Acerca de antropoalvaro Álvaro Hernando Freile

Writer/Author.

Orden y castigo…

Dice una amiga, escribe una amiga (ella sí que escribe bien, tan bien que parece que te lo dice a ti y a nadie más), que a los hombres nos puede el macho que llevamos dentro y no contamos nada o casi nada de lo que realmente aturde nuestro ánimo. Yo debo ser la excepción con excepciones que confirma la regla.

Siempre he necesitado volcar lo que llevo dentro, casi como ritual de limpieza de alma. No es el alma lo que limpio, claro, quizá sea un poco exagerado. Más bien es como lanzar por la ventana unos calcetines sucios que no son tuyos y huelen que apestan. Tan mal que atufan toda tu desordenada casa. De mis desórdenes me ocupo yo. Son los que adornan mi casa y mi vida. Pero de los tufos ajenos… para eso debo ser muy mujer, porque tengo la necesidad de endosarle los calcetines a su legítimo dueño. Que cargue él o ella con su legítimo aura de hedor y hongo.

No debo ser el único que haga así limpieza, porque últimamene la gente me endosa cada calcetín sudado… Y mira que trato de que se me note que no uso esa estrategia, que me ocupo de mis asuntos sin salpicar, que respeto los asuntos de lo demás sin entrometerme. Pero no. No hay manera. Siempre aparece alguien que te conoce mejor que tú, o eso piensa, y te perdona la vida con su presencia, luciendo un aura atufado de calcetines sucios propios y ajenos que ya alarma y predispone a abrir las ventanas para que corra el aire. ¡Con el frío que hace!

Supongo que todos somos así en algún momento de nuestras vidas. Supongo que algunos momentos de dejadez han hecho para los que más cerca tenemos que el ambiente esté enrarecido por lo que hemos dejado que creciera entre los dedos de los pies. Ahora me doy cuenta de que deberia agradecerle a un par de personas esa paciencia que han tenido con la poca higiene espiritual que han tenido que soportarme en alguna que otra situación. Pero… quién no se ha dejado llevar en algún momento por lo triste o lo oscuro.

Claro, también me doy cuenta de que de vez en cuando aparece algún espabilado o despistado (léase hombre o mujer) que no tiene pituitaria o lavadora. Incluso puede que ninguna de las dos cosas.

No solo te vienen con los ya famosos calcetines apestados, propios o de algún inquilino afectivo, si no que te vienen con toda una maleta llena de historias reciclables. Se te acercan con la colada del pasado sin hacer. Con la maleta cerrada, eso sí, como si su derecho a la intimidad aislara por completo el efluvio que tienes que soportar cuando te toca compartir sala de tránsito.

Te entran ganas de decir:

– ¡Lávalo, coño!

Yo el desorden y el orden lo llevo genial. Es como aquello de vivir en naturaleza o cultura (no se me entiendala equivalencia de términos por el orden de los factores, que no tengo muy claro si lo absurdo es ordenado o desordenado). Yo el desorden lo veo bien, como quien ve un ejército perfectamente formado: Cuestión de decisiones que toman otros o que no se toman. Lo que llevo fatal es la suciedad.

Pero ese no es el tema, que me voy por las ramas de mi desorden.

El olor a tufo de los calcetines sudados, secados, vueltos a sudar y abandonados en casa ajena. Ese es el tema que nos ocupa. Bueno, ese y la poca capacidad que me estoy descubriendo para orear la sala de tránsito. No contaba yo con que en algunas modernas construcciones las maravillosas cristaleras no se pueden abrir. Y hay cosas que solo puede ventilar el aire fresco, no el artificial, ese que te aplican con calefactores o aires acondicionados. Ese aire solo entiende de orden, no de higiene.

