Cuentas y arena.

Debía tener 15 años cuando sintió por primera vez que quería sacar a alguien de su vida. Fue a la tienda de la esquina. La del viejo que vende de todo y todo caro. Encontró lo que buscaba. Era una bolsa de piel, de no más de dos puños de capacidad. Cuando se encontró cara a cara con él no se atrevió a mirarle a los ojos. Sólo le quería fuera de su vida. Ni siquiera le odiaba.
Esperó el momento oportuno, agarró la sombra de aquél por el cuello y la introdujo en la bolsa de piel.
Automáticamente el chico desapareció… como su sombra.
Así lo continuó haciendo el resto de su vida. Cuando algo azoraba su alma le robaba la sombra y la escondía en aquel cementerio de falsas impresiones.
Nunca consiguió ser feliz. ¿Qué esperabas? Su único caudal ere aun azaroso juego de sombras que, si bien eligió robar, nunca llegó a descubrir qué luz las provocaba.
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