Impotencia… y valor.

La impotencia es lo que se siente cuando no se puede influir en lo que está pasando o lo que ha dado en pasar sin contar contigo. Hay muchas clases de impotencia… la sentida ante la muerte de alguien querido; la sentida ante una injusticia; la sentida ante las propias limitaciones… hay tantas…
La peor que puedo llegar a sentir es la que nace al ver sufrir a quienes quiero profundamente, sin poder hacer nada por ayudar. Hay un paso de distancia entre su sufrimiento y mi felicidad. Pero hay un abismo tan negro y desconocido ocupando el espacio de ese paso… me aterroriza darlo y ser rechazado. Me aterroriza caer a la negrura de ese abismo y no poder vivir más colores nunca jamás.
Pero hay que armarse de valor. Hay que dar el paso, el salto o, si toca, volar. Porque lo imposible hay que intentarlo, a la vez que hacemos lo realmente difícil. Es tan solo un paso, aunque el abismo sea profundo como una grieta en el alma.

Colores por todos lados…!!!!! Besos de colores!!!

Cuando una mañana te levantas, y creyendo que se han visto todos los colores posibles, te encuentras frente a un arcoiris de mimos y sentimientos cálidos, te das cuenta de que en tu vida, hasta hace muy poco, habían faltado muchos tonos, puros y mezclados.
Gracias, ranita, por hacerme sonreir con unos trazos de tinta y con la franqueza de tus gestos.
Para A.

Gracias Benedetti

Aleluya

Aleluya. El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo.

Aleluya. En alguna rara ocasión mi soledad se llena de prójimas y mis brazos abrazan y abrasan. Mi memoria viaja de noche en noche; mis jardines, de amanecer en amanecer.

De todos los puentes cruzo el más frágil: el que une tu desolación con mi consuelo, y mi consuelo con tu desolación, Acaricio los pinos antes de que en el próximo vendaval besen el suelo.

Aleluya. Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina. Nos vamos para volver; volvemos para irnos de nuevo. El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo.

De: Vivir adrede. Mario Benedetti

El mal sueño soy yo

No hay nada semejante a respirarte al despertar.

No hay nada más insoportable que soñar que estás felizmente despierto… y despertarse.

No hay nada más difícil que imaginar un tiempo por venir sin estar a tu lado.

Toca comparar el hoy con lo anterior.
Cuando me daba cuenta de todo lo que la gente lucha y por lo que moría cada día, de todo lo que la gente defiende y de las bajas que soportaba en ese devenir… no lo podía evitar. Siempre tenía una sensación de superioridad con respecto a los demás. Desde la distancia pensaba que las bajas eran demasiado costosas para quienes lo perdía o exponían todo eligiendo un mal motivo o momento para la pelea. Siempre se me dio bien pelear, sobre todo por causas que ya estaban perdidas y que nunca me exigirían como resultado la victoria. Causas en las que la mayor de las victorias era una supervivencia en enorme inferioridad de condiciones. Siempre causas en las que el enemigo era brutal y yo no era realmente su rival, sino el adalid de sus víctimas.

Superioridad.

Superioridad, por salir sin un arañazo de la refriega.

Superioridad por saberme temido por los monstruos de metal y corazón denso.

Superioridad por ser cada día más duro y autosuficiente.

Superioridad por saberme admirado por quienes nunca se atrevieron a luchar en mi lugar.

Superioridad falsa. La mejor armadura. Sólo hay una protección más eficaz de rodearte de quienes necesitas: rodearte de gente que te necesita en luchas imposibles.

De un tiempo a un pasado cercano, llegué a creerme que el hecho de haber participado en tanta locura y batalla perdida de antemano me había demostrado ser invulnerable. Por eso sentía tan injusta la vida. Puro egoísmo basado en la falsa sensación de tener que ser respetado por lo que yo creía haber hecho. Las palabras en mi currículo, escritas con sangre donada de otros inocentes, parecía que tenían que ser vistas con más aprecio y leídas con más atención que cualquier otra frase. Ya no eran frases, eran versos que debían ser disfrutados sin más.

De un tiempo a un pasado cercano convertí toda esa sensación de seguridad en una carga de culpa y egoísmo. Culpa por saber que lo que acometí voluntariamente arrastraba los riesgos de creerse injustamente invulnerable y superior. Superior… qué ridículo… ¿superior a qué?

En el fondo siempre tuve la sensación más acomodada a la conciencia tranquila de quien no quiere tener remordimientos. Lo difícil siempre me resultó sencillo y lo imposible un reto. Lo sencillo me exponía a verme reflejado en los ojos de la gente sencilla… y es un reflejo fiel de uno mismo.

Confieso que ser consciente de estar ante el propio reflejo y no desviar la vista siempre me ha costado. Me ha costado mirarme a los ojos y quererme sin más, sin que otros me quieran.

