Nuevo blog desde hace mucho tiempo

Estimados lectores:

Desde hace muchos meses, todos los escritos que comparto son publicados en otro blog: http://www.alvarohernando.com

Gracias. Nos vemos en los versos.

 

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Orden y castigo…

Dice una amiga, escribe una amiga (ella sí que escribe bien, tan bien que parece que te lo dice a ti y a nadie más), que a los hombres nos puede el macho que llevamos dentro y no contamos nada o casi nada de lo que realmente aturde nuestro ánimo. Yo debo ser la excepción con excepciones que confirma la regla.

Siempre he necesitado volcar lo que llevo dentro, casi como ritual de limpieza de alma. No es el alma lo que limpio, claro, quizá sea un poco exagerado. Más bien es como lanzar por la ventana unos calcetines sucios que no son tuyos y huelen que apestan. Tan mal que atufan toda tu desordenada casa. De mis desórdenes me ocupo yo. Son los que adornan mi casa y mi vida. Pero de los tufos ajenos… para eso debo ser muy mujer, porque tengo la necesidad de endosarle los calcetines a su legítimo dueño. Que cargue él o ella con su legítimo aura de hedor y hongo.

No debo ser el único que haga así limpieza, porque últimamene la gente me endosa cada calcetín sudado… Y mira que trato de que se me note que no uso esa estrategia, que me ocupo de mis asuntos sin salpicar, que respeto los asuntos de lo demás sin entrometerme. Pero no. No hay manera. Siempre aparece alguien que te conoce mejor que tú, o eso piensa, y te perdona la vida con su presencia, luciendo un aura atufado de calcetines sucios propios y ajenos que ya alarma y predispone a abrir las ventanas para que corra el aire. ¡Con el frío que hace!

Supongo que todos somos así en algún momento de nuestras vidas. Supongo que algunos momentos de dejadez han hecho para los que más cerca tenemos que el ambiente esté enrarecido por lo que hemos dejado que creciera entre los dedos de los pies. Ahora me doy cuenta de que deberia agradecerle a un par de personas esa paciencia que han tenido con la poca higiene espiritual que han tenido que soportarme en alguna que otra situación. Pero… quién no se ha dejado llevar en algún momento por lo triste o lo oscuro.

Claro, también me doy cuenta de que de vez en cuando aparece algún espabilado o despistado (léase hombre o mujer) que no tiene pituitaria o lavadora. Incluso puede que ninguna de las dos cosas.

No solo te vienen con los ya famosos calcetines apestados, propios o de algún inquilino afectivo, si no que te vienen con toda una maleta llena de historias reciclables. Se te acercan con la colada del pasado sin hacer. Con la maleta cerrada, eso sí, como si su derecho a la intimidad aislara por completo el efluvio que tienes que soportar cuando te toca compartir sala de tránsito.

Te entran ganas de decir:

– ¡Lávalo, coño!

Yo el desorden y el orden lo llevo genial. Es como aquello de vivir en naturaleza o cultura (no se me entiendala equivalencia de términos por el orden de los factores, que no tengo muy claro si lo absurdo es ordenado o desordenado). Yo el desorden lo veo bien, como quien ve un ejército perfectamente formado: Cuestión de decisiones que toman otros o que no se toman. Lo que llevo fatal es la suciedad.

Pero ese no es el tema, que me voy por las ramas de mi desorden.

El olor a tufo de los calcetines sudados, secados, vueltos a sudar y abandonados en casa ajena. Ese es el tema que nos ocupa. Bueno, ese y la poca capacidad que me estoy descubriendo para orear la sala de tránsito. No contaba yo con que en algunas modernas construcciones las maravillosas cristaleras no se pueden abrir. Y hay cosas que solo puede ventilar el aire fresco, no el artificial, ese que te aplican con calefactores o aires acondicionados. Ese aire solo entiende de orden, no de higiene.

