Segundo CONCURSO: UNA TONADILLA A DESCUBRIR EL CANTAUTOR

Bien, veamos cómo andamos de idiomas.
Este concurso es más sencillo que el anterior (por cierto, no vale que me enviéis las respuestas al correo, hay que publicarlas como comentarios).
El premio para el ganador consistirá en un viaje con todos los gastos pagados, desde Plaza Elíptica a Getafe, en un Simca1200, con Luis Aguilé al volante.
¡¡¡Ánimo, lo tenéis cerca!!! A darlo todo.
 
La canción:
 
UNA TONADILLA:
Versión fonética:
  
Aif got chu andermais kin.
Aif got chu dip in de jert of mi.
Sou dip inmai jert dat llur ruili a part ofmi.
Aif got chu andermais kin.
Aid traid sou not tu gibin.
Ai sed tu maiself: dis afer never güil gou sou güel.
But guai shud ai trai tu resist güen, beibi, ai nou sou güel
aif got chu andermais kin?
 
Aid sacrifais enizin com guat maigt.
for de seik of javin llor niar
in espait of a guarnin vois dat cams in de naijt.
anz repits, repits in mai iar:
dont llu nou, litel fuul, llu neva can güin?
Ius llor mentaliti, güeik ap tu relitiiiiiiiii…
bat ich taim dat ai du jast de zougt of llu
meiksmiestop bifot ai bigin
cos aif gatllu ander maiskin.
 
(lalalalaaa, lalalaaaa, larilolalaaaaaaaaaa…
lolololololooooo lorilololoooouuuuuuu…)
 
Ai guld sacrifais enizin com guat maigt
fot de seik of javin llu niar
in espait of de güarning vois dat coms in de nait
anz ripits – jou it llils in mai ir:
do llu nou, litel fuul, llu neva can güin?
güay not ius llor mentaliti – estepap, güaid ap tu realitiiii?
But ich taim ai du llast de zoug of llu
meics mi esap llast vifor ai bigin
cos aif gat llu ander maiskin.
lles, aif gatllu ander maiskin.
 
 
 

Qué friooooo!

Qué frio hace esta mañana.
Hubo un día en que una mirada me traicionó, ojos viéndome desde un lado, hombro con hombro, desde la menor de las distancias.
Hubo un día en que otra mirada más me engañó y se engañó. Aún sigue haciéndolo.
He lamentado mucho no ser capaz de saber leer en los ojos de las personas.
Sigo lamentándome, agitándome entre autocondescendencia y susurros sin fuerza. Mis pensamientos me susurran que no debo volver a mirar a los ojos. Hay que aprender a desentrañar las palabras que no se dicen de quien amas y te mira.
Hubo un día en que una mirada me dio la fuerza y la ilusión frente a ese espejo. Hace tanto que ni recurdo dónde guardé los trozos de vidrio en que saltó el espejo en pedazos al parpadear.

Hubo un día en que alguien me miró como sólo se mira a un igual. Sus ojos me dijeron que sería un buen padre, un buen amante, un buen asesino y un mítico y borroso recuerdo a interpretar, según quién contara y quien oyera mi historia. Y me vi reflejado de nuevo. Fuerza, ilusión y ganas de afrontar decisiones que rara vez tomo a solas.

Tengo miedo a parpadear.
Estoy cansado de la gente que se mira en los ojos de los demás sin ser vistos. Por qué no reclaman su derecho a gritar con los ojos? ¿A quién hay que reclamarle? ¿Al que no ve? ¿A quien no lee en sus reflejos cristalinos?
Tengo miedo a mirarme en sus ojos sin ser visto.

