El miedo y la mirada.

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Cada día se levanta y busca su reflejo en el espejo. Algo de barba, más arrugas, ojos hinchados. Abre la boca y observa el reflejo del abismo negro que sabe existe allá al fondo.
Ahí busca lo mismo que todos aquellos que no saben vivir, un motivo. Elige los miedos como lugares de visita. Son las estaciones sobre las que recorre lo siete gramos que le distinguen y alejan del resto.
Ella, cada día, evita mirar su freflejo y le mira a él, a los ojos, a través del mismo espejo. No soportaría el leve peso de lo oscuro. Prefiere una mortaja ajena, le resulta cegadora, como la luz de una vela. Prefiere un largo viaje acompañada que un solo paso a solas.
Algunas veces se vive del miedo que sentimos al mirarnos hacia el interior; otras, no se vive por lo mismo.

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