De un tiempo a un pasado cercano me he tenido que decir a solas todo esto, porque ya no está aquí conmigo mi alma gemela, Mi Geli, contándome que se siente igual o completamente diferente. Me ha costado decírmelo con mis propias palabras sin tomármelo como una derrota o como una declaración de intenciones. Aceptar que, hasta hoy, los granos de arena caídos de un tiempo a un pasado cercano ha sido un asado de difícil digestión. Días sabrosos y pesados.

Desde un pasado cercano al día de hoy he pasado de morir a nacer y de nacer a crecer… como toda esa gente ha he visto sufrir grandes pérdidas en pequeñas empresas.

Hoy he vuelto a tener malos sueños. Muy malos sueños en los que el pasado de otra persona trataba de arponear mi presente. No pasará. Debo apretar el paso, o pisar fuerte aunque vaya despacio. Si el suelo ha de romperse a mis pies que lo haga. No cederé ante los fantasmas que sé, que imagino y que no forman parte de mi vida. En mis sueños todo se resuelve o todo me incoha a luchar por lo que merece la pena.

Hoy me he levantado sintiendo que el período que fue desde un tiempo a un pasado cercano es un borroso recuerdo que me hace sonreír cuando me miro al espejo. No lo he olvidado, pero sí me siento muy alejado de aquellos momentos en los que tuve la suerte de morir para nacer. Siempre me resultó más fácil tener un sentimiento trágico de la vida. Siempre me resultó más fácil vivir en la contradicción.

Hoy me he sentido muy bien al ver mi reflejo en el cristal. En mi sueño quedan mis miedos, mis iras y mis dudas. Por suerte estoy despierto.

No hay nada semejante a respirarte al despertar.

Y tuvo que aparecer D. Gregorio Marañón

Recuerdo la época en la que me encontré leyendo a un médico que escribía como quien busca a cambio de una frase una moneda y se encuentra, a cambio de unas palabras, con un caldero lleno de oro. Todo lo que leía de él me parecía digno de un espíritu superior. Una y otra vez leía sus célebres frases cortas dejándome inspirar, guiar… incluso dejándome comprender.
Últimamente pasan cosas a mi alrededor que me recuerdan mi distanciamiento de Don Gregorio.
Me encuentro ante gente que con su velocidad me despeina las ideas y, a veces, los sentimientos.
Y entonces recuerdo a D. Gregorio: "La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa."
En seguida me pongo alerta y trato de capturar la estela de los que no quieren ser alcanzados. Corro todo lo que puedo para ponerme a su altura y gritar todo lo alto que pueda "¿Pero por qué vas tan rápido? ¿No ves que alteras todo mi mundo?" Siempre me han contestado cosas extremadamente racionales e intensas. Cosas que me han hecho sentir, a veces, inferior a ellos. Cosas que, a veces, me han hecho sentirme tan diferente… incluso tan limitado.
Siempre han relacionado la libertad con la caída libre, con el sentimiento desesperado de vida, con el apego desmedido la búsqueda y con la rápida satisfacción del ego. Siempre me han contestado que el que es libre lo es porque está sólo; que el que está vivo lo está porque hace lo que desea y el deseo es la brújula que a uno nunca le falla; que quien siente desesperadamente la vida sólo tiene una manera de hacerlo: temiendo a la muerte y espantándola, con colores tan brillantes que no todo el mundo está preparado para distinguirlos. Siempre deceleran, para contestar… se dejan alcanzar por un lentorro que no exprime la vida como es debido. Bueno, deceleran por eso y porque no están acostumbrados a verse interpelados en su magia con la magia más persistente: la ingenuidad. Lanzar un "¿por qué?" a tiempo es más eficaz que atizar a Voldemort (o como coño se llame) con una varita mágica del tamaño de un extintor en todo el colodrillo. A lo que iba, que me pierdo en mi propia fantasía. La cuestión es que los seres inalcanzables que saben verdaderamente lo que es la autenticidad en la vida, los intocables de corazón y los sagaces locos tapa grietas, acaban por poner por un instante los pies en la tierra y recostar la cabeza en mi hombro para contarme las maravillas que me estoy perdiendo. Lógicamente, en ese comportamiento ambiguo, me descoloco más. ¿Quizá por haberme tocado soy yo merecedor de alcanzar la misma libertad y felicidad que Ellos? No. Lo desecho. Ahí está Gregorio, para recordarme que no siempre he estado de acuerdo con vivir deprisa. La verdad es que, con la parte de engendrar vicios, tengo yo más reticiencias. Pero no, desecho la idea de la rápida recompensa y del movimiento constante. La bipartición es una buena manera de crecer y desarrollarse, extenderse y parirse… pero prefiero que mi parto sea lento.
Una vez intenté seguir a alguien que volaba, y creí volar incluso. Miraba el suelo bajo mis pies y cada vez lo veía más borroso y alejado. Oía el batir de alas de mi compinche de viaje y me sentía tan afortunado de haberme contagiado de su magia… Se movía más rápido, con más habilidad y más ágilmente que yo. Yo era un mero aprendiz. Desaparecía entre las nubes y aparecía cuando quería, sin posarse en el suelo para nada. Yo, mientras tanto, y tras disfrutar intensamente de unas sensaciones plenas de autonomía, libertad y autenticidad, pasé a sentirme obligado a seguirle e impedido a alcanzarle. Es más, cuando renunciaba a caídas en picado con doble tirabuzón, o a un batir de alas continuo, porque me cantaba el alerón y buscaba una reparadora lucha, mi compinche venía y me abroncaba. Qué común, simplón y poco interesaba le resultaba en los momentos en los que no seguía la estela de su culo. No podía bajar la guardia ni por un instante, ni siquiera para leer y mucho menos para escribir. ¡Por poco me deprimo profundamente entre tanto abatares y aleteos! El vuelo… la inmortalidad… la libertad… Como siempre, apareció Gregorio. Y en mi cabeza retumbaba una de aquellas, sus frases lapidarias. "Sólo el que sabe es libre y más libre el que más sabe. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas."
La verdad es que hay gente que no tolera a su lado a quienes vuelan sin soportar la carga común de lo que consideran que es la forma adecuada de vida. Es curioso, se empeñó en hacer volar a los de su alrededor, pero sólo entre el mar y el cielo. En fin. Mi época de acompañar a Dédalo no ha terminado, aunque preferiría que no cayera a sus pies tánto Ícaro.
Vaya por dios… otra vez que me voy por la tangente. Yo, realmente, de quien quería escribir, es de D. Gregorio Marañón. Bueno, más bien de mi rebeldía frente a él.
De Marañón me enamoró una frase especialmente. Más bien contribuyó a la confusa etapa en la que me enamoré del amor. ¿Cómo era? Mmmm… ah, sí: "No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy." Creo que de esto no he sido consciente hasta hace aproximadamente un año. No sé, a estas alturas de mi vida, si esta frase es una declaración de intenciones, un verso amable o, por contra, es una hostia a mano abierta en la cara de alguien que pasara por la vida de D. Gregorio, dejando más escozor que sabiduría.