CONCURSO: Alegría o tristeza… sírvase usted mismo/a

Os propongo un sencillo problema. A quien encuentre la solución le invito al teatro (no lancéis las campanas al vuelo, son entradas gratuitas, que no está la economía crítica para salir de la UVI financiera).
Tenemos un pozo lleno de líquido elemento. Y tenemos también dos garrafas, la garrafa A de 8 litros y la garrafa B de 5 litros. La garrafa A recoge el líquido y lo convierte en elixir de la felicidad. La garrafa B, por su mágica parte, convierte el líquido recogido en esencia de tristeza.
  • Si cualquier persona necesita para vivir un centímetro cúbico de elixir de felicidad al día y un centímetro cúbico de esencia de tristeza por semana para digerir el anterior potingue;
  • Si no es posible disfrutar del primer elixir sin combinarlo adecuadamente con la esencia;
Ahí va la cuestión:
¿Cómo podemos recoger los litros de felicidad necesarios para vivir un año?
PISTA: No hay una única solución.
 
Nota: Mañana escribiré, en un comentario agregado a esta entrada, la solución.
 
Condiciones del concurso:
Los participantes han de aceptar las bases del presente concurso, o, en su defecto, ignorarlas por completo.
Las contestaciones han de ser publicadas como comentarios agregados a esta entrada.
El teatro es el jueves que viene, a las 20,30 (no es negociable. Es más, no hay más remedio, recordad que son regaladas).
El ganador o ganadora del concurso tiene que sonreir al menos una vez cada día hasta la publicación de las soluciones y del listado de ganadores.
 

Un amigo es un amigo…

Maldito atasco de dos horas. La carretera colapsada. Las 8 de la mañana. Estás aburrido y, de repente, se te vienen preguntas evocadoras a la cabeza. ¿Dónde andará esta persona o aquella otra? ¿Qué será de ésta o aquélla? ¿Cómo será ahora su vida? Te preguntas muchas cosas cuya respuesta crees saber, porque crees conocer tan bien, o sientes tan cercana a la persona en cuestión…
"Tengo que llamarle y ver qué tal le va…" – te dices.
Y luego, el atasco en el que estás metido se despeja y te olvidas.
Llegas a tu casa, enciendes el ordenador y "voilà": un mensaje de aquél a quien recordaste hace nada.
Y en él te cuenta cómo le va la vida, y que se siente mal, pero vivo; que la vida es dura, pero hermosa; que todo está escrito, pero que siempre se puede hacer más y escribir en los márgenes; que está desubicado, pero que tú eres una luz encendida y su lugar en el mundo cuando todo lo demás está borroso; que te necesita; que está triste; que gracias por ser su amigo; que gracias por quererle… Y que te quiere.
Claro, te emocionas.
Es bonito saber que alguien confía en ti y en tu cariño como para contar contigo cuando las fuerzas flaquean. Es un ejercicio de arriesgada confianza, de lealtad, de honestidad y de igualdad. Es una catarsis tras la cual nos reconocemos como parte vital en alguien. Es un momento mágico.
En ese instante se renueva el nacimiento de lo que ya lleva vivo un tiempo. Es un episodio muy especial, parecido al que viven dos mariposas que salen a la vez de una misma crisálida (cosa que creo que no es posible, por cierto). Sabes que son dos mariposas diferentes porque las ves revolotear delante de tus narices. Una blanca, la otra negra. Y no te preguntas dónde quedó la oruga anterior. A veces, el cambio es tan fuerte, la metamorfósis tan acusada, que donde antes había una oruga te encuentras ahora un pájaro. Y, misteriosamente, no te preguntas dónde quedó aquella mariposa que nunca llegó a salir del capullo, o qué hizo posible ese cambio tan radical. Sólo sientes que la cosa ha evolucionado. Algo es diferente.
Entonces, para que todo cuadre y la magia tenga lógica, se te viene a la cabeza la más sencilla de las explicaciones: un amigo es un amigo.
 

