Frío en el espejo.

Qué frio hace esta mañana.
Hubo un día en que una mirada me traicionó, ojos viéndome desde un lado, hombro con hombro, desde la menor de las distancias.
Hubo un día en que otra mirada más me engañó y se engañó. Aún sigue haciéndolo.
He lamentado mucho no ser capaz de saber leer en los ojos de las personas.
Sigo lamentándome, agitándome entre autocondescendencia y susurros sin fuerza. Mis pensamientos me susurran que no debo volver a mirar a los ojos. Hay que aprender a desentrañar las palabras, las que no se dicen, de quien amas y te mira.
Hubo un día en que una mirada me dio la fuerza y la ilusión frente a ese espejo. Hace tanto que ni recuerdo dónde guardé los trozos en que saltó el espejo, hecho pedazos, al parpadear.

Hubo un día en que alguien me miró como sólo se mira a un igual. Sus ojos me dijeron que sería un buen padre, un buen amante, un buen asesino y un mítico y borroso recuerdo a interpretar, según quién contara y quién oyera mi historia. Y me vi reflejado de nuevo. Fuerza, ilusión y ganas de afrontar decisiones que rara vez tomo a solas.

Tengo miedo de parpadear. No me gustaría de nuevo hacer añicos el espejo en que ahora me reflejo.
Estoy cansado de la gente que se mira en los ojos de los demás sin ser vistos. ¿Por qué no reclaman su derecho a gritar con los ojos?
¿A quién hay que reclamarle? ¿Al que no ve? ¿A quien no lee en sus reflejos cristalinos?
Tengo miedo a mirarme en sus ojos sin ser visto.
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Fundido en negro.

De las mayores decisiones hay que huir, siempre y cuando uno sea coherente en las pequeñas, día a día. Ya se encargarán las pequeñas y cotidianas elecciones de evitarnos el trance de tener que elegir en la mayor parte de las veces, en cuestiones más dramáticas.

Estoy cansado. Los ojos me duelen. El pecho toca a degüello y siento que el tiempo invertido es tiempo perdido, que el único tiempo que cuenta es el vivido.
El tiempo no especula con la vida, y la vida que especula con el tiempo es una vida pobre, corta o falsa.

Sueño que los ojos no me duelen y no ven más allá de donde se pierde el sonido de mis latidos. Sólo los latidos marcan el final del enemigo. No quiero que lleguen lejos. Cuando los latidos se pierden en el silencio, sin ecos ni luces, me despierto.

Y vuelvo a oír un tic tac que lentamente se pierde, tratando de ocultar el significado de lo que retumba en mi pecho, dejando pasar el tiempo en una negociación en la que el único que no especula soy yo, y, a la vez, soy el único que pierde lo que invierte.

No sirve de nada pensar “mañana irá mejor”. Especulación.

Pero entre los silencios de cada batalla hay voces que gimen y reclaman otra oportunidad. Puedes ser feliz, mañana irá mejor. Es como si en vez de sangre, en mis venas fluyera la luz, empujada a borbotones fuera de mi cuerpo a cada golpe de corazón, por las heridas, que van dejandome más seco y oscuro por dentro. Pero el recuerdo de la luz que iluminaba el día en que despierto me hace pensar… puedes ser feliz, mañana irá mejor.

Y mientras, la vida pasa, y se me escapa.

Que se pare la vida, que me bajo

Si pudiera pararse la vida, para bajarse uno de ella, lo pediría ahora mismo.

Me queda acelerar la mía, para que se bajen de mi vida los que se empeñan en atarme a un pasado que ni me interesa, ni me importa. Si al menos quisieran formar parte del futuro. Hoy no ha existido. Ha sido un eco de un ayer que se empeña en no morir.

Si pudiera pararse la vida, para bajarse uno de ella, me bajaría ahora mismo. Pero eso supondría renunciar a despertarme con una sonrisa.

Tengo la sensación de que la vida se para y se me bajan las sonrisas… las pierdo por el camino.