La sombra rota

Espero que entiendas que la vida, aunque creas que te la estén rompiendo, se rompe sola. Se diluye en los días. No se malgasta ni se pierde. Simplemente se diluye, hagas lo que hagas. Puedes elegir qué resultado podría tener tu vida evaporada, desecha, desintegrada. Puedes elegir que sirva como hedor al que le haya tocado, como sal al que la haya bebido, dulzura al que la haya acariciado. Aunque nadie te toque, te beba o te acaricie. Al menos elige qué quieres que suponga tu vida diluida para aquellos que por el camino la encuentran. Aunque no la encuentre nadie.

Puedes perderte en la vida. Ser necio o sabio. Ser hermoso o feo. Puedes sentirte acompañado o solo como la sombra de un muerto. Nada de eso queda. Nada. No hay gloria en ser. Hay gloria en haber tocado el alma de los que te rodean, incidiendo en ellos como deseabas. Y esto es lo importante. Hay tanta gloria en ser malvado como en ser bondadoso. La gloria está en llegar allá como quieres llegar. En ser hiel o miel para los labios. Fragancia de vida u olor de muerte. Sal a la sed o melosa carica en la lengua del goloso. En la gloria está la condena de la responsabilidad. 

Puedes renunciar a la gloria y verte convertido en un azar más, de esta azarosa obra teatral. En caso contrario, permanecerás para siempre. Pero serás el único responsable de tus actos y de sus consecuencias. Serás el que decida en qué se diluye su vida y, sin conocer a los que topen con ella, responsable de todo aquello que les transmita y contagie, incluido dolor, confusión y soledad.

La vida no se pierde, invierte o gana. La vida, simplemente, se diluye en el paso de un tiempo que viven los demás.

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Respiración

Es más sencillo observar la obra de teatro estando tras el telón. Un billete para el tren y un paseo sin rumbo por la red de cercanías. Observar las caras. Imaginar vidas. Desear formar parte de las historias inventadas, las que no duelen ni pasan facturas que no pueden pagarse ni vendiendo el alma de un sueño. Es raro para el actor comprender disfrutando la obra. Es difícil para el espectador, en su butaca hundido y cliente boyeur, sentir como siente el malo de la obra que es bueno. Porque rara vez un malvado se siente malo. En cambio, escondido tras el telón, uno puede mover los labios como si de sus sordos golpes de voz surgieran las historias que en el escenario recobran intensidad y energía en boca de los protagonistas. También puede observar, abstraerse, odiar al malvado, envidiar a la rica señora o desear a la bella doncella, como cualquiera que se siente en una butaca.
Es, sin duda, el no lugar más peligroso. Te ubican ahí. Nadie elige quedarse de pie tras el telón. Te colocan y punto.
Es similar al que ve pasar la vida sentado en un tren de cercanías. Mira por la ventana y aunque al otro lado del vagón haya casuchas, fundidos en negro de túneles o parques acordonados por vallados eléctricos, él sólo verá, y desde lejos, tatuajes que abrazan la piel perdida, tigres de peluche que no hablan con desconocidos y desconocidos que parecen reconocer en tu mirada su propia soledad.