Irvis e Irbis

Qué curiosos son algunos gatos grandes. Por ejemplo, hablemos del Irbis y del Tigretón Abulense.
Parece mentira lo bien que le sienta a determinados felinos eso de restregarse los hocicos entre sí (y no miro a nadie). La relación que tienen es increiblemente didáctica. Se cuidan, se miman, no se tocan habitualmente (por motivos de territorialidad), se quieren, y, visto desde fuera, se necesitan.
Se tienen, aún en la distancia, prolongando sus intereses más allá de las épocas propias del apareamiento.
Durante el cortejo se requieren y son capaces de desplazarse unos 11.000 km en busca de su pareja. Viajan del páramo mesetario al cinturón tropical, y al revés, por supuesto, si es necesario. Todo un reto superado por tan solo por algunas aves (vencejo, halcón peregrino…)
Nunca me había preguntado qué puede salir del cruce entre un par de felinos tan diferentes. Una pantera blanca y un tigretón abulense. Ni siquiera sé si las leyes de la genética han descrito algo similar, pero estoy seguro de que lo que tenga que venir será producto de la relación única, viva, rompedora y amable de la que soy espectador desde hace ya algunos años.
Va por vosotros. Espero que llegue pronto el momento en el que juntos leáis frases en esas estrellas en las que ahora sólo hay palabras inconexas a las que les falta el "con" y el "y".
El Irbis, Pantera de las nieves o Leopardo de las nieves (se le conoce de las tres formas) es un felino que habita en las montañas de Asia central. Su apariencia es similar a la de un leopardo, pero es más pequeño. El cuerpo está cubierto por un pelaje largo y espeso, debajo del cual hay otra capa de pelo más corto y suave. La coloración general es gris pálida, con rosetas negras distribuidas de forma irregular y con una línea de pelo negro que le recorre el dorso; las partes inferiores son blancuzcas.
El Irbis es un animal solitario que caza fundamentalmente grandes herbívoros, pero que no desdeña, cuando las presas escasean, a los roedores o a los animales domésticos. Vive a gran altura, incluso por encima del límite de las nieves, y rara vez se la encuentra por debajo de los mil quinientos metros. La dureza de su hábitat natural y sus costumbres crepusculares hacen que se sepa muy poco sobre las costumbres reproductivas de esta especie, aunque se suponen muy similares a las del resto de las panteras.
Se alimenta de muflones, cabras, ciervos, mamíferos pequeños y aves.
A pesar de que los machos y las hembras en ocasiones combinan esfuerzos para cazar durante la temporada de apareamiento.
Se conoce poco de la biología de esta pantera; es un animal de hábitos nocturnos y parece que es muy territorial.
El tigretón abulense, especimen difícil de encontrar ya en la Europa Septentrional (mucho más complicado en otros lares) tiene apariencia regia, seria, como de cura al que le han birlado la sotana, pero no es más que un engaño inicial a la vista de los torpes. En realidad, este dulce e inteligente gato asilvestrado se distingue por su habilidad, su fuerza (sobre todo de voluntad) y por una pequeña pelada en la parte superior del craneo.
El tigretón abulense tiene una alimentación muy variada, pues puede consumir desde artrópodos, roedores, pájaros, jabalíes y monos, hasta pequeños y grandes antílopes y jirafas. Siempre prefiere el consumo en guisos de cuchara y a temperatura cálida.
Si queréis ver más, ahí os dejo unas fotos en el album: Felinos.

Matemágicas…

Al final quedan las matemáticas. Desde hace siglos los sabios (y las sabias) buscan describir la realidad con la mayor fidelidad posible. Tratan de decirnos cómo medir el mundo con triángulos equiláteros, tratan de explicarnos en qué consiste la vida describiéndo los complicados mecanismos que equilibran lo que queda entre nacer y morir. A veces nos encontramos con lo mejor de todo, que nos cuentan cuál es la base de la felicidad: saber aplicar y disfrutar la propiedad conmutativa. Con tanto hacer números se me olvidaba ya lo bonito que es descubrir por ensayo y error. Bonnet-Lagrange se empeñaron en contarnos que hay siempre puntos en común entre dos vidas y que siempre hay paralelismo entre éstas en otros puntos. 
Con los teoremas sobre límites nos describieron tendiendo a cero o a infinito, según con qué potencia nos combináramos.
Cauchy, L´Hôpital, Pitágoras, Gauss, Godel, Arquímedes, DeMoivre, Pascal, Euler, Taylor, Newton, Euclides, Descartes… Qué grandes mentes. Qué poco entiendo de todos ellos.
Pero de otro matemático, Edmond de Rostand, de ese sí que aprendí cosas.
No sabría explicaros cómo es la realidad seccionada en triángulos, ni qué hace que cuando nos enamoremos reguemos con energía a quienes nos rodean. Pero sí sé explicaros que a la hora de recibir y dar… uffff… la propiedad conmutativa rige el destino.
El orden de los factores no altera el producto.
El orden de los sumandos no altera el resultado.
Querer y que te quieran produce más y más felicidad, más ilusión, más ganas de vivir…
Ahí no se sabe si el límite tiende a infinito. ¿Importa el límite?
 

