Arena en el bolsillo

Paseaba por las calles que separaban el metro de su trabajo. Llevaba toda la vida con una sensación de ausencia ciertamente preocupante. El vacío que normalmente sentía se confundía, a veces, con la incertidumbre de no saber siquiera si estaba realmente allí o formaba parte de un sueño como figurante o personaje secundario. Insatisfacción. Vacío.
Distraído metió el pie en un charco, con tal violencia que gran parte del agua escapó de su trampa y se perdió calle abajo, agazapada junto al bordillo. Era agua casi negra, hollín y mugre disuelta en el agua de la nieve deshelada. 
El hueco lo llenó rápidamente agua más agitada de la parte superior de la calle. Agua chusca y grisácea, pero no tan negra como la anterior.
Mientras los goteros de las cornisas y las terrazas le castigaban la cabeza pensó que, quizá, el truco era precisamente ese. Agitarse con violencia y terminar por vaciarse… para que el hueco quedara realmente disponible al porvenir.
Estar vacío no es tan malo como sentirse vacío.
 
 
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