Ilusiones

Un recuerdo para el libro Ilusiones.
Cuando uno es adolescente y lee las Ilusiones de Bach no puede si no soñar con volar a cincuenta kilómetros por hora y con hacer volar una pluma. Y lo hace porque se siente capaz. Se siente lleno de fuerza y derecho a convertir el mundo en lugar sorprendente y lleno de frescura y pasión.
Cuando uno ya no es adolescente y, por accidente, cae en sus manos un párrafo de ese libro maravilloso, cuenta los años que han pasado desde entonces, cuando un día conseguimos volar y hacer volar, aquél en el que contuvimos toda nuestra energía para momentos magníficos. Y uno se avergüenza al saberse una ilusión perdida. Y uno se entristece al sentirse ingenuo por no saber responder a la pregunta: ¿cuándo perdí la opción de ser?
En realidad en eso consisten las ilusiones, en no perder “nunca la opción de ser” y en no perder la energía que se alimenta de esperanza en el “llegar a ser”.

Desprecio…

Desprecio las acciones que no se miden. No hay mejor escenario en que reconocerse a uno mismo que la soledad y la oscuridad en la noche. Ahí uno no tiene más remedio que reconocer sus miserias y condenar sus excesos… o premiarse con el placer que la arrogancia otorga. Ahí no hay sombra sobre la que verter culpas.

Desprecio las pretensiones que tratan de medir las acciones no medidas, como si por el hecho de tangirlas se pudieran enmendar. No hay esfuerzo más patético que el de la grandilocuencia en lo irreversiblemente sencillo.

Desprecio lo que no llama mi atención, pero desprecio aún más lo que me la roba, distrayéndome de lo que es en esencia importante. Son mis miedos, que dejan la puerta abierta a los defectos que me besan el alma.

Desprecio, en definitiva, todo aquello que me esfuerzo en superar. Solo así puedo explicarme el que quiera dejar atrás tanta fragancia de vida.