La nota escrita a mano.

Revisando los cajones encontró el papel, arrugado, amarillento. Escrito a mano:
"Cuando envejezca y no te reconozca echarás de menos todo lo que de mí te cansa ahora. Me miraras y no te reconoceré, y tú recordarás por los dos todo lo que no seré capaz de volver a ver en mi memoria. Cuando no pueda moverme recordarás lo pesado que llegaba a ser el que continuamente te tocara, y no sentirás más alivio que culpa, eso es cierto. Y, cuando por fin muera, echarás de menos todo lo que de mí recuerdes. Pero te pido dos cosas: la primera, recuérdame amándote. La segunda: no pierdas más el tiempo y víveme antes de que algo o alguien me robe (incluida la enfermedad y la muerte). Te escribo esto ahora, que somos jóvenes y fuertes, porque te quiero. Sonríe. Estamos vivos y ahora todo es posible".
Volvió a arrugarlo tal y como lo encontró. Y con mucho cuidado y un profundo pesar y arrepentimiento, lo volvió a esconder en el sitio en el que hace tantos años lo guardó por primera vez, al no atreverse a entregárselo a su amor, su primer destinatario.
– Cómo me ha cambiado la letra, – pensaba – antes la tenía mucho más bonita…
Y continuó metiendo las cosas de su compañero muerto en bolsas. Desnudaba los cajones de tal manera que éstos competían con su sensación vacía; mientras, le echaba enormemente de menos.
¿Por qué temió darle aquél papel hace tantos años?
Daba igual. Lo guardó temiendo que aún ausente lo leyera… y sufriera.
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