El valor de la amistad

A veces lo más sencillo de sentir es lo más complicado de explicar. Felicidad con, ilusión por, tranquilidad de…
Pensando en todos los días que habían pasado juntos, sin más emoción que saberse afortunados por el viaje compartido, continuaban sentados, mirándose.
Recordaron las primeras carreras.
Las primeras muecas.
La calva reluciente que llamaba poderosamente su atención.
Los pelos en el sofá, blancos, finos, difíciles de quitar.
Recordaron la primera vez que salió el "dame la patita".
La primera nieve pisoteada caóticamente.
También los premios, esos platos cocinados, con carne y pienso mezclados con inmenso cariño.
Recordando los mimos durante los primeros dolores  y el tesón a la hora de abordar el cataclismo, Samo se levantó. Moviendo el rabo, como siempre.
Le miró a los ojos y le dijo: Me’n vaig anant, amic. T’espero en l’altre costat. A veure com són les platges de per allà.
Y añadió, despidiéndose con la lengua rosada:  Gràcies per ensenyar-me el valor de l’amistat
A veces, lo más sencillo de sentir, es lo más complicado de explicar. Añoranza de, tristeza por, y fortuna de compartir con un amigo.
Hasta siempre, Samo, gracias por cuidar de un amigo cuando más lo necesitaba.
 
Para Eduard.

La esperanza hipotecada

No debo pedirte confianza. Ni un voto, ni un aval, ni testigos, ni consejos. Eres tú quién debe confiar en mí, si es que quieres, sin instancias ni entrevistas.

Cada día solícito parece que nos obligamos a pagar la letra. Mientras seamos puntuales en el pago, no se nos amenazará con el desaucio.

No te tapes los oídos. ¿No te das cuenta de que los gritos están dentro de ti y no fuera?

¿No te das cuenta de que así nunca escaparán de tu interior? Ahí están, rebotando y retumbando, nublando tu tacto, tu vista, tu olfato. Eres de las pocas personas que callan para no oír, pensando que callan para no molestar con sus gritos. De todas formas, qué más da. El tiempo acabará por saldar cuentas, siempre que seamos puntuales en el pago. Un plazo, una letra, un pagaré a tiempo. Una caricia, una frase, un proyecto.

¿Dónde está tu hogar? ¿En el lugar que te pertenece o en el lugar que haces tuyo? Igual lo que necesitas es que te tengan en propiedad. No debo pedirte la confianza que no depositas en mí. Sí te pido que nunca dejes de leer en los ojos de la gente.

Buena suerte, amigo.

 
Encaramándose con las patitas al alfeizar de la ventana pega el hocico húmedo al cristal.
– ¡Eh, tú! Dime algo. Mírame. Que tengo algo que decirte.
Y nada. Él, día tras día, sale del portal y se aleja por la esquina de la derecha, encaminándose al metro sin darse la vuelta. Sordo. Dejando atrás los gritos.
– ¡Oye! ¡Que tengo que decirte algo! ¿Quieres hacerme caso un momento?
A veces, por la intensidad que le pone, pierde el equilibrio y se escurre, cayendo desde su sillón al comedero. Sube rápidamente de nuevo hasta el respaldo del sofá, y apoyándose en sus traseras, vuelve a arrimar el hocico al frío cristal. "Mira que si justo en este momento se ha dado la vuelta y no me ha visto…"
Y allí se queda, con la duda, viéndole desaparecer con sus gafas de montura azul y la coronilla cada vez más despoblada.
Esta mañana ha sido diferente.
Pasearon juntos. Ella, el gritón y él. Los tres juntitos. Un paseo largo y agradable tras el desayuno. Luego subieron, se liberaron de ataduras y se despidieron en el pasillo. Esto como siempre. Pero esta vez, cuando de nuevo se encaramó con sus patitas delanteras al alfeizar de la ventana, con las traseras bien asentadas en el respaldo del sofá, con el hocico húmedo pegado al frío cristal, y mientras él, tras salir del portal, se alejaba por la acera camino al metro, le susurró rutinariamente con algo de cansancio:
– Eh, tú… Mírame. Que tengo algo que decirte. Dime algo.
Y él se paró en seco, en medio de la acera. Como quien olvida algo y, de repente, clava sus pies en el suelo para hacer como un compás que gira. Se dió la vuelta y poniéndose el índice en la oreja, como haciendo de ella un embudo que recoge sonidos perdidos, dirigió la mirada a la ventana susurrando:
– Dime, bonita. ¿Qué quieres?
Muy tranquilamente, lo mas cerca que pudo del cristal, le miró a la cara y le dijo:
– Buena suerte, amigo.
Y perezosamente, antes de volver a verle desaparecer caminando de espaldas por la acera, bajó del respaldo, se acomodó en el asiento del sofá y cerró los ojos sonriente, para disfrutar, como todos los días, de un merecido baño de sol plácidamente dormida.
 
 
 
Post Scriptum:
y tras la siesta, la muy Perra, sóla o en compañía del otro Gritón, tuvieron a bien despedazar dos tupper en la cocina (y de los buenos)
… 

La hiedra y la sal

A veces, al desembarazarnos de nuestras propias miserias, dejamos el terreno que nos rodea completamente abonado. Lo ideal para que una hiedra venenosa trepe por nuestro pasado y vaya estrangulandonos las ilusiones. Ahí puede crecer de todo. Lo peor es que llenamos de hiedra los corazones de los que nos quieren. Las más de las veces, amargamos nuestros pasos con hieles y sal. Conseguimos secarnos y la parásita se muere. Dejamos de sentirnos estrangulados.
Pero ahí quedan sus tentáculos vivos, recorriendo otros brazos, otra piel, en busca de supervivencia. Una supervivencia que dependerá siempre de otro que se acercó demasiado a socorrernos… en mal momento.
Quizá por eso haya quien viaje con los bolsillos repletos de sal. Nunca está de más.