NADA QUE VER CON LA REALIDAD. Una historia mística… inventada, claro.

Un joven discípulo en busca de la iluminación (así son los protagonistas de todas las historias profundas), y acogido en la casa de un mecenas, tuvo un desengaño con una bella cortesana.  Contrariado y confundido por sentir junto a ella amor y dolor, decidió abandonar la comodidad en la que vivía para buscar la Verdad sobre el Amor y así poder sentir y hacer sentir, con la hermosa mujer, todo lo que había imaginado que era vivir felizmente con alguien.

El motivo fundamental por el que el aventajado discípulo (siempre son aventajados los discípulos de estas historias trascendentales) vivía entre aquellas paredes era que su mecenas contaba con una enorme e impresionante biblioteca. A cambio de poder estudiar todas aquellas letras, él ordenaba y clasificaba pacientemente todos los libros.

Se reunió con su protector y le explicó que la única razón por la que abandonaba los libros, y su agradable cuidado, consistía en buscar respuestas a las preguntas que le quemaban el corazón.

Ante la firmeza del joven, el potentado le sugirió que buscara en determinado poblado a un maestro, ya retirado del trato con las escuelas, muy sabio y experto, de quien se decía que tenía el secreto de la felicidad, ya que, aunque no contaba con fortuna y debía ganarse la vida con un pequeño taller de carpintería, formaba parte de la familia más feliz, sosegada, creativa y risueña de toda la comarca.

El discípulo hizo un atillo con lo más básico, cogió su brújula y un plano del metro de Madrid y se encaminó hacia el antes comentado pueblo (siempre hacia la puesta de sol, como en todas las historias místicas).

Al cabo de unos días de camino y ayuno (como ya imaginará el lector, sin ayuno, velas o electricidad no hay iluminación) el joven se plantaba ante la puerta de un modesto taller en el que un anciano se afanaba en terminar un complicado trabajo.

Se presentó y le pidió cualquier tipo de orientación o consejo.

El maestro (retirado, y dado que su exigua pensión había mermado considerablemente por cotizar cada vez menos gente a la seguridad social, así como porque los dineros públicos iban cada vez en mayores cantidades a engordar las bolsas de empresas privadas con el fin de abaratar costes en servicios públicos y demás…) convino un trato con él.

– Me encantaría ayudarte, joven y apuesto discípulo, – dijo el maestro – pero el tiempo con el que cuento es escaso, ya que me aprietan los recibos y debo acabar este mueble de estilo señorial. Como ves aún me quedan más de diez mil clavos por clavar. Si tú me ayudas, yo puedo acogerte en mi casa y, a la vez, ayudarte a que tú mismo encuentres las respuestas para tan delicadas preguntas.

El discípulo ni se lo pensó.

– De acuerdo – contestó.

A la mañana siguiente, tras desayunar cosas muy místicas, como leche de arroz, muesli y churros bajos en calorías, comenzaron a trabajar en el taller.

El viejo clavaba un clavo mientras que, en el mismo tiempo, el joven clavaba dos.

– Maestro – habló el discípulo – ¿puedes decirme cuál es el secreto de la Verdad del Amor?

– Aún no. – Contestó el anciano – Pero tú mismo lo sabrás cuando hayamos terminado este trabajo.

Ante aquella respuesta, el joven incrementó el esfuerzo (pasó de k1 a k2, evolución mística que cualquier atleta pillará al vuelo). Por cada clavo que ponía el anciano, él clavaba tres.