Hace poco otro amigo, de estos que van con su buena docena de calcetines apestosos propios y ajenos, me decía que se me veía bien. Lo cierto es que hace tanto tiempo que no nos vemos que no sé cómo puede verme bien o mal, pero bueno, si él lo dice… yo aseguro que no se me quedó ningún calcetín resudado escondido bajo su alfombra. Me sentí halagado. ¡Un tío diciéndole a otro que se le ve bien! Y eso que se me va mi padre y, casi, mi hermana en estos días. Días, semanas, meses aciagos de hospitales, médicos, incertidumbres, lágrimas y dolor. Pero oye, si un tipo duro te dice que te ve bien, te sientes más alto, más ancho y más guapo. Que por la cara no se me note la patada en el culo que me pueda dar la vida, como decía aquél diplomático francés.

Caso diferente hubiera sido de habérmelo dicho una amiga. Ahí no me hubiera sentido ni más ancho, ni más alto, ni siquiera más guapo. Simplemente me hubiera sentido tremendamente incomprendido. Injústamente tratado. “Después de hacerte yo a ti la colada, guapetona, cómo no me notas por los ojos cuando me muero de pena. Y más cuando vienes con un aroma estercolado a pasado lleno de orgánicos en descomposición”. Eso lo hubiera pensado, claro. Nunca dicho. Fruto de la frustración de sentirme incomprendido. Qué egoístas somos los hombres.

No es sólo que no nos mostremos tan verdaderos como dice mi amiga (la que escribe tan bien que parece que dice las cosas, y que te las dice al oído mientras tomas un té de vainilla). Lo peor es que esperamos que las mujeres sean siempre y por siempre mucho más comprensivas. Necesitamos que lo comprendan todo. Que nos comprendan hasta cuando decimos que todo va bien.

Cosas de la genética del egoísmo.

Bueno, a lo que iba, que ese tampoco es el tema, que es otra rama de otro desorden.

La cosa es que no sé qué hacer con el pestazo ajeno. Cada vez es más el número de burbujas malolientes que hacen atmósfera conjunta cerca de mí. Me está costando airearlo todo. Ya, no suena creíble, pero me callo. Me callo como el tipo que huele un pedo en el atestado ascensor y tiene ganas de cagarse en la puta madre de su dueño (del pedo, no del ascensor). Me callo incluso cuando lo que me apetece es gritar muy violentamente y a la cara de quien sea: “¡Puto pedorro! ¿Qué coño te crees que haces?”

Solo que en estos casos es peor. Porque no hay ascensor, sino que se trata de un pequeño espacio cerrado, muy difícil de ventilar, que se llama intimidad.

Claro, hay amigos, amigas… que empiezan a extrañarse de que me ponga a la defensiva en cuanto se acercan a mi ascensor. Con lo que cuesta que baje y, sobre todo, que suba. El pobre es un ascensor cascado y ruidoso, sin puertas de seguridad de doble hoja, en el que estoy acostumbrado a subir y bajar con gente como mi padre, mi perro, mi hermana o el hijo que nunca tuve por haberlo perdido antes de nacer. Es un lugar con demasiada tradición a fragancia delicada, como para no enfadarme cuando alguien me viene, no con su caos o su dolor, sino con su calcetín sudado y maloliente.

Eso sí, mientras me digan que me ven bien, seguirán siendo mis amigos o amigas. Eso significaría que su alma, su conciencia o su deseo necesitan verme feliz. Todo es cuestión de lo que de uno mismo se pone en la mirada. La interpretación no es más lo que vemos tanto como lo que queremos ver.

Ya sabéis lo que pasa cuando se mira un cuadro. Unos ven una obra de arte, otros ven una basura. Algunos evocan bellos poemas y otros se quedan en blanco. Algunos ven sus vacíos y otros, en cambio, los sueños que no sabrían expresar si no hubiera pintado alguien ese cuadro.

El sol calienta mi espalda. Me agrada.

El sol de invierno. Abraza con una delicadeza que nadie puede rechazar.

No hay nada como el sol de invierno.

Os dejo. Voy a pasear con mis perros, bajo el sol de invierno.

