Confidencias

Hay que reconocer que nunca se le dio bien eso de guardar un secreto.
No era de esas personas que iban y venían cantando lo que escuchaban o contando las notas de las melodías que llegaban a sus oídos. Más bien era de este tipo ingenuo que considera que quién más cerca se tiene, más profundo acoge y con más celo guarda y cuida una confesión.
Describía detalladamente sus historias, sus sentimientos, sus miedos o sus arrepentimientos. Lo hacía tan cuidadosamente que llegaba a aburrir a su sombra.
Eso sí, no era de esos que repetía dos veces la misma historia.
Mientras se secaba, iba recogiendo el baño, encanjando los enseres y los recuerdos no confesados. Solo que unos iban al armarito de madera oscura y otros a los informes huecos del alma.
El champú encajaba aquí. Aquél reproche allá. La maquinilla de afeitar en su cajón. El beso no dado entre la culpa y el arrepentimiento, en el hueco sin nombre para estos casos.
Cuando todo estuvo en su sitio se preparó un café en la cocina. Mientras esperaba oler su aroma cálido se recordó arrodillado junto a la lavadora. Sacando la ropa mojada. Su ropa interior, sus camisetas entalladas, sus pantalones… todo a la secadora. Ella no tenía tiempo de hacerlo y él sabía que necesitaría de su ayuda para tener la maleta preparada a la hora oportuna.
Aún no entendía cómo ella prefería marchar al sur, queriendo a otro, mientras él continuaba lavándole la ropa, tendiéndola a secar. Habían hablado hacía poco de  todo, menos de esto.
Se recordó lloriqueando. Lleno de tristeza y desorientación.
Se recordó como nunca en su vida sabía que volvería a sentirse.
Y entonces se dió cuenta de que eso, justo eso que recordaba, era el mayor de sus secretos. Nunca lo había compartido con nadie.
¿Para qué?
¿Para que la gente supiera lo bajo que podía caer por no perderla?
Y justo ahora, dándose cuenta de que no necesitaba que nadie le tratara así, abrió la ventana de la cocina y gritó hacia el nutrido grupo de gente que se apiñaba en la acera contraria:
– ¡YO FUI UN CALZONAZOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOS…!
Eso sí, también comprendió que, seguramente, aquella no era la mejor forma de compartir un secreto con el mundo.
Anuncios

Hay que creer. Yo creo en ti.

Siempre que las cosas se ponen mal hay algo que no puede tocar nadie. La confianza en uno mismo. Mientras los demás dicen "qué complicado", "eso es muy difícil", "lo normal es que ocurra lo contrario"… corremos el peligro de dejarnos llevar por la estadística del escéptico, del pesimista o del que prefiere alcanzar una meta mediocremente común.
Me alegro de preguntar "por qué" cuando alguien me dice que no. Me encanta, cuando afronto algo verdaderamente difícil, ver la cara de escepticismo en la persona que no tiene fortaleza mental para asumir un riesgo, un reto o superar un obstáculo.
Mira que hay formas.
Rodear, retroceder para avanzar, saltar… y la más eficaz de todas: pasito a pasito. Con firmeza y defendiendo cada centímetro robado a la adversidad.
Claro, no espero que los que antes socarronamente se plantaban ante mí para verme topar con los molinos de aire, y ahora me pasan la mano por el lomo  aprovechando la estela o brecha abierta, acepten voluntariamente que los que no creen son ellos. Y no es que no crean en ti cuando dudan de tus capacidades. Es que dudan de sí mismos y prefieren proyectar en otros sus vaticinios de fracaso.
Lo difícil se hace. Lo imposible se intenta.
Ahora, que las cosas vienen mal dadas, me regodeo en la lucha. Ahora, que las corrientes son más fuertes, y siempre en contra, me complace reconocer en algunas miradas la condescendencia mal entendida. Ellos piensan en un "ya te diré yo cuando fracases que ya te lo decía yo", y, en realidad, se dicen a sí mismos, "yo nunca me plantearía ese reto, porque nadie lo ha hecho antes".
Ahora hay que plantearse quién guía a quién.  ¿Guiamos a toda esta tropa, o bien, nos dejamos guiar por sus oscuros vaticinios?
Yo prefiero lo primero, aunque sea como inintencionada consecuencia de creer en mí mismo.
Si tú eres de esas personas que no se arrugan ni pierden la sonrisa… YO CREO EN TI.
Y sé que lo eres.

Plano hacia el pasado… mapa tatuado en la cara opuesta del corazón.

Me he dado una vuelta por el pasado y ha sido realmente difícil encontrar el camino de vuelta a lo que nunca queda por delante. Los jardines estaban cuidados, la fachada rehabilitada y el edificio tan vacío que parecía no haber albergado nunca la marginalidad, el amor y la esperanza en sus aulas.
Frente a la reja encadenada, el mural de la pequeña fachada que tú pintaste hace tantos años. El tiempo ha borrado parte de las siluetas de las mujeres que, encadenadas por su dignidad una a otra, cubren con las manos de unas, los pechos y sexos de las otras. Siguiendo una linea de estáticas danzarinas se van desdibujando en una fachada que habré visto mil veces en un año.
Trato de imaginar el mural el día que lo terminaste, lleno de mujeres libres, pintado por mujeres libres. Trato de imaginarme dentro de aquella escena de otro tiempo en el que no nos sentíamos degradados por ensuciarnos las manos con las miserias de los demás.
Hoy de nuevo te he buscado en el hoy recorriendo los caminos del ayer. Imposible.
Ni siquiera el recorrido puede decirse que sea el mismo.
Me queda un vacío tremendo, una desorientación que no se resuelve volviendo al último punto en que sabías exactamente dónde estabas. ¿Dónde estás amiga?
No encuentro el camino a un pasado del que los dos formábamos parte sin renunciar a la locura del día a día.
Traté de mostrate cómo es ella. Porque me recuerda tanto a ti.
Te encantaría.