El actor

Entró en el plató. Sabía que el papel era suyo.

Encajaba como una mano en un guante. 

Esa era su historia.

Esa era su película. La prueba no era más que un mero trámite. Sentía que el guión había salido de su pluma y cada imagen de su retina. Algo similar a estar contenplándose ante el espejo. Se reconocía, como en su reflejo, y sentía en todo momento que de una manera natural se iba a corresponder lo que la pantalla o el espejo reflejaran con la realidad de sus movimientos. Su pensamiento era el anticipo de lo que se iba a ver.

Se situó ante el equipo técnico, en el centro del plató, bajo los focos. El que estaba sentado junto al director le dijo: “Comience con la escena, la cuatro, por favor…”. Así lo hizo. Mejor que nunca. El papel era suyo. Era su película.

“Gracias. Puede usted parar. No es nuestro hombre, esto no es una película muda”.

El actor guardó la nariz de payaso en el bolsillo y salió de aquel lugar con una especie de sonrisa esbozada bajo el maquillaje. Realmente esa sonrisa no pretendía ser una mueca, si no un conjuro. Como si buscara que esa sonrisa le abrigara. No funcionaba, claro está, y en realidad era como cuando se lleva poca ropa en invierno y ésta no hace más que recordar que hay más frío que otra cosa. Como cuando ir vestido no es más que recuerdo de la ropa nos que falta, y no el refugio deseado del frío que, entonces, se hace más presente.

Comprendió que no estaba en su mano. Se sintió desnudo. Sintió que aunque hay papeles que están hechos a la medida, uno no es nadie para representarlos en la película que quiera, y mucho menos en una gran producción.

Qué haría a partir de entonces es otra historia para la que no había ensayado…Imagen

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