Sin un grito (Álvaro Hernando, 1971- )

Sigo enfadado.
Sigo enfadado con los que se despiden entre injusticias sin un grito.
Sin un grito, al menos, que refleje ira, decepción o, por lo menos, sirva para desahogarse.
Sigo enfadado con los que se han tumbado rendidos a los pies del que oprime.
Sigo enfadado.
Espero que los que no gritan no desaparezcan, y si lo hacen, que lo hagan recordándonos lo injusto de su ausencia. Deseo con tanta fuerza que no desaparezcan, como con tanta fuerza deseo que desparezcan los que gritan por sistema, quienes no están ni oprimidos, ni en peligro, ni siquiera alegres como para alzar la voz y compartir su dicha. Espero que no nos aturdan los gritos vacíos y podamos escuchar los de quienes levantan la voz sordamente.
Pero sigo enfadado.
 
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El ciego corriendo entre girasoles.

Siento las piernas cansadas. Como siempre. Piernas ajenas al paso siguiente, al gran paso.
Me recuerdo corriendo, atravesando el campo de girasoles, las patadas a los tallos. El tras, tras, tras. La segada en línea hacia el exterior. Mis pies golpeando la falta de agua en una planta quebrada. Y otra. Y otra.
Tras. Tras. Tras.
Recuerdo los tobillos dolorídos de pisar surco tras surco, casi sin hundirse en la tierra.
Recuerdo el olor seco. Las semillas enganchadas en los calcetines. Las heridas en las piernas.
Recuerdo todo como si lo hubiera vuelto a soñar ayer.
Tengo la necesidad de correr entre los girasoles.
Tengo la necesidad de dar el gran paso.
Quiero volver a dejar crecer mi pelo para que se enganche en las ramas secas del camino.
Quiero volver a verlo todo oscuro por un momento.
Tengo la necesidad de verte en negro.
Hasta en la oscuridad estoy seguro de verte. Hasta en negro tienes el recuerdo del color profundo la ilustración de un cuento.
Siento las piernas cansadas. Como siempre. Piernas ajenas al paso ya dado, qué pequeño paso.