro, ya retirado del trato con las escuelas, muy sabio y experto, de quien se decía que tenía el secreto de la felicidad, ya que, aunque no contaba con fortuna y debía ganarse la vida con un pequeño taller de carpintería, formaba parte de la familia más feliz, sosegada, creativa y risueña de toda la comarca.

El discípulo hizo un atillo con lo más básico, cogió su brújula y un plano del metro de Madrid y se encaminó hacia el antes comentado pueblo (siempre hacia la puesta de sol, como en todas las historias místicas).

Al cabo de unos días de camino y ayuno (como ya imaginará el lector, sin ayuno, velas o electricidad no hay iluminación) el joven se plantaba ante la puerta de un modesto taller en el que un anciano se afanaba en terminar un complicado trabajo.

Se presentó y le pidió cualquier tipo de orientación o consejo.

El maestro (retirado, y dado que su exigua pensión había mermado considerablemente por cotizar cada vez menos gente a la seguridad social, así como porque los dineros públicos iban cada vez en mayores cantidades a engordar las bolsas de empresas privadas con el fin de abaratar costes en servicios públicos y demás…) convino un trato con él.

– Me encantaría ayudarte, joven y apuesto discípulo, – dijo el maestro – pero el tiempo con el que cuento es escaso, ya que me aprietan los recibos y debo acabar este mueble de estilo señorial. Como ves aún me quedan más de diez mil clavos por clavar. Si tú me ayudas, yo puedo acogerte en mi casa y, a la vez, ayudarte a que tú mismo encuentres las respuestas para tan delicadas preguntas.

El discípulo ni se lo pensó.

– De acuerdo – contestó.

A la mañana siguiente, tras desayunar cosas muy místicas, como leche de arroz, muesli y churros bajos en calorías, comenzaron a trabajar en el taller.

El viejo clavaba un clavo mientras que, en el mismo tiempo, el joven clavaba dos.

– Maestro – habló el discípulo – ¿puedes decirme cuál es el secreto de la Verdad del Amor?

– Aún no. – Contestó el anciano – Pero tú mismo lo sabrás cuando hayamos terminado este trabajo.

Ante aquella respuesta, el joven incrementó el esfuerzo (pasó de k1 a k2, evolución mística que cualquier atleta pillará al vuelo). Por cada clavo que ponía el anciano, él clavaba tres.

Fueron pasando los días, con sus desayunos sanos, sus comidas bajas en grasa y colesterol y sus frugales cenas. Durante ese tiempo, el joven aprendiz fue trabando amistad con la familia del maestro. Ayudaba a cocinar a la esposa del anciano,  a quien a veces deseaba llamar “madre”; compartía momentos de esparcimiento con los hijos del carpintero, a quienes a veces deseaba llamar “hermanos”; y miraba de lejos a la única hija del maestro, a quien a veces deseaba llamar “cordera”, “tía buena” y otras cosas que los jóvenes místicos no pueden permitirse (a menos que la soledad y el deseo aprieten y aprieten, claro, momento de guerra en el que cualquier agujero es trinchera.)

Cada día, al comenzar la jornada de trabajo, el discípulo preguntaba lo mismo al maestro:

  Maestro, ¿no podrías ir adelantándome algo acerca de cuál es el secreto de la Verdad del Amor?

Y el anciano siempre le respondía lo mismo:

– Cada vez estás más cerca, no te preocupes. Estoy seguro de que antes incluso de que acabemos este trabajo tú mismo me dirás la conclusión a la que llegas.

Claro, ante este panorama, el joven discípulo iba trabajando cada vez más deprisa. Por cada clavo que clavaba el anciano, él clavaba seis, siete, ocho. Cada día más, y más diferencia. Y nunca se equivocaba, nunca había que sacar uno de sus clavos, fuertemente golpeados contra la madera. Siempre quedaban perfectos, como los que clavaba el anciano.

Una noche el joven decidió pasear solo. A mitad de camino se encontró con la hija del maestro y, lo que son las cosas y sin saber muy bien cómo pasó, acabaron en un pajar contándose las pecas y murmurándose cuestiones tan carnales que no caben en este cuento tan profundo. En cualquier caso, este detalle es intrascendente dentro de la trascendente historia, ya que acordaron que aquello no era más que un desliz producto de la exaltación de la amistad, del “feeling” y del “buen rollito”, sin que fuera a suponer un compromiso o renuncia por parte de ninguno de los dos (lo comento porque sé que hay muchos lectores ávidos de morbo y no de sabiduría.)

Los días continuaban con una serena sensación de felicidad en la familia, y con cada vez más impaciencia en el corazón del joven discípulo. ¿Qué gran conocimiento secreto ocultaría en anciano? ¿Cómo se puede alcanzar la felicidad con aquella persona a la que deseas tanto que te duele respirar un aire diferente al que exhala? Tendría que trabajar más y más deprisa para llegar a la respuesta.

