The art of self deception

Llevo a veces a estas líneas trazos de un diario que no escribo. La mayoría de las veces invento sentimientos y experiencias sobre las que narrar un pasado que nunca fue… igual es que la vida se compone de ausencias, agujeros y huecos. Por eso inventamos y deseamos. Vivimos, nos topamos con un hueco y qué mejor que desear para cubrir. Vivimos, pensamos en el pasado e inventamos. Qué mejor que inventar para poder contar.
Se me ocurre ahora que…
… igual nos pasamos fases de la vida engañándonos y llenando huecos inexistentes con materiales de mala calidad o inadecuados. O bien los rellenamos de paja o bien de hormigón. Los llevamos con ligera soltura o como una pesada carga. Con lo bien que  andaba uno con sus huecos…
Cuando buscamos en otras personas la materia prima para cubrir nuestros vacíos, realizamos un complejo acto de imaginación, mentira, deseo, esperanza y toda una declaración de intenciones.  ¿Qué tipo de personas serán?
No os preocupéis por ellos. Son hombres y mujeres de paja. O personas con el alma de hormigón. Bueno, igual exagero, pero  como tales los tratamos. Paja y hormigón para tapar esos huecos en que consiste el vivir.
Yo me he pasado más de una década siendo hormigón y nada me produce más rechazo que ser paja en la vida de nadie.
A veces me canso de la doble moral que tanto ha juzgado. Hoy toca estar cansado.
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Palabras que llenan vacíos sin sitio

CON LAS FUERZAS. PRIMERAS

La blanquísima espuma
que estalla y se levanta en inocente rebeldía ;
las nubecillas henchidas de luz rosa,
diminutos pulmones o a avidez que palpita ;

el mediodía que surge como un toro encarnado
y alza la victoria del sol entre sus cuernos ;
el mar, el mar que muere
y nace siempre nuevo a cada instante ;

las fuerzas primeras que luchan alegres ;
verdades primeras, los cuerpos matinales
de un espléndido amor que ignora la derrota,
de una espléndida muerte que ignora el pensaiento ;

la alegría, el dolor, los aires, la batalla,
todas las horas de la vida exaltada
que hacen de mí un hombre embriagado
que ama, se aniquila, se debate abrazad con el viento,

todo esto quiero, lo valiente, ligero,
abrasado, veloz, limpio de ciegas
y densas somnolencias vegetales,
libre de la pasiva pesadez de la carne siempre inerte.

La materia se pudre en charcas lentas
de dulzura, de música parada,
de pálida fiebre que poco a poco cubren
tornasoles que giran con sus fuegos sombríos.

A la muerte se inclinan los cuerpos fatigados,
a un sueño que sofoca nuestras fuerzas heroicas ;
llamamos la derrota, tristeza, luz serena,
moral, sabiduría, o música, o dulzura.

La sangre que protesta violenta,
la apretada blancura de un manzano que grita,
la brisa que delira perdida entre los pinos,
la locura dorada del poniente,

todo clama y levanta a una vida más alta:
¡ confundirse en la lucha de las fuerzas primeras !
¡ Ser un bello momento en lo eterno que es triste !
Rebeldía de espuma blanca en mares de hastío.

Un caballo en la playa que respira el salitre,
que siente la imperiosa caricia de la brisa,
que oye un clamor alegre, los disparos, el día…
Un caballo comprende. Y ama: veloz corre.

Sólo el hombre que atiende venenos, melodías,
se abandona a la dulce pesadez de la carne,
a la inercia que hunde en olvido de todo,
y piensa, y se detiene. Y acaricia la muerte.

La vida es terrible, atroz en su belleza,
pero yo la acepto -los dientes apretados,
los puños apretados -y mis ojos
de tan claros quiero que parezcan feroces.

La inocencia es espanto. La desnudez florece
con una violencia demasiado alegre.
Pero yo quiero esto. Callad, callad vosotros,
blancos profesores de melancolías.

Sois demasiado sabios
para un mundo que es joven, que sigue siendo joven
en el amor, en las olas, en el viento,
en su alegre rebeldía sin sentido.

Mil dolores pequeños a veces me anonadan.
La noche me recoge fatigado y me abraza ;
pero vuelvo, y aún vuelvo, y vuelvo todavía
violento y desnudo, joven con el día.

La vida me alimenta; yo quemo la alegría.
La luz es resplandor de espadas. que combaten
y creo en la ráfaga, en los gritos
que aún no han muerto en pensamientos.

No importan mis angustias, no voy a confesarlas.
Basta para vencerlas la inocencia dorada
de las fuerzas primeras que crean y destruyen.
Basta la obediencia

a las verdades primeras,
a la tierra y el fuego, al viento libre al mar,
a la tromba y la sangre, y también
al pequeño jazmín que crece entre la hierba.

 
Es de Gabriel Celaya

Siempre gana quien sabe amar. (Hermann Hesse)

En mitad de este juego de agradecimientos, sonrisas, dolores olvidados en lo más profundo de la superficie de la epidermis y con el sol acariciando mi piel, sólo se me ocurre una frase para explicar lo que me está ocurriendo. Y, por desgracia, no es mía. Pero, por suerte, un día pude leerla.
Siempre gana quien sabe amar. (Hermann Hesse.)
No son necesarias las palabras, aunque a veces hay que contarle al mundo que uno es feliz.
 