Vae victis (antropoalvaro: uno de los blogs de Alvaro Hernando)

Llevo un tiempo acostumbrando mis oídos al vacío. La sospecha y el lamento se comportaban como un ave de rapiña, anidando entre mis recuerdos, escondidos tras las agujas del reloj y rondándome como a la presa moribunda. A la mínima revoloteaban en círculo, planeando sobre mis debilidades, tanteando, apareciendo como el eco que son de un ruido original del que no queda ni la voz ni el mensaje inéditos. Quedaba el eco, no aquel ruido, aquel crujido que me hizo doblar las rodillas.
Llevo un tiempo con la mosca detrás de la oreja.
¿Qué habrá ocurrido para no sentir ya ese estrépito sordo?
Supongo que algo o alguien, que ha permanecido siempre a mi lado desde entonces, ha hecho desistir a estos bichos de cobrarse una presa sencilla.
El silencio ha vuelto a mi cabeza. Es un silencio sosegado y a la vez es un grito lleno de rabia que…

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Indulto

Desde muy pequeño recuerdo haber oído la palabra “indulto”. Es más, recuerdo haberla oído en su participio más histórico. Indultado. Se puede saber mucho del significado de una palabra leyendo en lo ojos de su lector. Para el hijo de alguien que ha sido torero era la palabra en que podías leer, en los ojos de su padre, respeto, justicia, redención, perdón y compensación. Y muchas otras cosas, que seguro hay que leer entre líneas, líneas del iris.

Respeto. Respeto, por alguien que ha sufrido los avatares de la vida, enfrentándose a ella con nobleza, sin eludir una confrontación que, en cualquier caso, es inevitable y va a tener como resultado un final, una derrota, una muerte segura.

Justicia. Justicia, para quien sin lugar a dudas y a ojos de todos los que observan, al margen de su propia intención, merece el reconocimiento de sus acciones. Son acciones admirables, valientes, nobles, duras y estoicas. Justicia para quien demuestra fuerza, quien se diferencia de lo que otros como él hicieron antes. Reconocimiento de que su rectitud en la arena ha de ser respetada.

Redención. Redención para el verdugo. Para el asesino y para el torturador. No hay brillo más intenso en los ojos de un torero que el que ilumina el lavado de tanta sangre de sus manos al estar presente en el perdón de un astado. Es mucho el peso de la sangre en las manos de quien también es capaz de amar y perdonar. Necesita redimirse a través del perdón para una bestia. Aunque sea una, y muy de vez en cuando.

Compensación. Compensación del dolor causado. Lo que peor se lleva es el sufrimiento del animal. Ese sufrimiento quedará enterrado a nuestros ojos en una apacible dehesa. Trauma por libertad. Dolor por descanso. Castigo por lujo. Se cambia todo el ropaje del condenado y se le cuida y mima hasta el fin de sus días. Que los días malos den paso a los buenos, los que harán que, cristianamente, todo el sufrimiento pasado tenga sentido y justificación.

Mi padre fue torero. Aborrezco el espectáculo, la tortura y la impostura cultural que supone.

Pero comprendo que no tuvo más remedio. Es, fue, un hombre de su tiempo. Esto significa que no supo, quiso, o no pudo tomar el timón de su vida y virar contra la corriente. No al menos hasta ser algo más mayor.

Yo siempre esperaba, por respeto a la humanidad, redención de mis cobardías, justicia como motor de rebelión y compensación de todo el sufrimiento infligido a quien ni lo merecía ni lo buscaba, esperba, como cuento, el indulto. Indulto para otro. Para el toro. Para todos.

Recuerdo que había un señor muy poderoso, sentado en un sitio prominente, que otorgaba premios, castigos y perdones. Otorgaba el indulto, como autoridad máxima. El indulto siempre se presentaba como la salvación última e inesperada. No todos los que lo merecían eran indultados, pero todos los indultados lo merecían.

Ahora leo, veo, vivo rodeado de indultos.

La justicia de los hombres se hizo papel. Las justicias, las administradas por leyes, han sabido integrar en nuestra democracia el respeto, la justicia, la redención y la compensación. 

Respeto. El respeto por el bien común, la felicidad, prosperidad y seguridad de todos.

