de las caídas más duras, la más dura es la rendición

Siento mi alma aplastada por la culpa. Mis pies son firmes oprimiendo mi pecho, y los gramos de más se notan como toneladas.
En sueños veo el pie descalzo del anciano pescador, sucio y curtido, haciendo estallar el ojo del pez. Al  principio la presión simplemente lo deforma. Casi inmediatamente el ojo estalla escapando en lágrimas blancas sanguinolentas entre sus dedos.
Sé que no es un ojo de pez. Es mi propio corazón. Mi alma, avejentada y agrietada, lo pisa con resignación, desprecio y ganas de dejar ciego mi espíritu.
Mi corazón está deformado por tanta presión.
Sé que la culpa espera el momento de la rendición, para ultimarlo, deformarlo definitiva e irreversiblemente.
No voy a dejar que tantas cicatrices queden en nada. No voy a rendirme.
No, al menos hoy, no.
Al final, lo que cuenta del camino, es lo firmes que hayamos sido siendo fieles a nuestro espíritu.
Nuestra esencia no se impone, puesto que lo que esperan de nosotros poco o nada tiene que ver con nuestra esencia. La única manera de conseguirlo es ser firmemente amante de nuestro espíritu, al margen de preguntas y, por encima de todo, al margen de las respuestas que esperan de nosotros.
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