ansiedad

Cuando se tiene prisa por recoger los pedazos de alma a manos abiertas, paleando entre la arena, se corre el riesgo de acopiar más peso del necesario. Alguna piedra, algún cristal de filo cortante, algún insecto comedor de sueños. Respirar tranquilamente es difícil cuando los pedazos de uno mismo se deshacen y separan como el papel viejo sobre el agua. El corazón late más rápido como si quisiera acelerar la cuenta de latidos pendientes y con los párpados cerrados nuestros ojos buscan vistas que nos producen más desasosiego que otra cosa.
Los pedazos de alma siempre caen en la arena, enterrándose más profundamente cada segundo que pasa. Cada instante más dispersos.
Y el corazón late más y más rápido, como si quisiera que acabara la cuenta atrás.
Y uno decide aferrarse a uno pedazo de esos que se entrevé aún sobre la arena. Se centra en él. Sin olvidarse de los demás pedazos, recoge uno, el que más a la vista está. Y cuidadosamente le quita cada pizca de arena, lo limpia, lo mima. Y al acabar el trabajo se siente inquieto, respira con mucha zozobra y su corazón sigue latiendo deprisa. Es inevitable sentir culpa por los pedazos de alma que quedan enterrados.
No deberíamos parar hasta recuperar todos esos trocitos de sueño. No deberíamos parar en la tarea hasta recuperar el que más profundamente se ha ido enterrando. Normalmente, los más densos pedazos de alma son los que antes acaban por hundirse en el fango, cuando no hacemos nada.
No deberíamos parar hasta rescatar de la arena el pedazo de alma más importante.
Cuando se tiene prisa por recoger los pedazos de alma a manos abiertas, paleando entre la arena, se corre el riesgo de olvidar que hasta que no se recupera por completo cada trozo, nuestra tarea no está terminada. Es el riesgo de olvidarse de quienes somos y quienes queremos ser. El riesgo de olvidar lo que nunca hemos sido y en lo que jamás querremos convertirnos.
Hace poco, buceando entre arena, lodo, morralla y basura, me crucé con tres personas que buscaban salir a flote. Dos de ellas tenían todos los pedazos de su alma en los bolsillos. La tercera no. Sé que nunca volverá a cruzarse mi camino con los suyos. Dos de ellos nunca habrían llegado tan profundo. El tercero nunca perdió su alma, lo que me hace incomprensible ver cómo se daba un baño con el corazón latiendo azorado, abrumado por el pesar y lamentando ve tú a saber qué males.