me recuerdo

Yo, de joven, viajaba mucho. Pero siempre lo hacía con la imaginación o con el corazón.
Me recuerdo preparando una maleta para viajar a Granada, comprando un billete que no era para mí y olvidándome mi corazón en algún recóndito despeñadero afectivo de aquellas sierras.
Me recuerdo viajando a las arenas del desierto, buscándome entre sudores, calor y deseo. Pero no me recuerdo volviendo con la misma voluntad e ilusión que cuando partí.
Buffffff… Me recuerdo en aquél  paseo breve en la barca de tránsito. Acompañando a mi amiga. Creo que algo más que mi recuerdo, mi amiga y mi tiempo se debió caer en la barca de Perséfone (ve tú a saber si fuera incluso por la borda). Cuando llega el verano noto más su ausencia. En otoño, que es cuando mueren los héroes y los dioses, me siento mucho mejor, lo que me reafirma en mi condición humana.
Me recuerdo en el viaje más humillante que se pueda realizar. Busqué una sirena y me la encontré enamorada de una divinidad oriental, de esas multibrazo y multicabeza, con seis brazos y dos cabezas (por lo menos). Una de las cabezas pertenecía a un analfabeto calvo y yonqui. Me extrañó mucho encontrarme frente a esta escena, pero fue muy ilustrativa. Otra pertenecía a un psicólogo, pequeño saltamontes con tirantes, banquero y plurideficiente en general. La verdad es que cuando me ofreció consulta gratis siempre supe que era para acercarse a mi sirena, pero bueno, mejor con él que no con el yonqui… en fin. De este viaje solo me traje tristeza y la certeza de que a veces es mejor conservar los bolsillos llenos de arena que de recuerdos incompletos. Es el típico viaje del que no te quieres acordar pero es imposible olvidarte (como cuando por accidente le ves el culo a tu suegra, vamos… todo un trago).
También viajé a un pasado lleno de gente que sin parar me decía, me contaba, me llamaba… pero algo debió ocurrir en aquél viaje, porque me juzgaron a mis espaldas y condenaron. Como no aguanto las condenas, ni cuando las sentencias dicen más cosas malas de los fiscales que de los reos, huí.
Me recuerdo también viajando solo, casi siempre solo. En compañía, sí, pero normalmente renunciando a destinos y paradas. Siempre solo. Y me recuerdo asustado a estar siempre así de solo. En fin, que en ese viaje me dí cuenta de haber perdido la valentía que a todos se nos presupone.
En los últimos viajes me he encontrado con gente que no disfruta del camino como dice. Yo el primero. Ahí creo que corro el riesgo de perder la ilusión.
Siempre aparece algún personaje extraordinario y extravagante. Qué diferentes somos unos de otros. Estos me hacen recordarme sorprendido como un niño. Aprendiendo. Y me recuerdan que en la bolsa de monedas de oro no hay oro, pero sí queda algún doblón de ilusión.
Ahora, realmente no sé dónde voy. Sé que sigo el camino de alguien. Me gusta el lugar hacia el que va y el sitio por el que me lleva. Pero justo cuando voy a alcanzar su sombra, resulta que está detrás de mí, persiguiéndome en sus inseguridades y sus miedos. Vamos, que me veo haciendo círculos y ocultando huellas que no son mías, precisamente.
El viaje que comencé hace mucho y del que todavía no me desprendo es uno lleno de peligros y ausente de amigos. Sí, hay compinches, pero amigos… mmmmm… En los barcos y entre piratas no puede haber más que cordialidad y complicidad. La amistad hay que dejársela a los que tienen los pies en la tierra.
Me recuerdo en viajes que tengo por realizar.
Algún día tengo que hacer una lista con todo lo que me he traído de los viajes, no con todo lo que he ido perdiendo en ellos.

