El ataúd y la “gibris” (hybris).

(Álvaro Hernando, Madrid. 1971- )

Dedicado a Nazaret Muñoz Hernández, alumna y, en esta ocasión, maestra.

 

La luna iluminaba el cementerio. Era casi de noche y estaba a punto de celebrarse el ritual del entierro.

En el ataúd se encontraba el antiguo jefe del clan. Había conseguido muchas cosas buenas. Había conseguido casa para todos sus hijos. Había trabajado duro por conseguirlo. Había ganado un respeto enorme entre los payos. Había vivido con dignidad, sin perder los valores de su cultura. Ahora, en su entierro, su mujer lloraba en silencio. Sus dos hijas recordaban a su padre con admiración y tristeza por la pérdida. Sus hijos políticos, sus yernos, los maridos de sus hijas, lamentaban la pérdida de alguien tan importante. Habían perdido a un “Hombre de Respeto”.

En cambio, sus nietos y nietas parecían sobre afectados. Exageraban los llantos, exageraban los gritos desgarradores de dolor.

Al principio solo lloraban y gritaban, pero según el ataúd avanzaba hacia el agujero cavado en el suelo, estos nietos iban exagerando más y más las cosas. Se arrancaban la ropa en señal de dolor. Se arrancaban hasta mechones de pelo en muestra de exagerado dolor. Cuando un nieto veía que su hermano o su primo se arrancaba un trozo de vestimenta o un mechón de pelo, reaccionaba arrancándose un mechón de pelo más grande o haciéndose un roto más grande en la ropa. Todo esto ante la mirada alucinada de los padres y madres, incluso de la abuela.

Los mayores miraban sorprendidos, avergonzados la escena. Pero las muestras exageradas de dolor eran tan grandes que les fue imposible pararlo. Los nietos ya estaban destrozando todo lo que encontraban a su paso, presa de la ira.

En un momento, los nietos y nietas se echaron sobre el ataúd y lo desequilibraron, cayendo y rompiéndose en pedazos.

Nadie sabe cómo. El patriarca, el jefe del clan, el abuelo de la familia, abrió los ojos y miró a todos sus nietos y nietas con gesto serio. Su boca se abrió y varios preciosos pájaros salieron de su garganta. Se quedaron volando estáticos. Muy cerca de la cara de los nietos y nietas que, ahora, estaban aterrorizados y callados.

La voz del abuelo se oyó en boca de todos los pájaros, todos los pájaros hablaron a la vez:

– Que conmigo se entierre la “gibris” de estos jóvenes que aún no han aprendido a ser hombres y mujeres. Que vuele mi alma libre al cielo de los gitanos.

 

Y diciendo esto, ante los ojos muy abiertos de todos los presentes, se reclinó el patriarca de nuevo en el ataúd, esperando ser enterrado.

Así lo hicieron. Le enterraron entre un silencio tranquilo, respetuoso y alargado. En el momento en el que dejaron las flores sobre la lápida de la tumba cada familia marchó a su casa con la idea de que el abuelo jamás les abandonaría.

Y desde entonces, a cada nieto y nieta se puede ver acompañada de uno de aquellos pájaros. Y dicen que, cada vez que la “gibris” se desata, el pájaro vuela hasta ponerse muy cerca de sus oídos y les recuerda dónde debe quedar aquella “gibris”: enterrada. Es la única manera de crecer y de ser libre.

 

 La hibris o hybris (en griego antiguo ὕϐρις hýbris) es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’ y que en la actualidad alude a un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, resultando a menudo en merecido castigo. En la Antigua Grecia aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, y más concretamente por Ate (la furia o el orgullo). Como reza el famoso proverbio antiguo, erróneamente atribuido a Eurípides: «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.»

 

No. Nunca lo sabes.

Nunca sabes cuándo acaba un estornudo, empieza una mueca o se busca un amor. Son cosas que pasan sin más y, si se piensan, calculan o controlan, convierten un momento en un artificio.

Una mentira, un beso, un puñetazo, por contra, siempre sabes cuándo empiezan, pero nunca cuando deben acabar. Son cosas que si se cercenan, contienen o reprimen convierten un momento en un ridículo.

La vida no es un teatro. El teatro es la vida. Cualquier otra cosa es frivolidad. Cualquier otra cosa es un artificio ridículo.

Mañana echaré de menos las sensaciones puras. Lo que se siente cuando miras una obra de arte, cuando creas o cuando inspiras. Cualquier otro momento no es más que vida. Yo busco la eternidad en un instante. Por eso mañana lo echaré de menos.

Me digo a mí mismo que la gente que decide sobre la vida y la muerte de los otros no es mezquina. Me lo digo por evitar tener que renunciar a crear belleza, también, para ellos. ¿Cómo dormiran? ¿Con qué soñarán? ¿Realmente controlarán sus lágrimas como lo hago yo cuando hecho de menos los pasos perdidos en senderos que se acababan a medio camino entre el sueño y la fe?

Supongamos juntos que el teatro es la vida. No dejemos que nadie viva a nuestro alrededor como si la vida sea un teatro. Alguien debe salvarlos de su mediocridad.