Orden y castigo…

Dice una amiga, escribe una amiga (ella sí que escribe bien, tan bien que parece que te lo dice a ti y a nadie más), que a los hombres nos puede el macho que llevamos dentro y no contamos nada o casi nada de lo que realmente aturde nuestro ánimo. Yo debo ser la excepción con excepciones que confirma la regla.

Siempre he necesitado volcar lo que llevo dentro, casi como ritual de limpieza de alma. No es el alma lo que limpio, claro, quizá sea un poco exagerado. Más bien es como lanzar por la ventana unos calcetines sucios que no son tuyos y huelen que apestan. Tan mal que atufan toda tu desordenada casa. De mis desórdenes me ocupo yo. Son los que adornan mi casa y mi vida. Pero de los tufos ajenos… para eso debo ser muy mujer, porque tengo la necesidad de endosarle los calcetines a su legítimo dueño. Que cargue él o ella con su legítimo aura de hedor y hongo.

No debo ser el único que haga así limpieza, porque últimamene la gente me endosa cada calcetín sudado… Y mira que trato de que se me note que no uso esa estrategia, que me ocupo de mis asuntos sin salpicar, que respeto los asuntos de lo demás sin entrometerme. Pero no. No hay manera. Siempre aparece alguien que te conoce mejor que tú, o eso piensa, y te perdona la vida con su presencia, luciendo un aura atufado de calcetines sucios propios y ajenos que ya alarma y predispone a abrir las ventanas para que corra el aire. ¡Con el frío que hace!

Supongo que todos somos así en algún momento de nuestras vidas. Supongo que algunos momentos de dejadez han hecho para los que más cerca tenemos que el ambiente esté enrarecido por lo que hemos dejado que creciera entre los dedos de los pies. Ahora me doy cuenta de que deberia agradecerle a un par de personas esa paciencia que han tenido con la poca higiene espiritual que han tenido que soportarme en alguna que otra situación. Pero… quién no se ha dejado llevar en algún momento por lo triste o lo oscuro.

Claro, también me doy cuenta de que de vez en cuando aparece algún espabilado o despistado (léase hombre o mujer) que no tiene pituitaria o lavadora. Incluso puede que ninguna de las dos cosas.

No solo te vienen con los ya famosos calcetines apestados, propios o de algún inquilino afectivo, si no que te vienen con toda una maleta llena de historias reciclables. Se te acercan con la colada del pasado sin hacer. Con la maleta cerrada, eso sí, como si su derecho a la intimidad aislara por completo el efluvio que tienes que soportar cuando te toca compartir sala de tránsito.

Te entran ganas de decir:

– ¡Lávalo, coño!

Yo el desorden y el orden lo llevo genial. Es como aquello de vivir en naturaleza o cultura (no se me entiendala equivalencia de términos por el orden de los factores, que no tengo muy claro si lo absurdo es ordenado o desordenado). Yo el desorden lo veo bien, como quien ve un ejército perfectamente formado: Cuestión de decisiones que toman otros o que no se toman. Lo que llevo fatal es la suciedad.

Pero ese no es el tema, que me voy por las ramas de mi desorden.

El olor a tufo de los calcetines sudados, secados, vueltos a sudar y abandonados en casa ajena. Ese es el tema que nos ocupa. Bueno, ese y la poca capacidad que me estoy descubriendo para orear la sala de tránsito. No contaba yo con que en algunas modernas construcciones las maravillosas cristaleras no se pueden abrir. Y hay cosas que solo puede ventilar el aire fresco, no el artificial, ese que te aplican con calefactores o aires acondicionados. Ese aire solo entiende de orden, no de higiene.

