SIEMPRE EL AGUA

Sabes??Me  encanta ver llover,
parece que la lluvia pudiera limpiar mi alma…
y hacer desaparecer todo lo que hay en ella…
 
EL AGUA,SIEMPRE EL AGUA…
Me tomaria un cafe contigo ahora… 
y te haría comprender que tu alma está tan limpia como dolorida…..
 
Escucho las gotas .
Golpean la persiana.
Son los latidos languidos de los recuerdos que mueren,
estrellándose contra mi ALMA RENOVADA
 
Gracias, Cris…

Duhkha

Estimado pequeño saltamontes. Pequeño hipócrita que has medrado en mis tristezas. Te explicaré: Dhukha.
No tienes nada que demostrarle a nadie, eso es cierto, pero estás siendo torpe, y he de decírtelo. Piénsalo. Medita. ¿Es tu estado mental idéntico al suyo? No, no lo es. No finjas no saberlo y creerte inteligente al repartir tu amor indiscriminadamente por el mundo. El amor, como un roce que erice los cabellos, puede agredir o abrazar, mimar o rasgar la vestidura del alma, permitiendo que por una rendija escape la energía que, creyéndose libre, lo único que hace es buscar un escondrijo para recomponerse.
Te contaré una historia. De esas que te gustan, amigo místico.
Es la historia de tres personas, un falso mendigo y una calle concurrida hasta convertir en anónimo a cualquiera.
La primera persona va caminando. El falso mendigo, situándose unos pasos por delante deja caer una moneda, como por accidente, y se hace el distraído. La primera persona ve la moneda. Brilla. Es muy valiosa. Y no la coge por miedo a la policía, por miedo a que le llamen ladrón. Pero la calle es concurrida y sólo los ojos del mendigo se están fijando en él. Nadie más le mira.
El mendigo recoge la moneda.
La segunda persona va caminado. El falso mendigo repite la acción. Deja caer la moneda. La segunda persona tiene la tentación de apropiársela. Reconoce el sentimiento y lo controla. Lo domina. Pasa por encima de la moneda, mirándola fijamente, pero con determinación. Sólo por un instante, no le presta atención a nadie más en la calle, y no importa, porque la calle es concurrida y sólo los ojos del mendigo se están fijando en él. Nadie más le mira.
El mendigo recoge la moneda.
La tercera persona va caminando. El falso mendigo repite la acción. Misma calle, mismo punto, misma moneda. Otra persona, la tercera, no le presta mayor atención a la moneda de la que prestaría a un paso o un color. No sentía deseo de tomarla porque ese tipo de deseos ya no existían en su corazón.
El mendigo tampoco recogió la moneda.
Esa era mi historia. ¿Por qué te la cuento? Está claro que ninguno de los dos somos un mendigo, y dudo que seamos como la tercera persona. Pero no es cuestión de compararnos entre tú y yo. Te planteo, ya que eres un místico de pacotilla y tomas la moneda, de manera chusca, desatinada o engañada, pienses al menos que la policía no es tonta.
Al loro, si eres trapecista, y saltas sin red… Lo único que estás dejando tras de ti es dolor y la demostración de tu ignorancia.
La tercera persona va caminando. Recuerda lo más básico. Ya te he permitido hacer. Karman.
Uno de los dos es coherente y el otro parece budista. Mmmmmmm… Qué tristeza me da reconocer lo que ahora siento por ti, porque siempre quise serlo y no puedo:
Yo no soy ni mendigo, ni budista…  No he de respetar, por precepto, amor, piedad (…) y menos por alguien como tú;  he de conformarme con rozar de vez en cuando el Samādhi:
Samskara.
 

Frío….

Desde hacía tiempo tenía por brújula su propio instinto. Nada de planes. Nada de metas. Solo en el viaje. Sólo el viaje. En eso se concentraba. Todo, cualquier cosa era buena, menos lo estático; eso era la nada.
Cuando se cansó de no saber dónde estaba empeñó sus energía en recordar los lugares por los que había pasado. Recordó los pasos, los días, las noches, las personas, los momentos…
Pronto paró.
Cuando llegó a recordar los sentimientos. Porque reconoció en esos recuerdos que aún permanecía en aquellos días, aquellas noches, aquellas personas y aquellos momentos. Días oscuros y largos. Noches negras y estruendosamente calladas. Personas ajenas a sí mismas. Momentos congelados en un instante, sin un antes y un después.
Cualquier cosa, menos estar quieto. Porque lo que más le asustaba era parar y reconocer que el mundo que le rodeaba se había quedado congelado en un instante.
Se levantó de nuevo y dedicó un minuto al extravío. Un minuto a deleitarse con cosas que nunca querría recordar.
Ahora se planteaba decidir… tomar el camino acertado. O bien saborear el mundo que le rodeaba, su mundo, o bien seguir viviendo congelado, como en una fotografía, en aquellos frígidos e insulsos momentos, personas, noches, días y pasos; congelando en ellos su alma y su felicidad.
Eligió bien.
¿Qué elegirías tú?
 

Zarpar

En medio de la tempestad no hay ninguna sensación como la de soltar amarras. Verse obligado a cortar maroma y afrontar los cientos de yardas en las que el barco es más frágil y vulnerable. Esquivar otras embarcaciones, saltando entre las olas, cruzando los dedos para no topar, no volcar, no romper el trapo.
En medio de la tempestad es mejor estar en alta mar.
El abrigo del puerto puede convertirse en el cementerio de tu barco.
Así que en mitad de la próxima tempestad no dudes en buscar aguas abiertas para luchar contra el vaivén de las mareas y las rachas de viento empapado en salitre.
O eso, o darse un paseo por el parque. Tú elige sabiendo que es cuestión de tiempo que volvamos a amarrar nuestras naves. 
Espero recuperarte pronto.

Caricias

Después de no recibir más caricias que las bofetadas de la ventisca, Uru dejó de caminar. Se sentó en la nieve. Pensó en el pasado. Simplemente se quitó el abrigo y decidió dormir. Da igual si se te echa de menos o no. Da igual si tienes mucho por contar o por escuchar. Cuando te sientas relajado y esperas que llegue el sueño en una llanura helada ya todo da igual. Hubiera dado lo que fuera por estar solo en esos momentos. Las caras y los nombres. Los sonidos y los olores. Estaba en todos los sitios por los que había pasado menos allí mismo. Y el sueño no llegaba. La soledad no llegaba.
Al cabo de un rato bien largo seguía conservando el calor como si estuviera dentro de un iglú. Se puso en pie. Volvió a abrigarse y se encaminó de nuevo hacia su choza.
Simplemente pensó: "Ya dormiré mañana".

Ayer te eché de menos más que nunca…

Ayer te eché de menos… más que nunca. ¿Desde hace cuánto ya? No lo sé, pero ayer fue inevitable. Simplemente ocurrió.
Te eché de menos al ver nevar a través de la ventana. Poder darte la sorpresa yo, en vez de darte cuenta tú, alejándote de mí. Poder pasear con "sindro" sobre la nieve, viéndole correr y saltar mientras "la gorda" refunfuña porque el suelo está frío. Eché de menos pegarte un bolazo de nieve. Eché de menos tu mano en mi mano. Eché de menos poder contarle a la gente que ayer, por mucho caos que reinara en Madrid, nos deslizamos por una sábana gruesa tejida de sueño y agua… siempre el agua.
Eché de menos tus caricias y tus miradas entre ritmos para todos los gustos.
Eché de menos que me despertaras en el sofá, o despertarme en el sofá y encontrarte durmiendo.
Ayer eché tantas cosas de menos…