Hace poco otro amigo, de estos que van con su buena docena de calcetines apestosos propios y ajenos, me decía que se me veía bien. Lo cierto es que hace tanto tiempo que no nos vemos que no sé cómo puede verme bien o mal, pero bueno, si él lo dice… yo aseguro que no se me quedó ningún calcetín resudado escondido bajo su alfombra. Me sentí halagado. ¡Un tío diciéndole a otro que se le ve bien! Y eso que se me va mi padre y, casi, mi hermana en estos días. Días, semanas, meses aciagos de hospitales, médicos, incertidumbres, lágrimas y dolor. Pero oye, si un tipo duro te dice que te ve bien, te sientes más alto, más ancho y más guapo. Que por la cara no se me note la patada en el culo que me pueda dar la vida, como decía aquél diplomático francés.

Caso diferente hubiera sido de habérmelo dicho una amiga. Ahí no me hubiera sentido ni más ancho, ni más alto, ni siquiera más guapo. Simplemente me hubiera sentido tremendamente incomprendido. Injústamente tratado. “Después de hacerte yo a ti la colada, guapetona, cómo no me notas por los ojos cuando me muero de pena. Y más cuando vienes con un aroma estercolado a pasado lleno de orgánicos en descomposición”. Eso lo hubiera pensado, claro. Nunca dicho. Fruto de la frustración de sentirme incomprendido. Qué egoístas somos los hombres.

No es sólo que no nos mostremos tan verdaderos como dice mi amiga (la que escribe tan bien que parece que dice las cosas, y que te las dice al oído mientras tomas un té de vainilla). Lo peor es que esperamos que las mujeres sean siempre y por siempre mucho más comprensivas. Necesitamos que lo comprendan todo. Que nos comprendan hasta cuando decimos que todo va bien.

Cosas de la genética del egoísmo.

Bueno, a lo que iba, que ese tampoco es el tema, que es otra rama de otro desorden.

La cosa es que no sé qué hacer con el pestazo ajeno. Cada vez es más el número de burbujas malolientes que hacen atmósfera conjunta cerca de mí. Me está costando airearlo todo. Ya, no suena creíble, pero me callo. Me callo como el tipo que huele un pedo en el atestado ascensor y tiene ganas de cagarse en la puta madre de su dueño (del pedo, no del ascensor). Me callo incluso cuando lo que me apetece es gritar muy violentamente y a la cara de quien sea: “¡Puto pedorro! ¿Qué coño te crees que haces?”

Solo que en estos casos es peor. Porque no hay ascensor, sino que se trata de un pequeño espacio cerrado, muy difícil de ventilar, que se llama intimidad.

Claro, hay amigos, amigas… que empiezan a extrañarse de que me ponga a la defensiva en cuanto se acercan a mi ascensor. Con lo que cuesta que baje y, sobre todo, que suba. El pobre es un ascensor cascado y ruidoso, sin puertas de seguridad de doble hoja, en el que estoy acostumbrado a subir y bajar con gente como mi padre, mi perro, mi hermana o el hijo que nunca tuve por haberlo perdido antes de nacer. Es un lugar con demasiada tradición a fragancia delicada, como para no enfadarme cuando alguien me viene, no con su caos o su dolor, sino con su calcetín sudado y maloliente.

Eso sí, mientras me digan que me ven bien, seguirán siendo mis amigos o amigas. Eso significaría que su alma, su conciencia o su deseo necesitan verme feliz. Todo es cuestión de lo que de uno mismo se pone en la mirada. La interpretación no es más lo que vemos tanto como lo que queremos ver.

Ya sabéis lo que pasa cuando se mira un cuadro. Unos ven una obra de arte, otros ven una basura. Algunos evocan bellos poemas y otros se quedan en blanco. Algunos ven sus vacíos y otros, en cambio, los sueños que no sabrían expresar si no hubiera pintado alguien ese cuadro.

El sol calienta mi espalda. Me agrada.

El sol de invierno. Abraza con una delicadeza que nadie puede rechazar.

No hay nada como el sol de invierno.

Os dejo. Voy a pasear con mis perros, bajo el sol de invierno.