Justicia. La justicia contenida en la coherencia y adecuación con las propias decisiones y acciones que cada ciudadano, en el uso de su libre albedrío, ejecuta afectando a aquellos con quienes convive.

Redención. La redención de quien cometió un error, terrible e irreversible o ligero y corregible. Redención de quien no ha dejado nunca de ser humano y alguien que puede y debe volver a integrarse en la comunidad sin suponer una amenaza. Sin ser un caso perdido. La capacidad de volver a ser alguien de provecho y con plenos derechos, con la cuenta pendiente a cero.

Compensación. La compensación a las víctimas. A todo tipo de víctimas. A las víctimas de los delincuentes y a las víctimas del sistema. A las víctimas que sufrieron la injusticia, la falta de respeto, el dolor, el castigo injusto.

Todo ello es lo que leo en la palabra “indulto”.

Pero lo que leería alguien en mis ojos, mientras leo esa palabra, es vergüenza, miedo, injustica, desamor, opresión. Indultan a personas que roban, que roban mucho. Indultan a personas que pegan, golpean, torturan, desde detrás de la barrera, escudados en el uniforme de policía. Indultan o ni siquiera juzgan, porque prescriben sus delitos, aunque sean públicos y notorios sus comportamientos públicos criminales.

Los jueces, en lugares nada prominentes, protestan porque desde el consejo de ministros se gestiona la justicia como quien perdona la vida de un toro en la arena.

Sin ningún rubor.

Me produce vergüenza.

Tierra y piel

 

 
Luz tamizada, grises filtrados en poso quedan en los restos del olvido. Bosque pequeño que adoro resurgiendo entre columnas. Luz que te lava, me hace ser limpio en ti resonando cuando tengo tu tiempo. Vacuo haz de luz dorada que sustenta tus silencios, en tu eco, no de vacío, de vida pleno. Sí de escucharte, sí de sentirme ser a tu llegada, henchido de fe el desafío. En tu eco, no de vacío, de futuro pleno. No doblegarnos nunca, no ceder al retumbe de lo muerto. Sí de vivirte, sí de olerme en tu regazo, fruido el verbo en ti vivo. Cuando pasen tus oscuros, cuando tu luz regrese, ver de esa dulce espera, luz fresca y sentida. Sí de tenerte, siembra, aferrarme a tus olores, bruñido el hueso por polvo y una hozada volando al golpe, que también jabra la tierra. Cuando acaben tus silencios, cuando vuelva tu energía, comprenderás que no buscaba tu palabra, ni agotar tu vida. Sólo quería oír y ver, juntos. Cuando se acaben los días que nos encuentren llenos de vida, o vacíos de muerte. Pero juntos.

Desierto.

 

 
El sol atraviesa el desierto y sobrevive, hasta que la noche, turbia, sedienta de polvo congela el instante. La soledad se viste de espera. Un desierto nos atraviesa. No quiere que le sobrevivamos. El desierto no es la muerte. Es la carencia de ti. Que el silencio del desierto te abra el oído. Que la oscuridad del desierto te abra los ojos. Que la soledad del desierto te abra el alma. Solo el sordo, ciego o el muerto, atraviesa lego las arenas.

Bien muerto el año del antiguo pirata.

 

