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El tiempo pasa. Se escabuye como arena entre los dedos. ¿Has jugado alguna vez con esa arena fina… esa que se desliza por los pequeños huecos que quedan entre tus dedos? Haz un esfuerzo en recordarte de niño jugando con la arena. Haz el esfuerzo de recordar uno de esos días cálidos de playa en los que, libre de toda intención, te dedicabas a cazar, a cazar a puñados la arena y asirla fuertemente hasta la nada. Hasta notar que tu mano se aferraba a sí misma y a nada más, porque la arena había encontrado un resquicio por el que huír. Algunas veces, cuando el empeño y la fortuna hacían posible conservar algo en la mano… ¿quién no la sumergía en el agua del mar para liberarla de cualquier resquicio? Era un ejercicio, primero, de cazador, y luego de domador. Primero cazábamos la arena y tratábamos de que no se escapara bajo ningún concepto. Luego, cuando una pequeña y ridícula cantidad continuaba en nuestro puño, nos deshacíamos de ella a nuestra manera, disolviéndola en un lugar en que jamás podría ser recuperada intencionadamente por nadie. De aquellos intentos me queda el recuerdo de la caricia tibia de la arena en la piel de mis manos, como vidrio cálido de un impreciso reloj. Seda entre los dedos moviéndose lenta y firme. Seda que se desintegra al contacto con el agua. Esa arena pícara y libre es como el tiempo. Puedes aferrarte a no perderlo, o deleitarte con las sensaciones que se viven. ¿Recuerdas la caricia de la arena cuando te deja libre? ¿Recuerdas el tacto de la arena en su huída? Qué vacía quedaba la mano tras su marcha… ¡Qué dispuesta para otros tactos!
(Para ti, A. por darme vida)