Me canso

Vae victis.
Me canso.
Me canso de hipocresías… de miedos… de reproches… de falsedades… de cobardías… de incertidumbres… de conciencias… de aludes de besos que matan y aplastan artesanalmente…
Me canso.
Sólo quiero vivir. Nada más.
Ni siquiera quiero ser violento.
¿Pero qué otra cosa sabe hacer un lobo entre corderos?
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Los colmos, no colman… ni siquiera calman

Hoy me declaro en huelga.
Como alma que soy, encantada de dormir a ras de suelo, me rebelo contra el ser al que doy forma y él piensa que pertenezco. Estoy harta de subir hasta el pedestal que cree que me corresponde. No es estar arriba lo que me cansa y me irrita, si no el ir y venir. Tanto subir y bajar… ¿para qué?
Cuanta hipocresía.
Hoy, como alma cándida que soy, me declaro en huelga.

No puede ser buena la prisa…

No puede ser buena la prisa. Cuando veo a estas personas, mareadas y desorientadas, avanzando dos pasos por cada paso dado, y con la sombra cosida del revés, siento desprecio y piedad.
Soy un mendigo.
Huelo mal.
No tengo dinero.
No tengo casa y paso frío.
Casi siempre estoy borracho.
Hace un tiempo decidí prestarle mi brazo a uno de esos cadáveres andantes. Iba haciendo eses por la acera. Creo que lloraba. Le tendí mi brazo y se aferró a él con tanta fuerza que me conmovió. No tengo ganas de nada, salvo en esos casos. Me elevan al altar de los estimados. Me siento útil.
Cada día iba a la misma calle y prestaba mi brazo a la misma persona. Supongo que origen y destino de su camino poco importantes son en esta historia. Al menos para mí así es. Carecen de importacia. Pero cada día las eses eran menos profundas. Me duele el brazo por la presión de sus manos. Me duelen las piernas por tirar de él. Le tengo que tranquilizar continuamente. Le hablo con cariño. Trato de recordar la voz de aquellos que fueron amables conmigo para que él se sienta como yo me sentí entonces. Entonces sentía mi alma al abrigo de todo peligro.
Con el tiempo ha ido mejorando. Camina cabizbajo. No mira salvo el lugar en que pisa y se choca con otras personas y con los objetos que se le cruzan por el caminar. Ahí me resultaba más fácil guiarle. El mismo camino. Un camino sin importancia por su origen y su final. Ahora más sencillo. Sin él no me hubiera sentido tan grande como me hizo sentir el conducirle. Suelo hablarle para que no pierda la humanidad. Supongo que al oírme se siente más reconfortado.
Cada vez está más fuerte y se mueve más rápido. A veces yergue la cabeza. Ya no le hablo tan cariñosamente como antes. No quiero que deje de avanzar. No quiero que dependa de la ternura de mis palabras. Ha de valerse según su propia ternura. Eso sí, le hablo educadamente… le indico, le prevengo. Le doy a conocer lo que de él veo y voy conociendo. Para que no se le olvide que ES y FUE. Será.
Y desde hace poco que ya no necesita ni mi brazo, ni mi guía. Desde hace un tiempo no necesita de mi apoyo, ni mi voz. Va tan rápido… no puedo seguirle sin descoserme la sombra.
Simplemente ya no me atiende.
Ahora las cosas vuelven a estar en su sitio.
Soy un mendigo.
Huelo mal.
No tengo dinero.
No tengo casa y paso frío.
Casi siempre estoy borracho.
 

¡Vaya!

A veces confundimos la propia estabilidad con la inestabilidad de quien nos acompaña. Y lo peor, confundimos nuestras necesidades con lo que es normal y hasta justo.
Hace tiempo iba dando tumbos por la calle. Se me acercó un tipo y me prestó su brazo. Os aseguro que no recuerdo ni cómo iba vestido, ni su cara… nada. Sé que me prestó el brazo y, oye, qué mejor apoyo que aquél… Es más, no tenía otro. Día tras día iba de la cueva de mis miedos y ausencias hasta mi trabajo agarradito a su brazo delgadito y enclenque. Incluso creo que llegué a acomodarme a este lazarillo.
Hace menos tiempo reuní las fuerzas necesarias para no tener que inclinar la cabeza ni balancearme de un lado a otro de la acera. Me recuerdo tomando el aire que me faltaba y mirándome los cordones de los zapatos. Caminar así me permitía no titubear tanto, pero casi siempre me movía hacia lo conocido entre tropiezos, y golpes. Me resultaba bastante complicado prevenir las curvas. Algunos árboles se empeñaban en golpearme con sus ramas. Qué mala idea… Por suerte se me acercó un tipo que hizo parte del camino conmigo. No sé, supongo que sería un currito como yo, por cómo olía. Pero no recuerdo nada más de él. Sí sé que me decía "eh, cuidado, agujero…", "eh, cuidado con la cabeza… farola… rama… toldo…" (…) El caso es que no caí ni choqué. Creo recordar que me gustaba avanzar mecánicamente, sin tener que decidir cuándo o hacia dónde tener que torcer para esquivar.
Antes de ayer reuní las fuerzas necesarias como para correr. Qué sensación… ufffff… poder trotar por los caminos por los que antes iba dando tumbos. Qué grande es poder ir rápido entre gentes lentas y atribuladas. Nada de mirar al suelo más de lo necesario. La putada es que ahora que puedo correr se me ha acoplado a la sombra un mendigo. Su ropa hecha girones y su olor a sudor y arena contrasta con mi velocidad y decisión. Qué contraste… ¿pues no me recuerda el tipo este aquella mala época en la que necesitaba un brazo en el que apoyarme? Os lo juro. Su voz me recuerda la de aquél tipo con el que compartí camino cuando no era capaz de caminar sin leerme los cordones del calzado. Aún así he hablado con él para que no comparta mi camino. Vaya incomodidad. Que me retrasa el tipo. Ya le he dicho que cambie de costumbres, que me molesta en mi camino.
Y lo peor, es tan incómodo que me recuerde lo que fui…

de las caídas más duras, la más dura es la rendición

Siento mi alma aplastada por la culpa. Mis pies son firmes oprimiendo mi pecho, y los gramos de más se notan como toneladas.
En sueños veo el pie descalzo del anciano pescador, sucio y curtido, haciendo estallar el ojo del pez. Al  principio la presión simplemente lo deforma. Casi inmediatamente el ojo estalla escapando en lágrimas blancas sanguinolentas entre sus dedos.
Sé que no es un ojo de pez. Es mi propio corazón. Mi alma, avejentada y agrietada, lo pisa con resignación, desprecio y ganas de dejar ciego mi espíritu.
Mi corazón está deformado por tanta presión.
Sé que la culpa espera el momento de la rendición, para ultimarlo, deformarlo definitiva e irreversiblemente.
No voy a dejar que tantas cicatrices queden en nada. No voy a rendirme.
No, al menos hoy, no.
Al final, lo que cuenta del camino, es lo firmes que hayamos sido siendo fieles a nuestro espíritu.
Nuestra esencia no se impone, puesto que lo que esperan de nosotros poco o nada tiene que ver con nuestra esencia. La única manera de conseguirlo es ser firmemente amante de nuestro espíritu, al margen de preguntas y, por encima de todo, al margen de las respuestas que esperan de nosotros.