 
Fui un sanguinario pirata. Lo dudo. Es malo, o bueno, no lo sé. Pero soy el que ha permanecido en la sombra, durante ese último viaje. Necesito que termine el año. Que lo que empezó a morir muera del todo. Que deje paso a nueva vida. Necesito más fortaleza, menos preocupación y más sonrisa. Necesito menos mentira y falsa dignidad y más humildad y cercanía. Necesito mapas de islas desiertas en las que la gente encuentra gente cuando no quiere estar con nadie. O, al menos, cuando no quiere estar conmigo. Los mapas no hacen magia ni hacen que te encuentres. Como mucho te hacen ver todos aquellos lugares en los que no encontrarte a ti mismo. Los lugares en los que “somos” no necesitan de mapas y no suelen estar en islas desiertas repletas de caricias ajenas. La soledad no se mata a palabras. La confianza se mata en pares, no a solas. Creo que confío. Confío en que el paisaje sea de verdad, no patéticas imitaciones de lienzos idílicos en los que no viven los sueños. Los sueños se visten sus vaqueros y van paseando por la calle, buscando quien los sueñe. Los vaqueros rítmicamente me alejan lo que no quiero ser. Necesito que termine un año en el que los espejos nos han devuelto el peor reflejo de los otros. Necesito volver a verme a mí, y no a ti. Aunque sea sólo para peinarme mientras pienso “Hoy va a ser un gran día”…, sin playas a las que huir, sin correos que requieran más que palabras. Las miradas, ay, las miradas. Necesito que termine el año y que el pirata que te lleva la delantera, con su parche en el ojo y la pata de palo, vuelva a ser capitán y timonel… porque no me gustó nada el mar en el que me vi envuelto. Necesito que termine el año. No por las tormentas, que me estimulan y me ponen a prueba. Sigo siendo bueno al timón. No por el botín, que tampoco fue rácano para el riesgo asumido en el abordaje. Pero necesito que termine ya el que se me rebele la tripulación, sumida en una ceguera estúpida que les hace pensar que yo traiciono y ellos se vengan, cuando ellos se traicionan a sí mismos por no haber confiado. Por no saber confiar ni queres ver que son ellos los que no tienen lo que desean, ni conmigo suficiente. Que me dejen. Libero de cualquier trato la lealtad que me deban (yo no debo, soy pirata). Necesito que termine el año, de petardos estruendosos que celebran nada. Necesito que las cosas queden en su sitio, por categorías, por que sí. Necesito que aparezcan, rápidamente, trescientas sesenta y cinco razones para ser mejor, ser feliz. Sólo o con tripulación, pero yo al timón de mi propio barco pirata, mi propia vida. He conocido durante toda esta temporada los más feroces enemigos, he escuchado palabras amigas en lengua extraña y palabras que abrasan en lenguan cercana. No me importa. He sobrevivido a los rojos y negros que se piensan para ensalzar la belleza y no fueron pensados para mi. Por la culpa llegaron a mis manos. Esos abismos, del mismo negro que un encaje. Mejor no acercarse demasiado. Valgo más que el tiempo desperdiciado en una caída. Después de dejar el timón en manos ajenas, creo que es momento de retomarlo. Que sea el rumbo, cualquiera, que no me elija nadie. Tengo trescientas sesenta y cinco oportunidades de mejorar mi empresa. Espero llegar menos solo o no tan mal acompañado. Al menos que los fantasmas que no me pertenecen y los pecados que me otorgan se entierren con sus dueños, cuya enferma mirada del mundo hace que sea tan difícil sobrevivir como mirar. Ven a mí, tempestad, mil veces te prefiero de cara, sabiéndote mi poderosa muerte y no mi enemiga. Ven a mí, estoy preparado. Siempre lo estuve. Para sobrevivirte o para llevarte lo que de mi vida arranques. Sé que algo te llevarás. Pero no volveré a dejarme llevar a la aburrida deriva de quien deja el barco para buscar sus propias acompañadas soledades. Las ausencias no ocupan menos que las soledades. No al menos en mi nave. Empujan por la borda todo aquello que recorre, sin ganarme, mi vida en discreta compañía. Seamos honestos, no han sido tiempos para recrearse. Matémoslos, enterrémoslos. De nuevo cuenta a cero. Al menos yo sí siempre supe a qué a tenerme. Me sonrío en la batalla. La mitad de mis rivales mueren ciegos de culpa. La otra mitad espero que sobrevivan, parte vive dentro de mí y la otra parte… qué aburrida la marea sin enemigo ni amante. Espero no más cadenas. Ni para mí, ni para nadie. Necesito que termine el año, y que vuelva el mismo pirata que odio y pasión levante. Es en eso el estar vivo, la fé y la belleza. No está la paz en la piel de un tigre, ni aunque se la reciba con negro y rojo encaje.