Decepciones…

Cuando son tus propias huellas las que te pisan es mejor caminar descalzo. Así, al menos, evitarás que el barro tome caprichosas formas sobre la piel de tu espalda. Así evitas que las marcas sobre tu piel sean geometría en espejo de una suela.
La vida no se compone de hechos inevitables enlazados. Salvedad: la muerte. El destino, el sino, la fortuna… dejo eso para los que dudáis de todo. Yo me quedo con las consecuencias. Comprender el mundo es comprender las intenciones de las personas. La confianza no es más que saber predecir las intenciones de los que te importan.
Las decepciones llegan como las huellas de tus propias pisadas sobre tu espalda. Algunas dejan heridas, porque son las huellas de aquellos pasos realizados con crampones, con clavos afilados en los pies. Justo aquellas pisadas que más firmemente tenían que servir para dejar algo atrás… justo aquellos pasos que nos servían como impulso para dejar atrás todo lo que no se podía vivir y todo a lo que no se podía sobrevivir… Esos pasos, que debieron quedar como referencia, como inicio de cuenta… Esos pasos cuyo único cometido era el de quedarse donde se dieron y ya…
Son decepciones. Consecuencias de los propios actos pasados.
Es la autocompasión, la culpa… el DOLOR.
Pero con lo que no contaba es con aquél.
El dolor provocado por una huella invisible que se me ha clavado en el pecho. Eso no debió pasar nunca. Fue un paso no dado por mí, un paso que creo que no me ha correspondido nunca dar, en un suelo que nunca pisé, por lo que nunca necesité salir de aquél . Me miro al espejo y hoy veo la huellas, huellas de mi pasos pasados, son mis debilidades.
No comprendo por qué entre tanta marca propia hay una desconocida, no es mi talla, no contaba con ella.
No comprendo por qué tengo que sentir tanta decepción, después de haberme esforzado en tatuarme el mapa de mi camino pasado en el alma. Pensé que había logrado decirme a mí mismo de dónde vengo en realidad y por dónde he pasado hasta llegar al lugar en el que ahora no quiero existir.
Espero que de esta decepción no me queden cicatrices.
Antes o después, el viento y el agua borrarán de nuestra piel los restos de la caminata, y las huellas desaparecerán, escurriendo el barro hasta el barro, igual que desaparecen las huellas en la arena de una duna. Sólo quedarán las cicatrices en el alma. Pequeñas muescas invisibles… grandes decepciones.
 
 

sólo para físicos: el tiempo es relativo

Este escrito es sólo para gente en cuya manera de pensar predomine el método científico y en cuyo bagaje cultural conste como piedra angular la formación más exigente en el campo de la física. No es si no, nada menos,un extraordinariamente complejo ejemplo de que el tiempo es relativo.
Miro el reloj, lo único que se me viene a la cabeza es volver a verte, cerca, sonriéndome, pensando cómo y cuándo un "tú y yo" pase a la historia y se convierta en un "nosotros", imaginando complicadas estructuras que soporten la construcción de un beso que espero sea para mí. Vuelvo a mirar el reloj y …¡sólo ha pasado un segundo!
Seamos rigurosos.
Tomo el reloj. Inicio. Contemos tiempo. "Start"
Te agarro y te beso.
Un instante.
"Stop"… ¡40 segundos! ¡¡Pero si parecía un instante!!
Esto no hay quien lo entienda. Una eternidad que dura un segundo y un instante eterno de 40 segundos. Tendré que seguir leyendo algo más de física.
Olvidad el ejemplo, no es válido.
Para ti, ranita Cris, que tú no eres física…
 
 

Párpados de piedra

Se le cerraron los párpados, se le hicieron de pesada piedra. Como ya no tenía ganas de abrir lo ojos prefirió esculpir un profundo color azulado en el centro de aquella máscara caliza, para que nadie le diera la lata. A le gente le da igual, en realidad, mirar y comprender a través de los ojos, porque normalmente ya tiene una idea bien clara de lo que se quiere encontrar en el fondo de una persona a través de su mirada. El hombre de los párpados de piedra se concentró en el latido de su corazón. Al no ver fuera creía más fácil escuchar dentro. Se acostumbró a recorrer su caos en total oscuridad. Todo estaba donde tenía que estar: lejos cuando se necesitaba e inoportunamente delante cuando no era útil en absoluto. Pero qué bien se escuchaba a cambio el latido del propio corazón.
Y de repente llegó ella.
Lo cambió todo de sitio. Sonó a nuevo y diferente. Incluso ordenó todo a su antojo… a su ritmo. Simplemente dejó de prestar atención a lo que escuchaba, recorriendo curioso lo que había de nuevo en todo lo que siempre había sido así.
Cuando en la noche descubrió  que de él ella no esperaba más que dos manchas azules sobre piedra gris mirándose ante un espejo roto, decidió que era el momento de mirar y de dejarse ver. Costosamente logró abrir una rendija por la que la luz entraba quemando el eco de unos latidos que hasta entonces marcaban su vida.
Un esfuerzo más.
Ojos abiertos.
Cara a cara, frente a ella. Escuchó atentamente las palabras que salían de unos labios que había visto mil veces, sin mirarlos en una sola ocasión:
– ¿Dónde están esos ojos inexpresivos, inmóviles, fijos y muertos? Por qué te deshaces de ellos, aunque ni siquiera te gusten…
Le cambió la expresión de la cara. ¡Qué decepción y qué miedo!
Ella se entristeció, sonriendo, como no podía ser de otra manera. Y dejó caer unos párpados de acero, cerrando sus expresivos ojos verdes. Al cerrarse con un chasquido metálico quedaba en el centro de cada párpado un punto, una falsa pupila rosa..
Y es que a veces es necesario acorazar el alma, proteger el paso de acceso al alma. No vaya a ser que un día nos encontremos con que lo que una persona quiere encontrar en nuestro espíritu sea exactamente lo que descubre sumergiéndose en nuestra mirada. Nunca dejes libre acceso a tu alma, no vaya a ser que te veas reflejado en otros ojos… sin ser visto.