¿Pero cómo se lo decimos?

Miró  alrededor de sí mismo, buscando algo con lo que escribir.
– No busques más… toma. Escríbele algo sencillito, que se nos hace tarde.
– ¿Pero qué le escribo?
– Pues no sé. ¿A ti cómo te gustaría que te lo dijeran? Pues igual.
– Ya … pero ¿cómo se lo decimos?
(…)
– Anda, déjame. Si tampoco es tan complicado, no creo que nos vaya a decir nada…
Tomó el pedazo de papel y con el lápiz de carmín escribió:
"Sentimos mucho haberte matado. Descansa En Paz… Ya nos veremos"
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Hoy

Hoy he regalado un día.
Lo he perdido.
En definitiva, hoy me he muerto un día antes.
Lástima.
Debí haber nacido más inteligente.
Prometo que mañana intentaré que la muerte me devuelva el día.
Dudo que lo haga, yo decidí enterrarlo.
La verdad es que ha sido sin querer. Lo guardé en el bolsillo, para aprovecharlo mañana, pero no me di cuenta de que estaba lleno de arena.
Imagínate qué sensación cuando lo busco. Lo busco y noto la arena escurriéndose, dentro del bolsillo, ensuciando mis dedos.
Lo he perdido… y me produce una profunda tristeza solamente equiparable a la melancolía por lo que no se ha vivido ni se vivirá nunca.

Envidia.

Me das envidia.
Ojalá pudiera sacarte de mi vida cuando lo necesitara.
Ojalá pudiera segar lo que te une a mi tierra, incompletamente estéril por lo que se ve.
Ojalá supiera cómo arrancarte, como esa muela que duele. Ojalá pudiera hacer que dejaras de existir en mi vida hasta que todo se sosegara, volviera a mí la cordura, la paciencia y la razón, para contener la sangre que escurre por mi ira.
Ojalá pudiera hacerlo como lo haces tú.
Ojalá pudiera, además, cuando todo se sosegara y volviera a mí la cordura y la paciencia, volver a unir tu tallo a tus raices, abrazadas a mi tierra.
Ojalá pudiera volver a implantar la muela en su justo lugar, que ya no duele. Ojalá pudiera volverte a hacer existir en mi vida como la primera vez que te vi.
Lo malo es que no conozco aún de guadañas que desieguen, muelas que sin dolor crecen en su antiguo hueco.
Tampoco conozco personas que dejan de existir en la vida de unos, existiendo, a la vez, en sus vidas aquéllos.
Ésos son fantasmas.
Tampoco conozco los que existen en mi vida sin existir yo en la de ellos.
Ésos son muertos.

Cuentas y arena.

Debía tener 15 años cuando sintió por primera vez que quería sacar a alguien de su vida. Fue a la tienda de la esquina. La del viejo que vende de todo y todo caro. Encontró lo que buscaba. Era una bolsa de piel, de no más de dos puños de capacidad. Cuando se encontró cara a cara con él no se atrevió a mirarle a los ojos. Sólo le quería fuera de su vida. Ni siquiera le odiaba.
Esperó el momento oportuno, agarró la sombra de aquél por el cuello y la introdujo en la bolsa de piel.
Automáticamente el chico desapareció… como su sombra.
Así lo continuó haciendo el resto de su vida. Cuando algo azoraba su alma le robaba la sombra y la escondía en aquel cementerio de falsas impresiones.
Nunca consiguió ser feliz. ¿Qué esperabas? Su único caudal ere aun azaroso juego de sombras que, si bien eligió robar, nunca llegó a descubrir qué luz las provocaba.