Me tiran las penas de los recuerdos

Me tiran las penas de los recuerdos
y miran en mi interior el desorden,
disfrutando de la sangre que amamanta
la decepción, la ausencia y el vacío.
Me tiran las penas de los recuerdos,
dejándose morir matando sueños,
disfrutando del cómplice mezquino
que nunca acompaña salvo ingrato beso.
Llevo quedándome escondido unos cuantos meses. Viéndome pasar en la vida de otros. Otros que contaron incondicionalmente conmigo y ahora no aparecen si no es por necesidad de nuevo. ¿Dónde están los que antes apoyaban, querían, debían de por vida…? Me cansáis, amigos postizos y gente vacía. Me canso de todo y lo malo es que me estoy acostumbrando a sentirme cómodo en soledad.
Pasa el tiempo y lo que a uno le hace un tremendo daño a otro le da pie a la burla y a la risa en arroces y ojos apaisados. En este mundo todo es ridículo y relativo. Desde la menor de las autocompasiones hasta el mayor acto de heroísmo: ridículo. El deseo y la tenacidad es lo único auténtico en este mundo que cada día me entierra más entre los restos de los cadáveres de los que un día fueron llamados amigos.
No me queda ni un solo amigo de verdad. No me queda ni un solo recuerdo compartido. ¿Quién dijo que tuviera que quedar? No tengo confidente ni soy confidente de nadie. No tengo camarada al que levantar cuando se cae, ni al que apoyar cuando se tambalea. No confío en nadie ni lo haré.
No sientas lástima, yo no tengo ningún problema.
Estoy condenado a muerte por mis vulgares crímenes menores. Mañana moriré. ¿Y qué? Morir para nacer. Nacer para crecer. No hay verdugo que no desee matar, aunque sea en el profesional ejercicio de su oficio. Al menos me permito escupir su cara. No es por despecho. Es por que no quiero que confunda mi serenidad con la muestra de una incipiente amistad. No quiero volver a confiar en nadie.