Era cuestión de tiempo…

Se empeñó en cubrir las huellas que iba dejando tras de sí.
No quería que nadie siguiera su camino sin su permiso.
Bloqueó caminos. Preparó dolorosos cepos en los su persona era el cebo. Mantuvo la mirada vigilante y el cuerpo alerta.
Con el tiempo cayó en una de sus trampas y allí permaneció hasta que consiguió soltarse.
Deambuló días, noches, vidas… y no encontró el camino de vuelta.
Un desconocido se cruzó en su camino y le sistió. Cuando le preguntó que por qué no había salido de aquél pequeño matorral para buscar ayuda, comprendió lo ridículo de su existencia en la huída.
Supongo que lo que nos hace grandes no son las empresas que acometemos, si no el ánimo con el que las enfrentamos. Si tu ánimo es constructivo todo se va haciendo más elaborado. Si tu ánimo es evasivo, corres el riesgo de convertirte en una caricatura ridícula de lo que un día fue tu odiado perseguidor.

Pastillotes para dejar de fumar… palabrotas para dejar de dudar…

Bueno, no son grandes momentos. La verdad es que se sufre un poquillo en cuanto se tiene la más ligera excusa para pasarlo mal.
Mi excusa es el haber dejado de fumar.
Bueno, mi excusa, a veces, es que algo no me va bien.
Bueno, mi excusa, a veces es que todo me va bien.
A lo que no me pienso acostumbrar es que mi excusa sea que es a ti a quien no le va la cosa bien.
Mira, para evitar la tentación… qué te parece si leemos juntos este poema de Kipling. Seguro que lo conoces.
 

“Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor

todos la pierden y te cubren de reproches;

Si puedes tener fe en ti mismo cuando duden de ti

los demás hombres y ser indulgente para su duda;

Si puedes esperar y no sentirte cansado con la espera;

Si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,

y si eres odiado, no devolver el odio, sin que te creas por eso,

ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo;

Si puedes soñar sin que los sueños, imperiosamente, te dominen;

Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único,

Si puedes encararte con el triunfo y el desastre,

y tratar de la misma manera a esos dos impostores;

Si puedes aguantar que la verdad por ti expuesta,

la veas retorcida por los pícaros, para convertirla en lazo por los tontos.

O contemplar que las cosas, por las que diste tu vida, se han desecho.

Agacharse y reconstruirlas, aunque sean con gastados instrumentos.

Si eres capaz de juntar en un sólo haz todos tus triunfos

y arriesgarlos a cara o cruz en una sola vuelta.

Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste,

y nunca mas exhalar una palabra sobre la pérdida sufrida;

Si puedes obligar, a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,

a que te obedezcan aun después de desfallecido y que así se mantengan,

hasta que en ti no haya otra cosa que la voluntad gritando:

"¡Adelante!".

Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,

o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;

Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos pueden causarte daño,

Si todos los hombres pueden contar contigo, pero ninguno demasiado,

Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,

con el valor de los sesenta segundos de la distancia final,

tuya será la tierra y cuanto ella contenga,

y, lo que vale más, serás un hombre, ¡hijo mío!.”

 

Vamos, vamos. No dramaticemos. Pero no me negarás que de todo lo que escribe aquí Kipling, en ti se da más que la mayor parte.

Ánimo. Definitivamente está en tu mano.

                                                                                                              No te equivoques.

 

El abogado de oficio

Recuerdo que, hace 20 años, cuando trabajaba como abogado en un famoso despacho de Madrid, fui requerido para prestar servicios como abogado de oficio.
Cuando conocí a mi cliente me quedé estupefacto. Se trataba de un gnomo, no más alto que mi bastón de hueso de ballena. El hecho que se le imputaba era el de imprudencia temeraria, asociado a un supuesto intento de provocación de incendio.
Según me contó, la noche de autos se vio ante una desvalida llama llamada Yema. Eso es lo que yo entendí, al menos. Y bueno, la desvalida llama Yema necesitaba ayuda para volver a la hoguera de la que había salido despedida por culpa de una brasa que le había dado demasiado al botijo y, claro, ya se sabe, que el agua con el fuego acaba por discutir y estallar la cuestión… con onda expansiva incluida.
Total, que según había salido de su cueva adosada, en calzoncillos y con la ayuda de una linterna de petroleo, condujo de nuevo a la llama Yema hasta la hoguera. Con tan mala suerte que nada más dejarla en el hogar, fue divisado por un jovenzuelo, lo cual provocó su rápida huída, yendo a chocar con un fornido acompañante, leñador en su tiempo libre, y guardia civil en la reserva. Total, que le despertó. Y acabó dando explicaciones de por qué iba con una lámpara ardiente por mitad del bosque, en calzoncillos, un cacetín de colores en la cabeza y tanta prisa.
Como tuvo que ocultar, por miedo, su mágica condición de gnomo (que de todos es conocida la marcada tendencia del humano a destripar lo que no entiende …y a quien es diferente), dio una serie de explicaciones muy vagas y confusas, llegando incluso a silbar con disimulo ante las inquisitivas miradas del agente de autoridad. El guarcia civil que llevaba dentro el fornido leñador terminó por engrilletarle y ponerle en manos de las autoridades competentes acusado de pirómano, de uso indebido de derechos de autor y exibicionismo impúdico.
Por supuesto, ganamos el caso, salvo la parte que tocó pagarle a la SGAE…
Moraleja: sé creativo, sobre todo si eres pequeñito, diferente y te encuentras semidesnudo en mitad de un bosque a la guardia civil.
(dedicado Al Jéeeesu, carpintero de almas)