Al día siguiente, bien temprano, como siempre, se levantó el anciano y se dispuso a preparar el desayuno para toda la familia (quizá una de las claves de la felicidad de esta familia se basara en un sano reparto de tareas domésticas y vitales). Todos, menos el discípulo, fueron apareciendo y desayunando. El maestro supuso que, con tanto trabajo en el taller y tanto trajín de ir y venir, dos horas después, al pajar, el joven necesitaba un día libre de descanso.

Para su sorpresa, cuando llegó al taller, éste estaba abierto, con el mueble casi acabado, y lleno de lamentos y porfíes a gritos.

Al entrar se encontró al joven y místico discípulo, agarrándose con la mano derecha el pulgar de la mano izquierda… lleno este de sangre y moratones, con la uña partida y un perímetro sensiblemente mayor a lo que en su pulgar era natural.

– ¿Pero qué andas haciendo? ¿Qué te ha pasado? – preguntó el maestro.

– Pues nada, maestro. Que como veía que los días pasaban y, aunque avanzamos en el trabajo, me puede la curiosidad por llegar a la iluminación, decidí venirme por la noche a trabajar al taller. Así avanzaría trabajo y llegaría antes a liberarte de tu carga. Así podrías ayudarme.

– ¿Y?

– Pues nada, anciano y sabio maestro, que como el cansancio aumentaba y la luz escaseaba, me di un martillazo como a eso de las dos de la madrugada.

– ¿Y desde entonces llevas sujetándote ese pepino morado que ahora tienes por pulgar?

– No, maestro. Gracias a mis dotes por controlar el dolor y concentrarme en elementos místicos de mi interior, he seguido trabajando. Pero como el dedo aumentaba de tamaño por la hinchazón, la luz decreciendo y el cansancio aumentando, me volví a golpear. Serían las dos y veinte de la madrugada.

– ¿Y? ¿Desde entonces sujetando el apéndice?

– Pues no, maestro. Esta vez metí el dedo bajo el grifo. El agua fría, y mi espiritual habilidad para controlar lo carnal me sirvieron para recuperarme y seguir trabajando. Hasta que a eso de las tres y cuarto… otro martillazo.

– Vaya, cómo no me lo había imaginado. ¿Y desde entonces apretándote la entrada del oficio?

– Pues no, maestro, desde entonces seiscientos clavos más y veinticinco certeros martillazos. Veinticuatro soluciones diferentes para continuar trabajando ignorando las lesiones. Pero ya, desde el último impacto, hace como una hora, no supe qué más podía hacer… Vamos, que he tenido que dejar de trabajar porque ya no encuentro más remedio para el dolor.

– Bien. Mira, joven discípulo, te voy a enseñar otro truco, propio de carpinteros. Atiende. ¿Qué te causó la herida? ¿Qué te causó el dolor?

– El ´jodío´ martillo, sabio maestro.

– Pues bien, atiéndeme. Como el martillo ha provocado tu dolor, toma el martillo y frótalo contra la parte dolorida. Igual no notas alivio así de primeras, pero insiste. Cuando el dolor cese, búscame y continuaremos trabajando, ya verás como hoy es el día en el que tus dudas se resuelven.

Al oír esto, el joven salió de la carpintería, y sentándose en un banco cercano, comenzó a frotarse el pulgar con el martillo. Mientras tanto, el viejo continuaba a su ritmo, clavo tras clavo.

Pasada una hora el dolor no bajaba, es más, cada vez resultaba más costoso pasar cualquiera de las partes del martillo por el dedo. En estas que pasó la esposa del anciano y vio al joven en tal trance.

– Pero ¿qué haces?

– Pues aquí, quitándome un dolor terrible del dedo. Ya sabes, trucos de carpinteros.- contestó el discípulo.

– Pues nada, nada… que te vaya bien el invento… – contestó la anciana mujer mientras le hacía un gesto de despedida sonriendo.

A las dos horas, y aún con más dolores, pasaron los hijos del carpintero (casualidades de la vida, ya que no solían ir juntos a esas horas, y menos pasar por aquél sitio). Se pararon a saludar y al ver la mano herida de su querido amigo le preguntaron:

– Hombre, ¿qué tal? ¿Sacándole brillo al martillo?

– Pues no, salaos. Aquí, aplicándome un viejo truco de carpintero para paliar los dolores propios de un martillazo.

– Ajá. Vaya. – Dijeron los hermanos – Te deseamos que pronto pase el dolor.

Y se fueron calle abajo despidiéndose sonrientes del joven y cada vez más contrariado discípulo.

Habiendo llegado la hora de ir a comer salió el anciano, dirigiéndose al joven le dijo:

– Joven discípulo, como mientras estás aplicándote este secreto tratamiento no puedes comer ni beber, ni miccionar, ni hacer ninguna otra cosa escatológica o carnal… ¿te importa si yo voy comiendo y tú le echas un ojo a la carpintería? Pero no pares, tú sigue, hasta que pase el dolor, ten paciencia.