Una recuerdo por aclarar

Decidió husmear en sus recuerdos y se dio cuenta de que no iba a poder encontrarlos en el minuto siguiente, en la hora siguiente y, mucho menos, al día siguiente.
Son momentos de despiste en los que uno no deja de sentir cierta comodidad en el colchón del pasado, arropándose con otra vida que nunca satisfizo el deseo de llegar a la plenitud, pero que vista con el paso del tiempo sirve para entonar el “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
En su despiste llegó a una anotación:
“Recuerdo 184.012; Cristina; *”
Entendía todo menos lo del “*”. ¿Un asterisco? Maldita forma de anotar los recuerdos, agrupándolos y atándolos a la memoria con símbolos que ya no se entienden, porque forman parte de otros tiempos.
Recurrió a la valentía para dilucidar aquel misterio.
En cuanto amaneció se levantó, se puso todo lo elegante que pudo y, tratando de mantener el control sobre sí mismo y que así lo pareciera, esperó hasta las nueve de la mañana, momento en que marcó un número de teléfono.
Ella descolgó, contestó. Charlaron. Consiguió una cita. A las diez y media, en un café del centro de la ciudad.
A las diez y cuarto ya sabía qué significaba exactamente ese asterisco.
Hay cosas que son atemporales y sirven para todo lugar.

de las caídas más duras, la más dura es la rendición

Siento mi alma aplastada por la culpa. Mis pies son firmes oprimiendo mi pecho, y los gramos de más se notan como toneladas.
En sueños veo el pie descalzo del anciano pescador, sucio y curtido, haciendo estallar el ojo del pez. Al  principio la presión simplemente lo deforma. Casi inmediatamente el ojo estalla escapando en lágrimas blancas sanguinolentas entre sus dedos.
Sé que no es un ojo de pez. Es mi propio corazón. Mi alma, avejentada y agrietada, lo pisa con resignación, desprecio y ganas de dejar ciego mi espíritu.
Mi corazón está deformado por tanta presión.
Sé que la culpa espera el momento de la rendición, para ultimarlo, deformarlo definitiva e irreversiblemente.
No voy a dejar que tantas cicatrices queden en nada. No voy a rendirme.
No, al menos hoy, no.
Al final, lo que cuenta del camino, es lo firmes que hayamos sido siendo fieles a nuestro espíritu.
Nuestra esencia no se impone, puesto que lo que esperan de nosotros poco o nada tiene que ver con nuestra esencia. La única manera de conseguirlo es ser firmemente amante de nuestro espíritu, al margen de preguntas y, por encima de todo, al margen de las respuestas que esperan de nosotros.

Cuentas y arena.

Debía tener 15 años cuando sintió por primera vez que quería sacar a alguien de su vida. Fue a la tienda de la esquina. La del viejo que vende de todo y todo caro. Encontró lo que buscaba. Era una bolsa de piel, de no más de dos puños de capacidad. Cuando se encontró cara a cara con él no se atrevió a mirarle a los ojos. Sólo le quería fuera de su vida. Ni siquiera le odiaba.
Esperó el momento oportuno, agarró la sombra de aquél por el cuello y la introdujo en la bolsa de piel.
Automáticamente el chico desapareció… como su sombra.
Así lo continuó haciendo el resto de su vida. Cuando algo azoraba su alma le robaba la sombra y la escondía en aquel cementerio de falsas impresiones.
Nunca consiguió ser feliz. ¿Qué esperabas? Su único caudal ere aun azaroso juego de sombras que, si bien eligió robar, nunca llegó a descubrir qué luz las provocaba.

Era cuestión de tiempo…

Se empeñó en cubrir las huellas que iba dejando tras de sí.
No quería que nadie siguiera su camino sin su permiso.
Bloqueó caminos. Preparó dolorosos cepos en los su persona era el cebo. Mantuvo la mirada vigilante y el cuerpo alerta.
Con el tiempo cayó en una de sus trampas y allí permaneció hasta que consiguió soltarse.
Deambuló días, noches, vidas… y no encontró el camino de vuelta.
Un desconocido se cruzó en su camino y le sistió. Cuando le preguntó que por qué no había salido de aquél pequeño matorral para buscar ayuda, comprendió lo ridículo de su existencia en la huída.
Supongo que lo que nos hace grandes no son las empresas que acometemos, si no el ánimo con el que las enfrentamos. Si tu ánimo es constructivo todo se va haciendo más elaborado. Si tu ánimo es evasivo, corres el riesgo de convertirte en una caricatura ridícula de lo que un día fue tu odiado perseguidor.