Fueron pasando los días, con sus desayunos sanos, sus comidas bajas en grasa y colesterol y sus frugales cenas. Durante ese tiempo, el joven aprendiz fue trabando amistad con la familia del maestro. Ayudaba a cocinar a la esposa del anciano,  a quien a veces deseaba llamar “madre”; compartía momentos de esparcimiento con los hijos del carpintero, a quienes a veces deseaba llamar “hermanos”; y miraba de lejos a la única hija del maestro, a quien a veces deseaba llamar “cordera”, “tía buena” y otras cosas que los jóvenes místicos no pueden permitirse (a menos que la soledad y el deseo aprieten y aprieten, claro, momento de guerra en el que cualquier agujero es trinchera.)

Cada día, al comenzar la jornada de trabajo, el discípulo preguntaba lo mismo al maestro:

  Maestro, ¿no podrías ir adelantándome algo acerca de cuál es el secreto de la Verdad del Amor?

Y el anciano siempre le respondía lo mismo:

– Cada vez estás más cerca, no te preocupes. Estoy seguro de que antes incluso de que acabemos este trabajo tú mismo me dirás la conclusión a la que llegas.

Claro, ante este panorama, el joven discípulo iba trabajando cada vez más deprisa. Por cada clavo que clavaba el anciano, él clavaba seis, siete, ocho. Cada día más, y más diferencia. Y nunca se equivocaba, nunca había que sacar uno de sus clavos, fuertemente golpeados contra la madera. Siempre quedaban perfectos, como los que clavaba el anciano.

Una noche el joven decidió pasear solo. A mitad de camino se encontró con la hija del maestro y, lo que son las cosas y sin saber muy bien cómo pasó, acabaron en un pajar contándose las pecas y murmurándose cuestiones tan carnales que no caben en este cuento tan profundo. En cualquier caso, este detalle es intrascendente dentro de la trascendente historia, ya que acordaron que aquello no era más que un desliz producto de la exaltación de la amistad, del “feeling” y del “buen rollito”, sin que fuera a suponer un compromiso o renuncia por parte de ninguno de los dos (lo comento porque sé que hay muchos lectores ávidos de morbo y no de sabiduría.)

Los días continuaban con una serena sensación de felicidad en la familia, y con cada vez más impaciencia en el corazón del joven discípulo. ¿Qué gran conocimiento secreto ocultaría en anciano? ¿Cómo se puede alcanzar la felicidad con aquella persona a la que deseas tanto que te duele respirar un aire diferente al que exhala? Tendría que trabajar más y más deprisa para llegar a la respuesta.

Al día siguiente, bien temprano, como siempre, se levantó el anciano y se dispuso a preparar el desayuno para toda la familia (quizá una de las claves de la felicidad de esta familia se basara en un sano reparto de tareas domésticas y vitales). Todos, menos el discípulo, fueron apareciendo y desayunando. El maestro supuso que, con tanto trabajo en el taller y tanto trajín de ir y venir, dos horas después, al pajar, el joven necesitaba un día libre de descanso.

Para su sorpresa, cuando llegó al taller, éste estaba abierto, con el mueble casi acabado, y lleno de lamentos y porfíes a gritos.

Al entrar se encontró al joven y místico discípulo, agarrándose con la mano derecha el pulgar de la mano izquierda… lleno este de sangre y moratones, con la uña partida y un perímetro sensiblemente mayor a lo que en su pulgar era natural.

– ¿Pero qué andas haciendo? ¿Qué te ha pasado? – preguntó el maestro.

– Pues nada, maestro. Que como veía que los días pasaban y, aunque avanzamos en el trabajo, me puede la curiosidad por llegar a la iluminación, decidí venirme por la noche a trabajar al taller. Así avanzaría trabajo y llegaría antes a liberarte de tu carga. Así podrías ayudarme.

– ¿Y?

– Pues nada, anciano y sabio maestro, que como el cansancio aumentaba y la luz escaseaba, me di un martillazo como a eso de las dos de la madrugada.

– ¿Y desde entonces llevas sujetándote ese pepino morado que ahora tienes por pulgar?