Claro, en su momento, esto contribuyó notablemente a enraizar en mi ser la idea de que siempre hay un mañana en el que poder disfrutar de lo que hoy no se es en el amor. Sólo el que haya luchado por un amor imposible o por un sentimiento muerto al nacer sabe a lo que me refiero. La cuestión es que me atrapó esta idea, idea que ahora veo como algo "infanto-pueril". A veces, inventarse palabras es más que necesario.
Tras una pequeña crisis con D. Gregorio, y teniendo yo uno 16 añitos, me encontré con un reconciliador mensaje: "Casi siempre que un matrimonio se lleva bien, es porque uno de los esposos manda y el otro obedece." No es que sea un pensamiento muy profundo, pero oye, siendo yo un poco caradura, sirvió para ir formándose los sólidos cimientos del inmenso edicio que tumbé a soplidos meses más tarde. De aquello quedó en poso en mi sentido crítico acerca de que a D. Gregorio le faltaba un hervor. Al menos en lo que se refería a la moralidad.

La lucha interna en mí se saldó con una victoria (o derrota) pírrica, en la que perecieron mis afectos por los aforismos del galeno. Otra cita tuvo la culpa: "La verdadera sexualidad no es el simple acercamiento de los sexos, sino el trabajo creador del hombre y la maternidad de la mujer."  Cierto tufillo represor me revolvía las tripas. Bueno, la culpa no sólo la tuvo esta cita… también el incipiente y progresivo desarrollo de mis habilidades masturbatorias. No podía todo estar relacionado con el trabajo creador y la maternidad. A la tercera o cuarta pajilla ya sabía yo que no tenía por qué asumir autoría alguna en trabajo creativo alguno, y menos en relación a la capacidad maternoproductiva femenina. Deseché todas las citas de Marañón. Bueno, miento, todas no. Todas menos una. Una que es una verdad del calibre de un rayo de sol, de un beso o de un hielo recorriendo la espalda: "Nadie más muerto que el olvidado."

Y fue entonces cuando apareció Brno, con su "Vae Victis", y me hizo dueño de mis juegos y responsable de mis derrotas y cicatrices. Y fue entonces cuando apareció  el romanticismo francés, con su "el tiempo no perdona lo que tratamos de hacer sin contar con él". Es entonces cuando aparece la clara idea de que hay momentos para volar solo, otros acompañado, y que no son nada sin los momentos a compartir con los pies en la tierra. Llegó el convencimiento de que los pequeños placeres no se encuentran exclusivamente en las grandes gestas. Llegó el convencimiento de que hago las cosas porque puedo, debo y deseo… cambiando el porcentaje de los tres componentes según para qué fin sea la pócima.

Me cansé. Me cansé de los que vuelan alto a solas, cargando con sus miserias las alas de los que están aprendiendo a soñar.

Y desde entonces no tengo piedad con ellos.

VAE VICTIS.

Bueno, al final me fui completamente del tema. Ya escribiré sobre el racionalismo cristiano  (se me perdone la incogruencia) de D. Gregorio Marañón.