Del guión del “El ladrón de orquídeas” al “Guión de Schrodinger”

El guión del gato de Schrodinger

De haber sido guionista me hubiera gustado escribir la frase de El ladrón de orquídeas… no somos quien nos ama, si no que somos a quien amamos…

De haber sido guionista, probablemente, hubiera acabado asesinando al protagonista, quitándole la posibilidad de dudar, la incertidumbre y un mañana en el que titubear.

De haber sido el guionista hubiera dejado el guión en el fondo de un cajón. Sería uno de esos guiones que solo se hacen realidad cuando son leídos. Y lo hubiera llamado “guión de Schrodinger”, ya que, inclusio sin haber sido leído por nadie, y dentro del cajón, seguiría siendo un guión muerto y vivo a la vez.

Es curioso, los único guiones que se hacen realidad no son los que se escriben, si no los que se leen… aunque uno los hubiera guardado en lo más profundo de un cajón.

Un lugar en el mundo

Recuerdo cómo quemaba la cosecha comunal, lleno de decepción y decisión a partes iguales. De ello me avergonzaba su decisión, por ser tomada en nombre de todos y no estar más que él decepcionado. Quemó la cosecha comunal para que los demás no se vendieran.
Decidió quemar el contrato que les uniría al diablo antes de que nadie pudiera firmarlo.
Me hizo sentir desazón y vergüenza.
Aunque a veces también a mí me apetece prender fuego a una cosecha compartida, antes de que se venda su fruto a un diablo del que no quiero nada y menos, especialmente, su sombra a mi espalda.
Federico Luppi se desvaneció en ese personaje que una vez me despertó a reconocer un sentimiento propio en un personaje inventado, lleno de soledad, decepción, incomprensión y una clarividencia a la que sólo le faltaba la decisión… y una cerilla.