Hace poco otro amigo, de estos que van con su buena docena de calcetines apestosos propios y ajenos, me decía que se me veía bien. Lo cierto es que hace tanto tiempo que no nos vemos que no sé cómo puede verme bien o mal, pero bueno, si él lo dice… yo aseguro que no se me quedó ningún calcetín resudado escondido bajo su alfombra. Me sentí halagado. ¡Un tío diciéndole a otro que se le ve bien! Y eso que se me va mi padre y, casi, mi hermana en estos días. Días, semanas, meses aciagos de hospitales, médicos, incertidumbres, lágrimas y dolor. Pero oye, si un tipo duro te dice que te ve bien, te sientes más alto, más ancho y más guapo. Que por la cara no se me note la patada en el culo que me pueda dar la vida, como decía aquél diplomático francés.

Caso diferente hubiera sido de habérmelo dicho una amiga. Ahí no me hubiera sentido ni más ancho, ni más alto, ni siquiera más guapo. Simplemente me hubiera sentido tremendamente incomprendido. Injústamente tratado. “Después de hacerte yo a ti la colada, guapetona, cómo no me notas por los ojos cuando me muero de pena. Y más cuando vienes con un aroma estercolado a pasado lleno de orgánicos en descomposición”. Eso lo hubiera pensado, claro. Nunca dicho. Fruto de la frustración de sentirme incomprendido. Qué egoístas somos los hombres.

No es sólo que no nos mostremos tan verdaderos como dice mi amiga (la que escribe tan bien que parece que dice las cosas, y que te las dice al oído mientras tomas un té de vainilla). Lo peor es que esperamos que las mujeres sean siempre y por siempre mucho más comprensivas. Necesitamos que lo comprendan todo. Que nos comprendan hasta cuando decimos que todo va bien.

Cosas de la genética del egoísmo.

Bueno, a lo que iba, que ese tampoco es el tema, que es otra rama de otro desorden.

La cosa es que no sé qué hacer con el pestazo ajeno. Cada vez es más el número de burbujas malolientes que hacen atmósfera conjunta cerca de mí. Me está costando airearlo todo. Ya, no suena creíble, pero me callo. Me callo como el tipo que huele un pedo en el atestado ascensor y tiene ganas de cagarse en la puta madre de su dueño (del pedo, no del ascensor). Me callo incluso cuando lo que me apetece es gritar muy violentamente y a la cara de quien sea: “¡Puto pedorro! ¿Qué coño te crees que haces?”

Solo que en estos casos es peor. Porque no hay ascensor, sino que se trata de un pequeño espacio cerrado, muy difícil de ventilar, que se llama intimidad.

Claro, hay amigos, amigas… que empiezan a extrañarse de que me ponga a la defensiva en cuanto se acercan a mi ascensor. Con lo que cuesta que baje y, sobre todo, que suba. El pobre es un ascensor cascado y ruidoso, sin puertas de seguridad de doble hoja, en el que estoy acostumbrado a subir y bajar con gente como mi padre, mi perro, mi hermana o el hijo que nunca tuve por haberlo perdido antes de nacer. Es un lugar con demasiada tradición a fragancia delicada, como para no enfadarme cuando alguien me viene, no con su caos o su dolor, sino con su calcetín sudado y maloliente.

Eso sí, mientras me digan que me ven bien, seguirán siendo mis amigos o amigas. Eso significaría que su alma, su conciencia o su deseo necesitan verme feliz. Todo es cuestión de lo que de uno mismo se pone en la mirada. La interpretación no es más lo que vemos tanto como lo que queremos ver.

Ya sabéis lo que pasa cuando se mira un cuadro. Unos ven una obra de arte, otros ven una basura. Algunos evocan bellos poemas y otros se quedan en blanco. Algunos ven sus vacíos y otros, en cambio, los sueños que no sabrían expresar si no hubiera pintado alguien ese cuadro.

El sol calienta mi espalda. Me agrada.

El sol de invierno. Abraza con una delicadeza que nadie puede rechazar.

No hay nada como el sol de invierno.

Os dejo. Voy a pasear con mis perros, bajo el sol de invierno.

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