Para la rana que se tira tras los cabeceros y explora en las peligrosas macetas del salón.

Cuando te miro, antes de dormir, soy consciente de que no es más valiente quién más consigue día a día, si no quien se enfrenta a mayores retos. Siempre lo he sabido, pero tú me lo recuerdas. Cuando te miro ahí, atrapada tras un cabecero, lamentando tu mala suerte, me sonrío, porque sé que sólo necesitas tiempo para ver de nuevo la luz. Tal vez un listón de metal al que aferrarte y poder usar como apoyo para salir de ese sitio que te oprime. Y si ya, ese listón de metal tiene marcas regulares, numeradas, que te sirven para redimensionar todo lo que te rodea… entonces te armas de valor y con la única defensa de una jabalina de bambú te internas en la profundidad de la maceta del salón, simplemente porque necesitas un cambio de aires.
Eres muy valiente, ranita.
Mucho más que quienes con poco esfuerzo logran más. No eres lo que tienes; eres más que eso. No eres lo que haces en tus trabajos; eres más que eso. No eres lo que los demás dicen de ti; eres lo que los demás no han descubierto y puede que no descubran jamás. No eres una historia; eres un sueño por cumplir y las ilusiones que otros no se atreven ni a imaginar. Todo eso lo sé. Pero a veces se me olvida.. Hoy tu ausencia me lo ha recordado.
Voy a coger un palillo y a internarme en la maceta del salón, a ver si te encuentro para agradecértelo. Aunque creo que no te encontraré allí, hoy te toca explorar el desierto.
Gracias, ranita.
Para A.
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La vida tiene atajos… la cuestión es hacia dónde.

No llega antes el que va más rápido, si no el que sabe dónde va . (Lucio, qué razón tenías)
Hay carreras en las que la vida te mete en un recorrido cerrado, en un chiquero. Ahí, sin posibilidad de elegir más allá del "sigo" o del "me paro", cuenta más el que más corre.
Hay vidas que no requieren de cintas de balizar, ni de vallas, ni verjas, ni de baldosas amarillas… Ahí cuentan más las decisiones que la capacidad atlética.
¿Qué opinará el corazón de tanto exceso? ¿Qué preferirá? ¿Latir más rápido y menos tiempo o latir más tiempo y más despacio?
¿Qué prefiere un sentimiento? ¿Llegar lejos o llegar al sitio en el que debe estar?
Por eso ni el corazón ni los sentimientos pueden elegir. Probablemente elegirían siempre salir corriendo por el camino entrevallado que muere en el redil. Eso o se volverían locos preguntándose dónde ir.
Por eso hay cosas que solo se ven oliendo, solo se tocan lamiendo y solo se huelen tocando…
 

Pura Energía: Carlos Parrondo, El Papi.

 
"El gran Locagoi (comandante de batallón) se acercó al joven poeta. Éste empuñaba una espada y miraba asustado al pasado, temiendo ajustar cuentas con él… Le habló:
– Llegan momentos duros, amigo. Momentos en los que tienes que ser práctico y valiente… y ya sabes que no hay nada menos práctico que ser valiente. Tú todavía eres muy joven y uno ya está viejo y cascado por todas partes. ¿Qué nos queda? Ser prácticos y valientes. Recordarás este tiempo con dolor. Ahora tienes que elegir si quieres o no recordarlo, además, como un tiempo de equivocaciones o de fortalecimiento. Yo no tuve la suerte de disfrutar de mi padre. Murió cuando yo todavía era muy niño. Pero si hubiera podido elegir, yo me imagino a mi padre y sería como tú…
El joven poeta estaba desconcertado ya anteriormente, pero estas palabras acabaron por arrancarle de su pasado y posar firmemente sus pies en el frágil terreno de la confusión presente. Esa confusión, poco a poco, se transformó en miedo a lo que tiene que llegar, y éste, a su vez, fue trocándose en el sentido práctico de quien asume que ha de afrontar lo irremediable. "
Cuando conocí a Parrondo dar un paso adelante me parecía una taréa titánica, correr me parecía labor de unos cuantos elegidos y terminar una carrera una tarea llena de sacrificios y sufrimientos. Con el tiempo descubrí que el sobrenombre de "El papi" tenía que ver con el ejemplo que suponía, el cuidado que prestaba y la atención que regalaba a todo el mundo, especialmente a los novatos o menos dotados para esto de tragar millas. El desánimo no cabía junto a Carlos. Era como un general griego, de vuelta ya de mucha batalla inútil, pero necesaria en la vida, que trata de compartir con los más jóvenes algo de cordura y de fortaleza de ánimo. Era un líder, sin duda, de esos que pasan inadvertidos para los que se creen líderes y de los que son indispensables para los que, sin serlo, sueñan con ser lo que sueñan.
Era un gran deportista. Una persona que me enseñó que el éxito no sólo está en tener más capacidades que los demás. El triunfo no estaba exclusivamente en el pódium, ni siquiera en mejorar la marca personal. El éxito esta en no rendirse a la ira cuando las cosas no salen y en ayudar a otros cuando las cosas salen tan bien que corremos el riesgo de olvidarnos de los demás. El triunfo, la victoria, el éxito, la esencia del deporte y la competición la encontraba en el disfrute de los pequeños detalles. Capaz de hacer reír en las situaciones más comprometidas. Capaz de hacerte sentir especial y especialmente cuidado. El Papi era el Papi por algo. Supongo que porque sabía lo importante de tener quien te apoye, quien te exija y quien te enseñe. Siempre pendiente de los demás sin renunciar a su espacio y sin robar el espacio de nadie.
Ayer mucha energía quedó libre.
Con el corazón partido de Carlos muchos quedamos algo huérfanos. Desde los que estamos aprendiendo a vivir la vida como si fuera algo más que una Batalla Perdida a punto de comenzar, hasta los que están aprendiendo a llorar desde que son conscientes de lo mucho que pierde quien ama y no arriesga.
El gran comandante se encontró con Hades y decidió acompañarle, sin rendirse, por supuesto; no al menos en mi imaginación. En el Erebo, en las primeras cuestas, dejó atrás a Hades y entró sólo y destacado en los Campos Elíseos, aventajándole notablemente y lanzando besos a puñados hacia los espectadores. Hermes y Caronte apretaban el paso para no parecer descolgados o faltos de protagonismo, pero en el fondo sabían que tenían poco que hacer hasta que el Papi decidiera parar. Por supuesto, en el camino por el Estigia, Carlitos pagaba el óbolo de los despistados que llegaban allí con los bolsillos vacíos…
Fue la última carrera, el último paseo de libertad, acompañado de amigos, para el dorsal 164.
 
 
 
Un orgullo y un honor haber compartido contigo una parte del viaje. Hasta siempre.
Carlos Parrondo, Papi, gracias. Lamento tu ausencia.
 
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