Elián y la abuela.

Elián, con sus ocho años impregnados de ausencias y la determinación del que ya ha probado la miel del vencedor, movió la banqueta hasta la esquina. Se encaramó a ella y alargó los brazos tanto como pudo. Sabía que la caja estaba en ese estante, aunque no la viera. Era una caja casi redonda, hecha con caña de bambú y tapada por un disco de madera cubierto de tela.

¡Quién decidió que las galletas estarían mejor ahí arriba?

Preguntó enfadada. Su madre se había ido, dejándola con sus dudas y sus abrazos estériles.

La abuela no se levantó de la silla. Seguía cosiendo a la luz de la vela. Ya había visto demasiado como para convertir en urgencia lo que no era más que ausencia. Con tranquilidad, como quien cuenta una vieja historia, comenzó a hablar:

“A veces, las decisiones que quieres tomar no están en tus manos. El taburete sobre el que te pones de puntillas no es suficiente. Rozas la caja de galletas con la sombra de tus dedos.

A veces, la vida apresurada decide por ti. Un amigo se va. Un apoyo se desvanece. Un amor se distancia. Un sueño viaja a otra cama. Es una carrera sin destino.

A veces, las personas que precipitan su tiempo sobre el de los demás creen que tienen la llave de la decisión en sus manos. El tiempo, eso que no existe, se convierte en ritmo, eso que se ve de aquello que no existe. Es la sombra de tus dedos, que se aferra a la imposibilidad de alcanzar la caja de galletas. Tu ritmo es otro. Te quedas fuera de tu propia vida. No te quedas sin deseo, pero tienes la certeza.

A veces, su decisión simplemente te deja sin capacidad de decidir. Hay gente tan compleja que elabora senderos tan difíciles de transitar que uno se pierde buscándola. Nadie les explicó que por creerse ellos complejos por dentro, los demás no somos simples. Ni siquiera al sentir.

Miro con nostalgia los momentos en los que la decisión no estaba en manos ajenas. La vida decide por ti.

A veces, aparece gente en tu vida que con un solo roce cambia tu destino. Es porque te muestran claro el camino. Todo es sencillo. Su ausencia es vacío. Antes de irse tu sombra era menos alargada. Todo era posible.

A veces, el vacío desaparece. Se va y te olvida. Hoy es hoy, y no olvidas nada, no hay reloj de arena que se desangre en tu pecho.

A veces, el vacío amenaza. Hoy es hoy, pero deseas que sea mañana. Es la vida apresurada, que toma por ti la decisión de que olvides que hay cosas que van a seguir existiendo a pesar de la distancia, el tiempo o las dudas. ¿Y si la caja de galletas está vacía?”

La abuela alargó la pierna y con un ligero puntapié hizo que el taburete se tambaleara. Elián cayó. Se quedó boca arriba. Las sombras que la vela proyectaba se veían como una marea de pequeños duendes bailando por el techo.  

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