Mantener la mirada.

Hay veces que mirar a los ojos de alguien no provoca más que la huida de su  mirada. Quieren mirarte y contarte con los ojos, pero no se atreven… no les satisface hacerlo justo en ese momento… no te cuentan lo que te quieren contar y todo lo que no se atreven a decirse a sí mismos. Se enfadan, se avergüenzan, se exaltan… o se asustan…
Apartan de tu mirada la suya.
Y cuesta mucho no perseguir una mirada huidiza. Tratando de inferir cariño, seguridad, comprensión… y provocando presión, agobio, ansiedad.
Por eso, algunas veces, conviene dejar que las personas, cuando están tristes, busquen tu mirada a través de las palabras escritas. Que imaginen tus ojos cuando les dicen que lo que les está ocurriendo no es justo, pero que la vida no tiene por qué ser justa. Que tienen que luchar. Que tienen que vivir con amor y con humor la vida. Que tienen que ser firmes a la hora de no regalarle sueños al mohíno reflejo de su imagen en un charco. Que se tienen que querer y confiar en sí mismos, porque valen más que lo que les pasa en la vida. Que todo irá bien. Que todo es posible en esta vida. Que la ilusión mueve montañas. Que el que arriesga pierde un poco y que quien no arriesga lo pierde todo.
Es mejor que te imaginen mirándoles a los ojos mientras les dices que les quieres. Y que sacrificarías parte de lo que te rodea por ayudarles. Porque, verdaderamente, mi caudal está en sus sonrisas, su felicidad, su apoyo y su mirada.
Es difícil ser un hombre de éxito. Pero, qué le voy a hacer… yo lo soy.
He triunfado. Tengo todo lo que quiero y me falta todo, incluso aquello que me queda por alcanzar. Tengo metas, que me recuerdan que esta vida no es más que un tránsito en el que la prevalencia dura lo que dura el recuerdo y el amor. Tengo sueños, que me recuerdan que todo es posible, todo es alcanzable. Tengo experiencias, que me recuerdan que las pérdidas, los errores y las equivocaciones forman parte de ser persona.
Tengo todo lo que puede desear alguien que tiene a alguien como tú a su lado… aunque, a veces, no me sostengas la mirada. Y sé que no es porque estés enfadada conmigo. Más bien creo que es porque tus ojos se centran en las imágenes que te procupan, que te ciegan y encadenan tus ojos al obstáculo, y no al camino que lo evita.
Todo se arreglará.
Tu vida nunca te decepcionará, eso te lo garantizo.
 

¡Cómo es la gente!

Unos versos oscuros pueden resultar tristes para quienes los escriben y tremendamente reconfortantes para quienes los leen.
Yo prefiero pensar que algún día mucha gente podrá hablar en verso, son metáforas crípticas y siempre al oído de quien quiere o dice querer, para no tener que vomitar vida. Siempre es mejor un susurro que un silencio.
El susurro te obliga a acercarte, mientras que el silencio te obliga a respetar la distancia.
A ver si va a resultar que lo que no soportamos es oír el sonido de nuestra propia voz.
Las personas somos especiales.
Los que no se ven castigados por la soledad de las propias ausencias se ven superados por la ausencia de los que se sienten solos.
Somos especiales… y raros.
Hasta siempre, Ayala.