Y dicho esto, se despidió con la mano mientras el joven asentía desde su asiento. A la hora y media volvió el viejo, saludó y entró a la carpintería. Siguió trabajando.

Clavo. Clavo. Clavo.

Y así fueron pasando las horas y, casi al llegar el momento de cerrar la carpintería para ir a dormir, apareció por allí la joven y bella hija del carpintero, a quien, sin duda, el joven aprendiz no sólo le hacía sentir en el pajar cosquillas en el estómago (y diferentes pliegues y articulaciones, sino también despertaba en ella sentimientos de ternura y alegría.

Se acercó al joven y apuesto futuro sabio y le sonrió. Éste le mostró el dedo y le dijo:

– Por aquí entra el oficio. Martillazos.

Al percibir la desproporción en el dedo, las heridas y moratones de los martillazos y la erosión provocada por tanto frote de martillo en la zona, la joven le preguntó:

– ¿No pensarás tocarme hoy con esa mano, no?

Y dándose la vuelta, gesticulando y balbuceando ininteligibles, pero seguro que amorosas, expresiones, desapareció la hija del carpintero en dirección a la casa.

El joven se sintió fatal. Incluso, por primera vez en mucho tiempo, sintió un nudo en su estómago y sangre subiendo sin control a su cabeza. Se dirigió a la carpintería y, nada más entrar, dejó caer con mucho ruido el martillo en la caja de herramientas.

– ¿Qué te ocurre, joven discípulo? ¿Por qué no sigues con el tratamiento para tu dolor?

– Porque no me va bien, maestro, no funciona. No es la solución. Tu mujer me ha mirado con extrañeza. Pensé que era por lo secreto del proceso. Tus hijos poco menos que se han reído de mi conducta. Pensé que, como trabaja uno en la caja de ahorros y el otro en la emisora local de televisión, no controlarían los trucos propios del gremio de carpinteros. Y tu hija, hace un minuto, poco menos que me ha llamado tarugo a la cara. Y lo peor, me ha hecho sentir rechazado, cosa que me extraña, puesto que nunca me sentí ni aceptado ni excluido por ella en nada. Definitivamente, sabio maestro, esta vez te has equivocado. El martillo ha causado la herida, pero no puede curarla.

Y el maestro le contestó:

– Efectivamente, joven y místico discípulo, tú mismo has encontrado las respuestas a las preguntas que te trajeron hasta aquí. En casi todas las ocasiones, lo que te causa el dolor no te libera de él. Lo que te causó el dolo fue, efectivamente, el martillo. Pero porque tú tuviste el martillo en la mano y con él golpeaste tu dedo. Veo que sacas de esto dos sabias conclusiones, que te adelanto, para ahorrarte saliva. La primera, el martillo golpea y daña si te da en un dedo, pero no lo cura, por mucho que acerques el martillo a la herida. La segunda, tú eres muy libre de dejar de golpearte con el martillo, ya sea en ese dedo o en cualquiera de los otros nueve.

– No comprendo – dijo el discípulo- ¿Qué tiene eso que ver con mi deseo de ser feliz y hacer feliz a mi cortesana?

– Muchacho ¿no te das cuenta de que es muy difícil que aquella persona, aquella bella cortesana, cuya cercanía te causa dolor no puede curarte de la herida que te lo provoca? ¿No te das cuenta de que eres tú quien sigue en el empeño, a pesar de que aumenta el cansancio y la ausencia de luz? Claro que lo sabes. Y lo sabes porque te has visto reflejado en los ojos de personas que te quieren, y te han mirado extrañadas mientras frotabas el martillo contra ese pimiento morrón que tienes ahora por pulgar. Personas que, aún queriéndote, no han podido contener una sonrisa ante tan extraño método de recuperación. O personas que, aún yendo contigo a contar pecas, no han soportado ver cómo tú mismo seguías provocándote más daño y dolor. ¿Tengo o no razón?

El joven místico, discípulo aventajado, la cazó al vuelo.

– Tienes razón, anciano y sabio maestro. Acabo de ver la luz. ¿Qué puedo hacer para pagarte esto, aún sabiendo que esta lección no se puede pagar con nada?

– Pues mira, zagal, tres cositas te pediría. La primera: que me llames Paco, que es mi nombre y para algo está. Tanto “maestro”, “sabio anciano” y demás apelativos me están resultando un poquito empalagosos. La segunda: estaría bien que, después de dos meses viviendo conmigo y con mi familia, me dijeras cómo te llamas. Y la tercera, que me contestes a esta pregunta: ¿cuáles son tus intenciones para con mi hija?

 

(A ti te lo dedico, bicho, por hacerme sonreír al pensar, tras un día o dos, sobre lo que no entiendo)