– No, maestro. Gracias a mis dotes por controlar el dolor y concentrarme en elementos místicos de mi interior, he seguido trabajando. Pero como el dedo aumentaba de tamaño por la hinchazón, la luz decreciendo y el cansancio aumentando, me volví a golpear. Serían las dos y veinte de la madrugada.

– ¿Y? ¿Desde entonces sujetando el apéndice?

– Pues no, maestro. Esta vez metí el dedo bajo el grifo. El agua fría, y mi espiritual habilidad para controlar lo carnal me sirvieron para recuperarme y seguir trabajando. Hasta que a eso de las tres y cuarto… otro martillazo.

– Vaya, cómo no me lo había imaginado. ¿Y desde entonces apretándote la entrada del oficio?

– Pues no, maestro, desde entonces seiscientos clavos más y veinticinco certeros martillazos. Veinticuatro soluciones diferentes para continuar trabajando ignorando las lesiones. Pero ya, desde el último impacto, hace como una hora, no supe qué más podía hacer… Vamos, que he tenido que dejar de trabajar porque ya no encuentro más remedio para el dolor.

– Bien. Mira, joven discípulo, te voy a enseñar otro truco, propio de carpinteros. Atiende. ¿Qué te causó la herida? ¿Qué te causó el dolor?

– El ´jodío´ martillo, sabio maestro.

– Pues bien, atiéndeme. Como el martillo ha provocado tu dolor, toma el martillo y frótalo contra la parte dolorida. Igual no notas alivio así de primeras, pero insiste. Cuando el dolor cese, búscame y continuaremos trabajando, ya verás como hoy es el día en el que tus dudas se resuelven.

Al oír esto, el joven salió de la carpintería, y sentándose en un banco cercano, comenzó a frotarse el pulgar con el martillo. Mientras tanto, el viejo continuaba a su ritmo, clavo tras clavo.

Pasada una hora el dolor no bajaba, es más, cada vez resultaba más costoso pasar cualquiera de las partes del martillo por el dedo. En estas que pasó la esposa del anciano y vio al joven en tal trance.

– Pero ¿qué haces?

– Pues aquí, quitándome un dolor terrible del dedo. Ya sabes, trucos de carpinteros.- contestó el discípulo.

– Pues nada, nada… que te vaya bien el invento… – contestó la anciana mujer mientras le hacía un gesto de despedida sonriendo.

A las dos horas, y aún con más dolores, pasaron los hijos del carpintero (casualidades de la vida, ya que no solían ir juntos a esas horas, y menos pasar por aquél sitio). Se pararon a saludar y al ver la mano herida de su querido amigo le preguntaron:

– Hombre, ¿qué tal? ¿Sacándole brillo al martillo?

– Pues no, salaos. Aquí, aplicándome un viejo truco de carpintero para paliar los dolores propios de un martillazo.

– Ajá. Vaya. – Dijeron los hermanos – Te deseamos que pronto pase el dolor.

Y se fueron calle abajo despidiéndose sonrientes del joven y cada vez más contrariado discípulo.

Habiendo llegado la hora de ir a comer salió el anciano, dirigiéndose al joven le dijo:

– Joven discípulo, como mientras estás aplicándote este secreto tratamiento no puedes comer ni beber, ni miccionar, ni hacer ninguna otra cosa escatológica o carnal… ¿te importa si yo voy comiendo y tú le echas un ojo a la carpintería? Pero no pares, tú sigue, hasta que pase el dolor, ten paciencia.

Y dicho esto, se despidió con la mano mientras el joven asentía desde su asiento. A la hora y media volvió el viejo, saludó y entró a la carpintería. Siguió trabajando.

Clavo. Clavo. Clavo.

Y así fueron pasando las horas y, casi al llegar el momento de cerrar la carpintería para ir a dormir, apareció por allí la joven y bella hija del carpintero, a quien, sin duda, el joven aprendiz no sólo le hacía sentir en el pajar cosquillas en el estómago (y diferentes pliegues y articulaciones, sino también despertaba en ella sentimientos de ternura y alegría.

