Mentir para vivir

Esperaba la hora de dormir con unas ganas tales que convertía el vivir despierta en simples horas perdidas. No eran horas perdidas, eran horas muertas.
Cuando anochecía preparaba cuidadosamente su habitación, su pijama y su cama. Cerraba los ojos y era entonces cuando podía secuestrarle y llevarle junto a ella.
Eran horas ganadas. A veces días dentro de un sueño de un instante. Eran horas de vida.
A veces se despertaba sobresaltada cuando aún no había sonado el despetador y la culpa la embargaba.
“Ojalá no hubiera que mentir para soñar… ojalá no hubiera que mentirle a las horas perdidas para vivir.”
Se daba media vuelta y con la conciencia cargada de nostalgia, seguía soñándole.

Una recuerdo por aclarar

Decidió husmear en sus recuerdos y se dio cuenta de que no iba a poder encontrarlos en el minuto siguiente, en la hora siguiente y, mucho menos, al día siguiente.
Son momentos de despiste en los que uno no deja de sentir cierta comodidad en el colchón del pasado, arropándose con otra vida que nunca satisfizo el deseo de llegar a la plenitud, pero que vista con el paso del tiempo sirve para entonar el “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
En su despiste llegó a una anotación:
“Recuerdo 184.012; Cristina; *”
Entendía todo menos lo del “*”. ¿Un asterisco? Maldita forma de anotar los recuerdos, agrupándolos y atándolos a la memoria con símbolos que ya no se entienden, porque forman parte de otros tiempos.
Recurrió a la valentía para dilucidar aquel misterio.
En cuanto amaneció se levantó, se puso todo lo elegante que pudo y, tratando de mantener el control sobre sí mismo y que así lo pareciera, esperó hasta las nueve de la mañana, momento en que marcó un número de teléfono.
Ella descolgó, contestó. Charlaron. Consiguió una cita. A las diez y media, en un café del centro de la ciudad.
A las diez y cuarto ya sabía qué significaba exactamente ese asterisco.
Hay cosas que son atemporales y sirven para todo lugar.