Se acercó al joven y apuesto futuro sabio y le sonrió. Éste le mostró el dedo y le dijo:

– Por aquí entra el oficio. Martillazos.

Al percibir la desproporción en el dedo, las heridas y moratones de los martillazos y la erosión provocada por tanto frote de martillo en la zona, la joven le preguntó:

– ¿No pensarás tocarme hoy con esa mano, no?

Y dándose la vuelta, gesticulando y balbuceando ininteligibles, pero seguro que amorosas, expresiones, desapareció la hija del carpintero en dirección a la casa.

El joven se sintió fatal. Incluso, por primera vez en mucho tiempo, sintió un nudo en su estómago y sangre subiendo sin control a su cabeza. Se dirigió a la carpintería y, nada más entrar, dejó caer con mucho ruido el martillo en la caja de herramientas.

– ¿Qué te ocurre, joven discípulo? ¿Por qué no sigues con el tratamiento para tu dolor?

– Porque no me va bien, maestro, no funciona. No es la solución. Tu mujer me ha mirado con extrañeza. Pensé que era por lo secreto del proceso. Tus hijos poco menos que se han reído de mi conducta. Pensé que, como trabaja uno en la caja de ahorros y el otro en la emisora local de televisión, no controlarían los trucos propios del gremio de carpinteros. Y tu hija, hace un minuto, poco menos que me ha llamado tarugo a la cara. Y lo peor, me ha hecho sentir rechazado, cosa que me extraña, puesto que nunca me sentí ni aceptado ni excluido por ella en nada. Definitivamente, sabio maestro, esta vez te has equivocado. El martillo ha causado la herida, pero no puede curarla.

Y el maestro le contestó:

– Efectivamente, joven y místico discípulo, tú mismo has encontrado las respuestas a las preguntas que te trajeron hasta aquí. En casi todas las ocasiones, lo que te causa el dolor no te libera de él. Lo que te causó el dolo fue, efectivamente, el martillo. Pero porque tú tuviste el martillo en la mano y con él golpeaste tu dedo. Veo que sacas de esto dos sabias conclusiones, que te adelanto, para ahorrarte saliva. La primera, el martillo golpea y daña si te da en un dedo, pero no lo cura, por mucho que acerques el martillo a la herida. La segunda, tú eres muy libre de dejar de golpearte con el martillo, ya sea en ese dedo o en cualquiera de los otros nueve.

– No comprendo – dijo el discípulo- ¿Qué tiene eso que ver con mi deseo de ser feliz y hacer feliz a mi cortesana?

– Muchacho ¿no te das cuenta de que es muy difícil que aquella persona, aquella bella cortesana, cuya cercanía te causa dolor no puede curarte de la herida que te lo provoca? ¿No te das cuenta de que eres tú quien sigue en el empeño, a pesar de que aumenta el cansancio y la ausencia de luz? Claro que lo sabes. Y lo sabes porque te has visto reflejado en los ojos de personas que te quieren, y te han mirado extrañadas mientras frotabas el martillo contra ese pimiento morrón que tienes ahora por pulgar. Personas que, aún queriéndote, no han podido contener una sonrisa ante tan extraño método de recuperación. O personas que, aún yendo contigo a contar pecas, no han soportado ver cómo tú mismo seguías provocándote más daño y dolor. ¿Tengo o no razón?

El joven místico, discípulo aventajado, la cazó al vuelo.

– Tienes razón, anciano y sabio maestro. Acabo de ver la luz. ¿Qué puedo hacer para pagarte esto, aún sabiendo que esta lección no se puede pagar con nada?

– Pues mira, zagal, tres cositas te pediría. La primera: que me llames Paco, que es mi nombre y para algo está. Tanto “maestro”, “sabio anciano” y demás apelativos me están resultando un poquito empalagosos. La segunda: estaría bien que, después de dos meses viviendo conmigo y con mi familia, me dijeras cómo te llamas. Y la tercera, que me contestes a esta pregunta: ¿cuáles son tus intenciones para con mi hija?

 

(A ti te lo dedico, bicho, por hacerme sonreír al pensar, tras un día o dos, sobre lo que no entiendo)